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Humilde
pago por mil remesas
La selección tenía casi tres años
de no ganar en Estados Unidos. Fue una victoria inesperada, pero
balsámica para los hermanos lejanos.
El Diario de Hoy
Dondequiera
había banderas salvadoreñas. O acaso la semejanza
con el pabellón guatemalteco, igual de azul e igual de blanca,
y con la misma angustia y el mismo sentimiento en los inmigrantes
que las hacían ondear, nos engañó la vista.
Cuando El Salvador juega en Estados Unidos, pareciera que lo hace
de local. El éxodo de compatriotas desde 1972, cuando ya
se especulaba con nuestro papel de gitanos de América
Latina, hace posible esa insólita extrapolación,
como si se tomase un pedazo del Estadio Cuscatlán
y se le montase en un avión prodigioso.
Lo duro para esos miles de paisanos, que limpian, podan, lavan y
trabajan para la potencia del Norte, por lo general desde las filas
del empleo informal, es que el fútbol, único cordón
umbilical con su patria primigenia además del idioma, no
les regala alegrías con mucha frecuencia.
Por eso la noche del miércoles 23 de enero fue especial.
Por una vez los salvadorean saltaron a la noche llenos
de victoria.
SIN VISA TRIUNFADORA
Desde 1971, cuando disputamos un partido eliminatorio para el torneo
futbolístico de los Olímpicos de Múnich 1972
que empatamos 1-1, hasta la sorprendente noche de hace 72 horas,
El Salvador jugó 48 veces en Estados Unidos, con un saldo
humilde.
Ante rivales tan diferentes como Guatemala, México, los locales,
Honduras, Colombia, Brasil o Chile, ganamos ocho veces y perdimos
en 28, con 36 goles a favor y 87 en contra.
Lo curioso de la estadística es que de nuestras ocho victorias,
la mitad fueron precisamente contra los hermanos chapines, que ya
se están acostumbrando a considerarnos la horma de su zapato.
Además, ganamos cuatro veces entre 1971 y 1993, y otras tantas
desde entonces a la fecha, con 24 partidos en cada uno de esos periodos,
como un signo de mejoría al menos estadística.
Ir a Estados Unidos, emocionar a los hermanos lejanos, llenar un
sector del Coliseo angelino o del escenario que se trate,
perder y despedirse con nostalgia es un rito demasiado religioso.
Por suerte, por justicia, acaso por una conveniente concatenación
de circunstancias, lo cierto es que esta nueva versión de
la Selecta rompió con esa liturgia, desechó
a la derrota como sacramento y retó a su misma historia.
Dondequiera había banderas salvadoreñas. Era difícil
confundirlas al final. Detrás suyo había caras felices.
Y hermanas.
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