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Los hombres de negro
El vaivén del arbitraje

Hace 72 años que el arbitraje del fútbol hizo su aparición en forma organizada. A partir de entonces su evolución ha sido lenta, con algunos nombres por rescatar.


Roberto Aguila

La historia dice que a raíz de que El Salvador fue designado como sede de los III Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe de 1935 y las competencias de fútbol exigió, de parte de los organismos internacionales del deporte, dos pasos trascendentales: afiliarse a la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) y agrupar a los árbitros en entidades controladas. Así, bajo esa exigencia, nació la Asociación Nacional de Arbitros de Fútbol (ANAF).

Aunque el concurso de los árbitros era tan viejo como el fútbol mismo, porque ya se jugaban campeonatos nacionales desde 1926, la ANAF fue la primera organización que les procuró una sede social, un registro de validez profesional y una organización que no sólo buscaba la superación del gremio sino también la renovación.
Uno de los muchos pilares en que descansó la consolidación de la ANAF fue don Herbert Gravowski, un alemán colorado, de dos metros de alto y voz de trueno, que arbitraba los partidos en el Campo de Marte a la usanza de la época: con saco, corbata y pantalones cortos.

De 1945 a 1960 el fútbol nacional disfrutó de una pléyade de buenos árbitros cosechados en los terrenos de la ANAF. Entre ellos se recuerdan a dos catedráticos del silbato: don Alfonso Rivas Cañas y don Ricardo Méndez, dos tipos de enorme personalidad que se imponían en la cancha y sacaban el partido intacto con la simpleza de aplicar el sentido común.

La evolución

Como consecuencia de una huelga desatada por ANAF en procura de mejorar los honorarios devengados por sus miembros, y que sacudió tremendamente los cimientos del fútbol nacional, la junta directiva de la Federación Salvadoreña de Fútbol (FEDEFUT) decidió crear en 1968 el llamado Centro de Capacitación, un ente sacado de la manga con el que se pretendía producir árbitros que se manejaran bajo el encanto de la sumisión.

Lo bueno que se produjo con el ensayo es que no sólo se renovó el ‘staff’ con nuevos árbitros promisorios, sino que muchos que pertenecían a ANAF se saltaron la vereda y se enredaron en el Centro de Capacitación. El imán lo producía don Diego Di Leo, el notable árbitro contratado exprofesamente para dirigir el ensayo.

Como producto del trabajo realizado por Di Leo -posteriormente relevado por el peruano César Augusto Orozco-, se recobró la mística arbitral a través de hombres con calidad como lo fueron Efren Aguilar, Waldo Polío, Mario Salvador Martínez y Desiderio Avendaño.

En esa época, de 1969 a 1980, el arbitraje salvadoreño también floreció con verdaderas revelaciones como Rolando Reyes Rodas, Leonidas Rogel y Tomás Herrera. Por otra parte, desde los campos agrícolas e incubado en una vocación de años, apareció en el ambiente otro grande: Carlos Ortíz Cardoza.

Por eso, por primera vez en muchos años el arbitraje salvadoreño se había reencontrado con el sentido común que empleaban los legendarios Ricardo Méndez y Alfonso Rivas Cañas para dirigir un partido de fútbol.

Aparece CONAFES


Por motivos de que el Centro de Capacitación se quedó volando en un limbo de desorientación que frenaba la evolución arbitral, surgió la idea de revestirlo bajo otros conceptos. Así, el 5 de diciembre de 1983 nació a la vida el actual Colegio Nacional de Arbitros de Fútbol de El Salvador (CONAFES).

La idea, apadrinada por Ramón Flores Berríos y José Humberto Torres, fue avalada y puesta en marcha por el doctor Rubén Zamora, presidente de la FEDEFUT en esos momentos. El colegio estaría adscrito al ente rector del fútbol, cuyo apoyo vislumbraba una superación total de los árbitros salvadoreños.

El plan inicial contenía cursos de actualización impartidos por árbitros de reconocida capacidad, además de la formación de instructores que extendieran sus conocimientos a lo largo del territorio nacional. El efecto multiplicador debería dar sus frutos a corto plazo en entidades afiliadas a CONAFES, como lo eran ANAF, AAFES y las subfederaciones agrupadas en la Liga Media.

El curso de instructores contenía materias que iban del estudio de las reglas arbitrales hasta la ética como insignia del árbitro. En su primera cosecha el CONAFES dio nada menos que 22 maestros instructores, entre los que destacaban Waldo Polío, Mauricio Rolando Morazán, Victorino Rodríguez Portillo y González Doradea. Todos ellos recibieron los conocimientos irrefutables de un maestro: don Clemente Ruggiero Calles. Además, se le dio continuidad y fortaleza a la Comisión de Arbitraje que presidía Humberto Torres, el actual presidente de la FEDEFUT.

¿Se ha superado el árbitro salvadoreño?

Haciendo un repaso de la calidad con que se manejaban los pioneros Rivas Cañas y Méndez, pasando por lo que fueron en su momento los Calles, Polío, Aguilar, Reyes, Morazán, Rogel, Herrera García y Ortíz Cardoza, entre muchos otros, el saldo que nos queda es muy poco: Apenas un Migdonio Argueta y uno que otro que promete algo.

Según el presidente de la FEDEFUT que ha consumido buena parte de su vida en aras del arbitraje salvadoreño, la superación se estancó al haberse suspendido los cursos de instructores que robustecían en mucho los conocimientos de los árbitros a nivel nacional.

Por otra parte, Torres sostiene que se ha perdido la mística y la vocación que son necesarias en el sentir del aspirante a árbitro. “El arbitraje es lógica”, afirma y concluye que muchos árbitros la han hecho a un lado. “Si Ricardo Méndez y Alfonso Rivas Cañas eran buenos es porque aplicaban el sentido común. Asi de simple”, dice.
Torres considera que el rendimiento de un árbitro, bueno o malo, sigue residiendo en esos aspectos, sobre todo ahora que el fútbol se convirtió en más veloz y dinámico. Puntualiza que al arbitraje de hoy se le atribuye mayor gasto físico por el desplace que se le exige, pero que la aplicación de las reglas siguen siendo las mismas y sujetas al criterio personal usando la lógica.

En suma, esa perdida de los conceptos ha motivado un estancamiento que preocupa. Para Torres la renovación llega, pero no con la misma calidad.

 

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