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Locura Crónica

Los Bee Gees de nuestras escuelas

Por De Willian Carballo

Mar 08, 2013- 08:55

Nunca, ni siquiera en mi cerebro, oí a los Bee Gees en alguna escuela pública del país. No sé si es que tengo la mala suerte de un tipo que haya nacido el 29 de febrero y adore los cumpleaños, pero en ninguna de las 60 escuelas públicas del gran San Salvador que visité por motivos de trabajo durante 2012 escuché su música.

Tampoco vi elegante pasarela alguna. Ni las luces sicodélicas de un evento de Francesca Miranda. Menos a tres cipotes con el plante de algún Gibb criollo caminando al ritmo de “Stayin’ Alive”. Nada que se le parezca al más reciente anuncio del Gobierno de El Salvador en el que publicita su programa de uniformes gratuitos. Nada.

Pero, en cambio, sí oí otras canciones.

En una de ellas, la Amanda Artiga (Mejicanos), por ejemplo, escuché en mi cerebro “Gangsta’s Paradise”, de Coolio. La canción acolchonó mi huida veloz de aquel lugar ese tensionado día en el que un estudiante había desaparecido. Esa fecha negra en la que, al salir, debí apresurar el paso temeroso por el tipo que, en bicicleta, intimidante, hablaba por celular, con los ojos como bolas enrojecidas apuntando al interior de la escuela. No me quise quedar a oír qué canción vendría luego.

En otra, en la Constitución, en la colonia Guatemala, escuché una melodía más mexicana. Caminaba por el largo sendero que desde el portón de la entrada lleva al patio y a las aulas cuando, al son de “La ley del monte” en la plaza El Trovador de mi mente, mis piernas se ahogaban entre matorrales y zacate. La maleza comía la tierra del terreno. Los baños a lo lejos olían a cloaca. Aquello no era precisamente una pasarela de moda. Tal vez para un sapo.

En la Colombia, en pleno centro de San Salvador, oí a un cipote redescubrir un tambor empolvado en una jurásica bodega. En esa escuela, por cierto, la mica es un deporte bajo techo: no hay patio ni cancha. Nomás un viejo vestíbulo en un edificio como cárcel para una niñez que es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Nomás pilares y un plafón. Nomás “Esa pared” de Leo Dan.

En la Panamá no les servía la impresora. En la Costa Rica un aula era una estufa. En la Juana López había dos tipos con la pinta de pandilleros junto a la vendedora de dulces frente al portón. En la Romero Alvergue había una cipota a quien esperaba cada día una camioneta llena de tipos para violarla, justo enfrente de los policías que cuidaban la entrada. En la Vicente Acosta un profesor daba clases en un aula del ancho de un microbús y con rejas de balcón marca Mariona. Y ninguna de ellas me sonaba a fiebre de sábado por la noche.

Y no lo voy a negar: el comercial está bien hecho. Es original y rompe esquemas. Pero sigo con la duda sobre dónde queda esa escuela pública en la que la banda sonora sea una de los Bee Gees y todo sea así de digno y perfecto. Lo bueno es que apenas llevo 60. Voy a seguir buscando y les aviso.

Twitter : @WillianConN

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