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Don Chelino: el tigre y el venado de Tacuba

Tacuba perdió en 2012 a uno de sus nahuahablantes y al protagonista de una de sus danzas. Un documental recoge los últimos días de su vida y de su legado

Don Chelino con una de las máscaras que forman parte de la danza que se realiza en julio en Tacuba.
Don Chelino con una de las máscaras que forman parte de la danza que se realiza en julio en Tacuba.

Por Tomás Andréu Twitter: @tomazs_andreu

Mar 02, 2013- 19:00

Los agrietados, morenos y polvorientos pies de Marcelino Galicia Fabián se parecen al mismo suelo de su casa. También a los caminos de su pueblo natal que recorrió una y otra vez. Los mismos que lo vieron nacer, huir y morir. Y danzar y resucitar. Danzar y resucitar…

En las primeras décadas del siglo XX Tacuba solo eran 15 casas, mucho monte, muchas calles y vereda tras vereda geográficamente accidentadas. Para aquel entonces Marcelino tenía 20 años. Ya era un hombre. El papá le dio la mejor de las armas para no morir de hambre: un machete marca Calabozo.

“Un solo machete se ocupaba en aquel tiempo, solo Calabozo. Ahí tengo la muestra de uno” y la pantalla de la “handycam” muestra a un viejito de 103 años que se levanta de su desvencijada silla y se va hacia el rincón de su casa, toma el machete y vuelve a ponerse frente a la cámara de quien lo está retratando para la inmortalidad: Sergio Sibrián, director del documental “El tigre y el venado”.

“Decidí hacer un documental sobre él, porque me pareció un ser con una fuerza dramática y con mucha sabiduría”, confiesa Sibrián, un joven que trabaja con la Asociación de Capacitación e Investigación para la Salud Mental (Acisam).

La Asociación hace labor comunitaria en Tacuba. Capacita a los jóvenes en producción de videos comunitarios. Estos tuvieron la idea de investigar la desaparición del náhuat. Don Chelino era uno de los últimos hablantes de la lengua ancestral en ese lugar.

“Acompañé a los jóvenes y ahí conocí a don Chelino. Desde entonces quedé enamorado de su vida y quise hacer un documental sobre él”, recuerda Sibrián desde la locación de la productora Contraluz, misma que edita su trabajo.

Marcelino Galicia Fabián se traduce al cariño en don Chelino. Nombrarlo de esa manera es aproximarse a un viejito que ha vuelto a la magia y espontaneidad de la niñez. De su boca desdentada nace un seseo a la hora de hablar y al escuchársele con atención, su voz despierta empatía.

“Con este me daba de comer yo, con este trabajaba”, prosigue Marcelino ante la cámara, mientras pasa su mano sobre la hoja oxidada de aquel machete que le sirvió para sobrevivir. Lo toma con orgullo y hace énfasis en la marca como si fuese la de un carro clásico que logró sobrevivir los vejámenes del tiempo.

La escena quedó fuera del proyecto cinematográfico de Sibrián, pero revela la manera sencilla en la que un hombre se forjó su propia felicidad siguiendo los consejos de sus mayores. Los lleva siempre con él. Los cuidó del olvido como ahora lo cuida Sergio Sibrián con su documental subtitulado al inglés, francés, alemán y al mismo español.

Los caminos de la vida

Tacuba es una población de origen pipil. Su nombre en náhuat significa “patio o campo de juego de pelota”. Tiene una extensión territorial de 149.98 km donde el 99 % es de carácter rural. Administrativamente se divide en 14 cantones, 4 barrios, 96 caseríos y 7 colonias.

Don Chelino vivía en el caserío Los Orantes, a unos cinco kilómetros de Tacuba. Llegar ahí en vehículo es una odisea. A pie, un calvario.

Estudios realizados en 1999 por la Organización Mundial de la Salud OMS y el desaparecido Consejo Nacional de Cultura (Concultura), indican que la pobreza entre la población indígena de El Salvador es agobiante: el 61 % viven en estado de pobreza y el 38 % vive en estado de pobreza absoluta.

En el caso particular de Tacuba, este ocupa el décimo lugar entre los municipios en “pobreza extrema alta en El Salvador”. Las estadísticas —en resumen— indican que la pobreza es una condición que afecta al 74.3 % de los hogares, estando un 49.1 % de los mismos en pobreza extrema. El solitario hogar de don Chelino era uno de esos.

Sus ciudadanos tienen fuertes rasgos indígenas. Don Chelino no era la excepción. A pesar que llevaba una larga barba rala que le daba un aire a chino de la dinastía Ming, su nariz y su morena piel gruesa tostada por el sol le resaltaba la herencia de sus ancestros.

El protagonista de “El tigre y el venado” fue un testigo del siglo XX. De la revuelta indígena-campesina de 1932, don Chelino no sabe nada. Al menos no como debió saber. Lo único que sabe de aquel momento es que sus familiares fueron asesinados en el patio de su casa. Él no supo por qué los perseguían, mataban y no los dejaron entrar a la escuela. Tampoco por qué les prohibieron hablar náhuat. Solo sabe que tuvo que huir hacia unas cuevas fronterizas con Guatemala. Ahí se resguardó y vivió como pudo. A solas guardó lo que le quedaba de él y sus antepasados.

Entrevistado por estudiantes universitarios, él contaba lo que él entendía de aquello. Hasta un anglosajón se interesó en su historia y le pidió clases de náhuat, sin embargo, sobre las preguntas de 1932 que le hacían, él tenía una espesa bruma.

“Él murió con esa duda de por qué fueron asesinados los indígenas y campesinos de 1932. No tenía una posición definida sobre esos hechos. Fue un nahuahablante que no entendió por qué en las escuelas no podían hablar su idioma”.

“Yo me recuerdo de eso porque me daban lástima mis familiares… hasta me escapo a que se acaben mis lágrimas por el momento de ver a mis familiares muertos en el patio de la casa, allá en el pueblo [Tacuba]. Mi abuelito llegó llorando porque le habían matado a un hijo y a una hija”, les cuenta don Chelino a los investigadores en otra imagen desclasificada del documental. Y desde alguna laguna mental que lo hace hablar en voz alta, añade una referencia sobre su silenciado idioma náhuat:

“…Toda la gente antigua así hablaba”.

Tiempo después, mucho después, don Chelino compartió su herencia cultural, no como se debía, porque la realidad socioeconómica de su existencia se lo impidió, pero lo hizo. Así, retomó una de las danzas tradicionales que le enseñaron otros abuelos indígenas y se volvió el protagonista de El tigre y el venado.

De la danza al documental

“El tigre y el venado” es una danza del municipio de Tacuba (aunque los historiadores y la bibliografía remiten a una más antigua en San Juan Nonualco, La Paz y lleva el mismo nombre). Datos inéditos de un trabajo monográfico de la Casa de la Cultura de Tacuba proporcionados por el coordinador departamental del Programa Nacional de Alfabetización del Ministerio de Educación, Carlos Henríquez Ramírez, revela que hasta el año 2002 existían 13 danzas.

En Tacuba, don Marcelino era una parte vital en la danza: fabricaba los tambores y los pitos y los hacía sonar. Él era el corazón musical de la danza. O para decirlo mejor: era el compositor y director de la agrupación.

Por eso, Sergio Sibrián decidió bautizar su trabajo “El tigre y el venado”. Aunque hay otra razón:

“El título es por la danza, pero también es una metáfora porque don Marcelino es sobreviviente de 1932. El tigre es la comparación del ejército de aquel entonces que hizo la masacre de los indígenas, que en este caso serían el venado”.

Sibrián entró en contacto con don Chelino en 2009, pero fue en 2010 cuando surgió la idea de hacer el documental. En 2011 inició la filmación. Don Marcelino moriría al año siguiente, el día 15 de julio de 2012. Tenía 104 años.

Sergio Sibrián le hizo una promesa a don Chelino: cuando estuviese listo el documental, sería presentado primero en su comunidad ante sus vecinos, amigos, conocidos y familiares.

El pasado 8 de febrero el director de “El tigre y el venado” cumplió su promesa: presentó en la comunidad Los Orantes su documental. Lo hizo en el día en que don Chelino cumpliría 105 años. ¿Qué fue lo más bonito que le pasó en 104 años a don Chelino?, le pregunté a Sergio Sibrián. “Haber comido una variedad de carnes: garrobo, conejo, camarones, cangrejos”, me respondió.

El documental se presentará próximamente en San Salvador.

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