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Convidados
de palo
Érase una dinastía
Este
año la Serie Mundial será inédita.
No importa quien llegue, el Clásico de Otoño
resentirá la ausencia de los Yanquis de Nueva York, la gran
dinastía de las Grandes Ligas en los últimos años
Agencia Reuters
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
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El impresionante estilo
de Orlando Hernández no amedrentó a los Angelinos
de Anaheim, quienes se ensañaron con él y sus
compañeros a lo largo de la serie. Foto
EDH
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L a última gran dinastía Yanqui llegó a su
final el sábado pasado. Cuatro gallardetes consecutivos de
la Liga Americana, incluidos tres títulos de Serie Mundial
al hilo, de 1998 a 2000, en los últimos cinco Clásicos
de Otoño, no fueron suficientes alegatos para continuar
la tradición de ver a los Mulos en la serie final.
El culpable: los Angelinos de Anaheim, un equipo que se clasificó
con un wild-card, los vapuleó en la primera ronda
de los playoffs.
Pero quizás, para muchos, los Angelinos no hicieron sino
seguir lo que ya se veía venir. Tal vez, el inicio del final
fue en el tercer partido de postemporada de la División de
2001 cuando Derek Jeter se encargó de eliminar a los Atléticos
de Oakland él solo y llevar al equipo a la Serie Mundial
que a la postre perdieron con los Diamondbacks de Arizona.
Esa misma que se alargó hasta el séptimo y decisivo
juego -incluidos tres con definiciones de infarto-. La derrota fue
dolorosa para la franquicia y sus aficionados, pero la de este año
probablemente lo sea más.
Las explicaciones a la debacle pueden ser muchas, y sorprendentes
algunas de ellas. Unos apuntan al bateo, otros, como el gerente
general Brian Cashman, miran hacia el bullpen.
El pitcheo es lo que nos impulsa o nos hunde,
y nos hundió durante esta serie, dijo Cashman.
Y quizá tenga razón. Después de lograr una
foja de 103 partidos ganados contra 58 perdidos, la mejor en una
temporada regular en Grandes Ligas, los lanzadores de los Yanquis
admitieron un promedio de 8,21 carreras limpias por juego, la mayor
cantidad en 57 series de postemporada desde 1921, y un promedio
de bateo de .376, y algo más importante, ninguno de sus abridores
pasó más allá del sexto episodio.
Renovación
Y es que, tras la restructuración a la ofensiva posterior
a la serie contra Arizona del año pasado, los Yanquis siguieron
manteniendo un cuadro de serpentinero demasiado viejo.
Después de gastarse $ 135 millones de dólares en contratar
a Jason Giambi, Rondell White y Robin Ventura -en sustitución
de Paul ONeill, Scott Brosius y Tino Martínez- el bate
de Nueva York mejoró ostensiblemente, pero su pítcheo
pareció inconsistente, ante la edad avanzada de sus lanzadores.
Roger Clemens tiene 40 años, David Wells, 39; Orlando El
Duque Hernández, 37; Mike Mussina, 33, y Andy Pettitte
30.
Y si a esto le agregamos que Mussina ha tenido una campaña
floja, Clemens pasó 25 días inactivo a causa de una
distensión en la ingle, Hernández sufrió una
torcedura de espalda que lo alejó 42 días y Pettitte,
el único lanzador de los Yanquis que está en su mejor
momento, se lastimó el codo y pasó 59 días
en la lista de lesionados, además de los 64 días que
Mariano Rivera estuvo parado, la situación se tornó
dramática.
Y ante un equipo como los Angelinos de Anaheim, se agrava. La
clave es que no le damos cuartel a nuestros adversarios. Del primer
hombre al noveno en lineup, todos producen, señaló
el mánager Mike Scioscia.
Eso fue palpable en los cuatro partidos de la serie contra los Yanquis.
Ha sido la constante durante toda la temporada. No se pueden
ganar 99 partidos, si no hay un balance, indicó Scioscia.
Y prosiguió: El pítcheo ha sido bueno y la defensa
siempre nos ha respondido
Pero el ataque ha sido la bujía.
Están en otro nivel y ante Nueva York se crecieron más.
Carentes de grandes luminarias, los Angelinos humillaron a los Yanquis
conectando 56 imparables y anotaron 31 carreras, de los cuales 32
hits y 20 anotaciones se las hicieron a los estelares Clemens, Pettitte,
Mussina y Wells, en sólo 17 episodios y un tercio.
En el cuarto partido en Anaheim, terminaron de sepultar a los Yanquis
de Nueva York con una andanada de ocho carreras en el quinto episodio.
¿Por qué? le preguntaron a Shawn Wooten, un bateador
del fondo de la alineación de los Angelinos, y el pelotero
dio una respuesta que lo explica todo nadie quería
ser el último out, dijo.
Sin reacción
Esa determinación puso en aprietos muchas veces a la defensiva
de los Yanquis.
Si bien es cierto los bates neoyorquinos respondieron como en series
anteriores: Derek Jeter se fue de .500 (ocho hits, dos jonrones,
seis carreras anotadas), Williams bateó para .333 de porcentaje
y Giambi superó su primera prueba con la camisa de los Yanquis,
la defensiva fue un desastre.
Jason, por ejemplo, no le llegó a algunos batazos que en
la época de Tino Martínez no pasaban de primera, Soriano
dejó pasar un roletazo por entre sus piernas en el cuarto
partido y además botó un elevado en la quinta entrada.
Todo se resume en la frase de Cashman: no lanzamos como antes,
y la defensa no fue muy buena. En resumidas cuentas, los Angelinos
eran un mejor equipo.
Jeter le da la razón Si siguen jugando de la misma
manera como lo han venido haciendo, no hay nadie que los pueda parar,
dijo el torpedero yanqui.
Joe Torre, el mánager yanqui, lo confirma: Con lo que
hemos hecho a otros equipos en estos años, cuando te lo hacen
a ti, hay que quitarse el sombrero.
Los ganadores más consistentes en las Mayores cayeron esta
vez. Ahora cada quien sacará sus propias conclusiones del
fracaso, pero quizá la que más suene sea la de Mike
Stanton: Fuimos apaleados.
Este año no habrá trabajadores que pinten un nuevo
emblema conmemorativo de un título, dentro de la larga lista
conquistada en el parque de béisbol más famoso del
mundo: El Yankee Stadium. Fue el fin de una dinastía.
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