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Salvadoreño vuela alto y arriba a Boeing

Óscar Ayala coronó sus estudios en Tampa, Florida, como uno de los tres mejores

Salvadoreño vuela alto y arriba a Boeing
Salvadoreño vuela alto y arriba a Boeing

Por Rosemarié Mixco tendencias@eldiariodehoy.com

Abr 19, 2013- 20:00

El clima es despiadado. El frío desalentador. Y si eso fuera poco, Seattle es considerada la ciudad estadounidense con el mayor índice de suicidios.

Un panorama negro digno de rechazar. Sin embargo, el joven salvadoreño Óscar Ayala le apostó y ganó.

Desde el 2011 trabaja en una de las fábricas de The Boeing Company como uno de los Pre Flight & Delivery Inspector, que tienen a su cargo realizar las pruebas iniciales a los aviones 787 Dreamliner antes de ser entregados a los compradores.

Por hoy se sabe el único salvadoreño en esa área de la Boeing y uno de los pocos hispanos que allí laboran. “Latinos son muy pocos, acá predominan los asiáticos”, afirma el joven de 23 años.

Para él ser parte de uno de los ocho grupos de 15 personas a cargo de los trailers de verificación, del segundo fabricante de aeronaves en el mundo, es un sueño hecho realidad.

Su pasión por los aviones nació en su infancia. Su padre Óscar Ayala es piloto y aunque nunca tuvo la oportunidad de ser el copiloto de papá su deseo de volar nunca desapareció.

“La aviación me gustaba, porque mi papá es piloto, pero nunca me imaginé dedicarme a esto, porque no le veía futuro en el país”, recuerda.

Óscar disfrutaba pequeño de su imaginación creando con los legos o armando aviones y barcos a escala. Su programa favorito cuando niño era Art Attack de Disney, que dedica media hora a inventar todo tipo de arte con materiales domésticos.

También dedicaba tiempo a la computadora y aunque siempre le gustó nunca fue una obsesión. Hasta que el filme “Top Gun” lo sedujo. “Se convirtió en mi película favorita. Quería ser como uno de ellos (Maverick o Goose, los protagonistas), siempre bien vestidos y volando los F-14”.

La película protagonizada por Tom Cruise se convirtió en todo un fenómeno a finales de los 80. El sountrack es considerado uno de los más exitosos. Sin embargo, una de las críticas más fuertes fue el de pretender idealizar la carrera militar y fomentar el nacionalismo.

Algo así ocurrió en el joven salvadoreño muchos años después del estreno de la película en 1986. “Iba a estudiar en la Fuerza Aérea, pero al final no me agradó”, recuerda.

Antes de graduarse de bachiller del Liceo Cristiano Reverendo Juan Bueno, el joven cursó su primaria en el Colegio Santa Cecilia de Santa Tecla. Y mientras la aviación permanecía entre sus predilecciones decidió matricularse en la universidad para estudiar administración de empresas.

Pero su entusiasmo poco duró. Luego de ser víctima de dos asaltos en el campus universitario sintió la necesidad de alejarse de aquel lugar. “No me veía cinco años allí”, expresa.

Al verlo tan estresado, su madre, María Luisa de Ayala, le propuso viajar a Tampa, Florida, para pasar unos días en casa de la hermana de su papá, tía Margarita.

Estando ahí, sus padres le propusieron visitar algunas escuelas. “Mi tía me llevó a una en la que casi me inscribo, aunque no me terminó de convencer porque la carrera tenía un costo de 5,000 a 7,000 dólares”.

Decidió no matricularse y regresaron con su tía y su papá a casa, pero tía Margarita decidió acortar camino por una ruta distinta.

“Cuando pasamos frente a la National Aviation Academy vi el avioncito y las palmeras algo me atrajo y pedí entrar. Wow, era fabulosa”.

Sacrificio y la gloria

Su pasión por los aviones lo delató desde el primer día en la academia de aviación. Su entusiasmo conquistó a los encargados de reclutar alumnos. Óscar sabía que ese era su destino y estaba decidido a luchar por él.

La desilusión surgió al escuchar el valor de la carrera: 60,000 a 70,000 dólares. ¡Rayos! De dónde sacaría tanto dinero, sus padres no podían costearla.

Su papá estaba dispuesto a ayudarlo y lo motivó a seguir su camino. Al sincerarse con el personal de la academia y explicar su situación económica, un ángel —como hoy lo llama— se cruzó en su camino. “Pedí un estudio socioeconómico y un chileno apareció y me preguntó por mis notas”.

Aunque Óscar nunca fue el chico brillante de la clase, ni un genio, siempre se destacó por ser un estudiante dedicado, de buenas notas. “No tenía que estar horas aprendiéndose algo, bastaba con concentrarse y retenía la información”, recuerda orgullosa su madre.

Esas buenas notas fueron la llave al éxito. El chileno encargado del financiamiento de la academia le consiguió una beca en cuestión de dos semanas. Luego le presentó dos planes de estudio: el habitual que se desarrolla en cuatro años y el de dos años y medio para los alumnos que desean salir rápido.

“No sé por qué, pero me decidí por el de dos años”, afirma.

Dos años que fueron una durísima prueba de disciplina y perseverancia. Luego de cinco meses estudiando de 8:30 de la mañana a 4:30 de la tarde, sin conocidos, ni amigos y lejos de la familia, la soledad desesperó al joven y tomó la decisión de regresar la beca y devolverse a casa.

“Pero mi mamá, que siempre fue la más sentimental, me hizo reflexionar”. Ese apoyo en la distancia impulsó a Óscar a seguir adelante. “Miraba en Facebook los mensajes de mis amigos en El Salvador, que se la pasaban de fiesta y paseando, pero sabía que no iba a tener otra oportunidad como esa”, pensó.

Con el tiempo se hizo amigo de tres de sus compañeros estadounidenses muy inteligentes que le compartieron sus “tips” y experiencias. Mark, uno de esos tres, se transformó en ese amigo que está contigo en las buenas y malas, así como los personajes de Top Gun, Maverick y Goose.

De 45 personas que comenzaron la carrera junto a Óscar solo cinco culminaron en el tiempo reglamentario. Y es regla en la academia que los tres mejores estudiantes de una promoción sean contratados por empresas estadounidenses. “Yo estaba entre esos tres mejores”, dice satisfecho.

Con su licencia Airframe and Powerplant Mechanic, Óscar se regresó a El Salvador a probar suerte. Antes de partir, su amigo Mark le propuso aplicar a la Boeing, pero nunca imaginó poder ser parte de una compañía como esa.

Pero su esfuerzo y dedicación le valieron para ingresar a esa empresa y convertirse en una pieza clave en la fabricación de los Dreamliner. Hoy disfruta a lo grande de volar alto.

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