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Ingrid guardó la raqueta

Después de veinte años de mandar en el tenis, Ingrid González decidió guardar la raqueta para siempre. Según ella, llegó la hora de vivir de los recuerdos, que son muchos.

Roberto Águila


A sus treinta años de edad y todavía con mucho hilo en el carretel, la tenista Ingrid González tomó la decisión de guardar la raqueta y dejar atrás una vida consagrada a ganar, ganar y ganar durante dos décadas de grandeza.

Decidió su retiro luego de regresar de los VII Juegos Centroamericanos de Guatemala con una medalla de plata en ‘singles’ y una de oro por equipos en Copa de Naciones, y consideró que con eso había entregado su último esfuerzo en favor del tenis salvadoreño y que la hora de pegar la última fotografía en un álbum atiborrado de recuerdos había llegado.

Todos los que conocemos a Ingrid González sabemos que esa determinación de dejarlo todo no fue tan simple como parece; para ella fue como arrancarse un pedazo del corazón que siempre tuvo abierto para el tenis nacional. Ese mismo corazón que la ayudó a ganar y a fabricar una leyenda.

Repasando una vida


Tal como se lo propuso tras el retiro, nos sentamos con ella en la sala de su casa de Santa Ana para rescatar los recuerdos y repasar su vida.

Y hojeando su grueso álbum de fotografías o revisando toda una pared tachonada de trofeos y medallas que testimonian su paso grande por el tenis nacional, la volvimos a ver a sus nueve años, con el uniforme del Colegio “La Asunción”, en sus comienzos, cuando se fue detrás de su papá a las canchas del Turicentro Sihuatehuacán y el gusanito del tenis de campo se le metió en el alma.

“La culpa la tuvo Salvador Pineda, porque invitó a mi papá a jugar tenis y luego mi papá se entusiasmó tanto que compró una raqueta y no faltaba a jugar. Enseguida me le pegué yo”, recuerda Ingrid.

Eso fue en 1980, cuando dejó las muñecas por la raqueta y no tenía más sueños que los de jugar y divertirse. Era la única hembra dentro de un grupo de pioneros mayores del tenis de campo santaneco que se habían abrazado tanto al juego que cuando les cerraron las canchas del Sihuatehuacán se fueron a pintar una de baloncesto en la finca Procavia para seguir jugando.

Ingrid comenzó a competir en 1981. En Santa Ana todos hablaban de la capacidad que mostraba la niña, y de la necesidad de que compitiera fuera de su ciudad. Ella dudaba un poco, pero su papá, José Luis González, le dijo un día: “Si querés ser alguien en el tenis, tenés que competir con las más fuertes”.

A la semana siguiente el mismo don José Luis la llevó a San Salvador para que compitiera en un torneo que se desarrollaba en El Salvador Tenis Club. Pese a sus diez años, Ingrid fue inscrita en la categoría más alta. Debutó contra Evelyn Cabrales y perdió 0-6 0-6. Fue la primera vez que lloró por culpa del tenis.

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“Esa derrota me marcó tanto en mi vida que me propuse prepararme mejor para no volver a perder”, contó Ingrid. Y así fue. A partir de ahí, alternando con un grupo de nuevas jugadoras en donde destacaban Cecilia Ancalmo y las hermanas Carolina y Tatiana Molins, Ingrid fue haciéndose respetar.

A los 11 años, en 1982, fue a competir con buen éxito en el JITIC de México. En 1983 su nombre siguió creciendo. Ganó el “Coqui Bowl” de Puerto Rico, en dobles, haciendo pareja con la norteamericana Sara Wilder. En 1984 ganó su primer título nacional, y ese mismo año fue segunda en individual y dobles en el JITIC de Guatemala.

Y luego de mantenerse en los primeros planos del tenis de campo salvadoreño, en 1986 participó en los III Juegos Deportivos Centroamericanos conquistando la medalla de plata.
¿Se detuvo ahí? No, para nada. Porque aqui la vemos en la foto llorando una vez más, pero esta vez de alegría, cuando se colgó la medalla de oro en los IV Juegos Deportivos Centroamericanos para iniciar su mandato en el tenis del istmo que no soltó por largos once años.

Fin de un reinado


Allá, en los VII Juegos Deportivos de Guatemala, cuando Ingrid fue para cerrar su ciclo con otra medalla de oro luego de tres años de reposo, la vimos llorar de nuevo porque Ivón Rodezno le impidió su propósito resignándola a la medalla de plata.

Esa vez le dijimos que si la conquista de una medalla de plata no lo consideraba como un cierre hermoso y era motivo de llanto, estábamos dispuestos a llorar con ella. Ahora, en su casa de Santa Ana, se lo repetimos cuando alguna lágrima furtiva quiso ensombrecer el adiós sereno.

Nadie tiene más razones para sonreir que Ingrid González, porque nadie deja atrás, como ella, un camino de éxitos y más éxitos. Y cuando alguien consigue eso que ella construyó con su abnegación al tenis, tiene todo el derecho de vivir de los recuerdos. Sobre todo cuando esos recuerdos la vuelven a colocar en lo más alto del podio, en donde siempre estuvo.

“Yo siempre les hablaba todas las semanas a mis papás -comentó la tenista-, pasaba hasta dos meses fuera, e incluso pasaba Navidad y Año Nuevo lejos de mi familia”. “Sí, así es”, dijo Emilia, en tono pensativo. Le preguntamos si volvería a irse tanto tiempo. Su cabeza giró de lado a lado: no le agradó la idea. Volvimos a preguntar: pero si te gusta la gimnasia, y eso pasa por entrenar fuera otra vez, ¿lo harías? “No sabría qué hacer”, dijo.

Ingrid también comentó que “hace poco leí una carta que mi padre me mandó cuando yo tenía como 14 años y andaba viajando. Llega un momento en que uno se desespera, y cuenta los días para regresar”. Y esa imagen trajo recuerdos a la mente de la pequeña gimnasta. “Cuando estaba en Estados Unidos, abrazaba a un oso para poder dormir, y le ponía una foto de mi mamá para sentir que era ella”, recordó. Ingrid comprendió el tono de tristeza. Y eso fue lo valioso de la plática: las experiencias compartidas entre ambas, unidas a la convicción de que cada gota de sudor vale la pena.

 

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