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Cuando
la imagen vale más que el talento con la raqueta
La
mayor parte de los deportistas alcanzan la fama y mejoran de paso
su situación económica gracias a los títulos
que consiguen, salvo la tenista Anna Kournikova.
Por
Nemesio Rodríguez/Agencia EFE
La
bella rubia rusa es un caso singular, ya que no ha necesitado un
título importante para convertirse en la tenista mejor pagada
del circuito, gracias a la publicidad y las promociones.
Kournikova está triunfando más como modelo de belleza
que como tenista, pese a haber sido formada desde pequeña
-empezó a manejar una raqueta a los cinco años de
edad- para unir su nombre a las grandes jugadoras de la historia.
La participación en los grandes torneos de la tenista nacida
en Moscú el 7 de junio de 1981 repite un ritual de titulares:
Si gana, la reina de las pistas deslumbra o se
convierte en la princesa de la noche; si pierde, el
torneo se quedó sin su reina.
Kourni repitió el guión en el Abierto
de Australia, aunque en esta ocasión con más rapidez
que nunca. Debutó ante la belga Justine Henin, octava jugadora
mundial, y perdió (6-2, 7-5). Le quedó el consuelo
del título de dobles con Martina Hingis, con la que lleva
acumulados once torneos, dos Másters entre ellos
(1999 y 2000), aunque en galardones individuales la suiza no admite
comparación, con cinco títulos del Grand Slam
en doce finales.
La diva lamentó que le hubiera tocado en el primer partido
una jugadora tan difícil como Henin. La verdad es que venía
de un año difícil, ya que pasó casi ocho meses
alejada de las canchas debido a una fractura por fatiga del pie
izquierdo.
He perdido mi toque, sostiene la jugadora, que llegó
a ser la octava del mundo en el 2000, todavía lejos de la
meta que se marcó su madre, Alla: convertirla en la número
uno.
Todo comenzó en las Navidades de 1986 cuando recibió
un regalo que cambió su vida. Encontré mis primeras
raquetas debajo del árbol de Navidad. Ya no las abandonó.
A los nueve años, se la consideraba una tenista prodigio.
Dos años más tarde, se entrenaba en Bradenton, Florida,
en la famosa academia de tenis de Nick Bolletieri.
Kournikova fue alimentando las esperanzas de su madre con victorias
en torneos juveniles poco después de cumplir quince años
y aumentó las expectativas de que había una nueva
reina en el tenis en 1996, al llegar a la cuarta ronda
del Abierto de Estados Unidos y en 1997 a las semifinales en Wimbledon.
La fe de su madre en el triunfo de Kournikova como tenista se fue
apagando con la ausencia de títulos para dejar paso a la
cuidadosa formación de un ídolo popular capaz de atraer
el interés de los medios, los aficionados y las marcas. Lo
consiguió.
Se
calcula que Kournikova gana más de diez millones de dólares
anuales (¢87.5 millones de colones) en concepto de publicidad,
de los cuales sólo un seis por ciento corresponden al tenis.
Donde ella va, puede pasar cualquier cosa. En el torneo de Wimbledon
del 2000, un espontáneo se desnudó en la pista en
la que jugaba Kournikova y la bielorrusa Natasha Zvereva. En su
pecho podía leerse solamente la bola debe botar,
el eslogan de la línea de sujetadores que anunciaba la tenista
rusa.
Peor jugada la hizo en febrero del pasado año un pirata informático
argentino apodado Kalamar Warez, que lanzó el
virus Anna Kournikova, cuya reproducción en las
redes internas de algunas compañías e instituciones
ocasionó el bloqueo del sistema.
Más rentable en el mundo informático le fue la campaña
publicitaria de lanzamiento el pasado año del portal de internet
Lycos en Estados Unidos, con promoción en la red, la televisión,
la prensa escrita y vallas publicitarias.
Claro que Lycos apostó sobre seguro, ya que la rusa es la
deportista más buscada por los navegantes de internet,
donde su nombre es introducido en los motores de búsqueda
dos veces más que el de Michael Jordan y Tiger Woods juntos.
En su portal personal, Anna (1,70 metros de altura, 55 kilos de
peso) cuenta a sus seguidores que le gusta la lectura, sobre todo
los clásicos rusos, la danza, escuchar música y ver
televisión.
Del cine no debe ser muy apasionada, ya que dice que su película
favorita es Austin Powers. Su color preferido es el
negro, de alimentos la pasta, el arroz y el sushi, de
postre el chocolate y como número de la suerte el 81.
La página ofrece calendarios para que tengas a Anna
en tu vida 365 días al año con sus fotos más
espectaculares y un vídeo con los ejercicios
que hace para mantenerse en forma.
Entre sesiones de fotografía, promociones y entrevistas,
tiene tiempo para participar en el vídeoclip
del tema Escape de Enrique Iglesias mientras sopesa
las ofertas para hacer cine después del papel insignificante
que tuvo en Yo, yo misma e Irene al lado del cómico
Jim Carrey.
Un salto al séptimo arte que no descarta (puede que
algún día lo intente), en una prueba más
de que la raqueta nunca le llevará al número uno,
pero sí le ha dado el título de la jugadora de tenis
más atractiva del mundo. Y la más rica.
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