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La
casa del Diez
La
Habana y Segurola, 4710. Piso 7. Todo el piso, mas el piso 8 y el
9, en un edificio de ladrillo visto, de nueve pisos en una esquina
de Villa Devoto, al noroeste de Capital Federal. Eran como las siete
de la noche y el tráfico estaba pesadísimo. Era viernes,
y medio Buenos Aires estaba saliendo para el fin de semana. Yo ese
día tenía que trabajar, y para mí, llegar unas
cuatro horas antes de hacer SportsCenter, ya es llegar sobre la
hora.
Fernando Palomo
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Generalmente
estoy en la oficina unas seis a siete horas antes para preparar
toda la información. Pero la invitación no se podía
desperdiciar, era la oportunidad de ir a la casa del Diez y conocer
a la Claudia.
El Diez, por si todavía no sabían, es Diego Armando
Maradona. La Claudia, su esposa. Y la casa, es la casa
de Maradona. Al Diego seguro no lo conocería porque estaba
en Cuba. Recibí la invitación de unos amigos deportistas,
remeros del equipo olímpico argentino, que conocen a los
Maradona porque tienen un restaurante manejado por atletas, del
cual los Maradona son padrinos. Mientras tomaba un café
con ellos, a eso de las 4 de la tarde de ese viernes, recibieron
una llamada al celular. Era Claudia, que se quería despedir
de ellos. Mis amigos viajaban a Inglaterra al día siguiente
para continuar con su preparación deportiva y la madrina
les tenía que decir adiós.
Sabiendo que iban a la casa del Diez, me invitaron y sin pensarlo
les dije que iba a pie si era necesario. Ya en camino a la Segurola
4710, realicé que tenía que trabajar ese día
y que llegar cuanto menos a las 9 p.m., me ponía con la soga
al cuello para poder hacer un buen programa. Pero conocer la casa
del mejor jugador de fútbol de todos los tiempos pasó
de repente al primer lugar en mi lista de prioridades.
Mis amigos conscientes que mi tiempo era limitado y tratando de
sacarle el jugo a la visita, apretaron el acelerador y nos fuimos
lo más rápido posible, por los atajos más recónditos
de Buenos Aires. Pero como dice la Ley de Murphy, si algo puede
ir mal, va a ir mal. Nos tiramos un semáforo en rojo y nos
agarró la policía. Después de explicarles el
por qué del apuro y lograr que nos entendieran, seguimos
con el camino.
Ya estábamos a la puerta de la casa. Cualquiera se imaginaría
que esta tiene seguridad hasta en los árboles, pero no. Es
un edificio común y corriente. Claro que con todas las comodidades
de una zona de clase social acomodada. Tocamos el timbre del piso
7 y enseguida nos estaban abriendo la puerta. Cuando entramos al
ascensor nos mirábamos las caras y, al igual que yo, ninguno
de mis amigos podía creer que en cuestión de segundos
llegaríamos a visitar parte de la intimidad que con tanto
celo guarda Diego Maradona: su hogar.
El ascensor abrió sus puertas y lo primero que nos recibió
fue un jarrón de esos típicos en la China, inmenso.
Ese mismo jarrón que le habían regalado al Diez cuando
en el 96 cruzó la Gran Muralla con el plantel de Boca
Jrs.. Luego, tras la pared que escondía la sala, salió
Claudia Rosana Villafañe, la Claudia. Saludó
a mis amigos, Diego y Javier, y luego ellos me presentaron como
Fernando Palomo, un amigo. Yo les había pedido
que no me presentaran como periodista deportivo para así
no despertar la predisposición que tienen los Maradona para
con la prensa. Poco sabía yo que Claudia ya me conocía.
Se dirigió a mí y me dijo que Quique (Wolff)
ya había venido a casa varias veces. Allí realicé
que me relacionó con mi compañero de trabajo. Igualmente,
nunca sintió que por mi presencia su privacidad era invadida
por la prensa.
Nos
mostró la sala y el comedor de una casa llena de recuerdos
familiares y sin mucha opulencia; al contrario, decorada con un
gusto bastante sobrio. Piso de madera, juego de sala blanco y una
mesa de comedor para unas ochos personas. Todo era normal, excepto
que las fotos familiares que decoran la sala eran las fotos de la
familia de Maradona, y en las fotos estaba el Diego.
El Diego en la playa, el Diego en Disney, el Diego a caballo, las
hijas y el Diego comiendo pastel. Ya no lo sentía como normal,
estaba en la casa del mejor jugador de fútbol de todos los
tiempos. Merced a que lo ultimo genere la eterna polémica:
Pelé o Maradona, Maradona o Pelé.
Luego del mini-tour de la casa la Claudia nos dirigió al
estudio. Allí ya temblaron las piernas. El estudio nos es
mas que el museo de Maradona en su propia casa. Trofeos, fotos,
medallas, botines, recortes de periódico, revistas, camisetas,
camisetas y mas camisetas. En es momento Claudia nos dejo solos
para recibir una llamada y el silencio nos invadió. Cada
uno en su mundo tratando de grabar con la mirada cada rincón
de ese rincón tan especial. Allí me arrepentí
de no tener una cámara para perpetuar el recuerdo.
Cuando regreso, Claudia nos dijo que este es su trabajo diario.
Tratar de ordenar con mucha paciencia los recuerdos de la vida futbolística
de su marido, los recuerdos de una parte del fútbol mundial.
Allí empecé con mis preguntas interminables para saber
que era cada una de las cosas que guardaba. Una replica de tamaño
real de la Copa UEFA que ganó con el Napoli en 1989, Corrado
Ferlaino el presidente del club se la mando a hacer de regalo. O
una mini-replica de la Copa de Campeones de Europa, la de las orejas
grandes, que Arrigo Sachi le dio como regalo de bodas.
En la primera pared que uno se encuentra al entrar al estudio cuelgan
las camisetas de los clubes que Maradona integró. Desde la
de Argentinos Jrs. hasta la del Sevilla. Hasta la gorra de técnico
que utilizaba con Racing de Avellaneda. Su trayectoria era un arco
iris de camisetas. En el suelo en un desorden aparente, pero para
Claudia en un orden de biblioteca, todos y cada uno de los recortes
de periódico que alguna vez tuvieron algo que decir de Diego
Armando Maradona. Espera Claudia que sean todos. Al menos esta lo
que dijo The Times de Londres para la el gol de la
mano de Dios y lo que dijo el Corriere de la Sera
durante su carrera en Nápoles. Periódicos, mas una
interminable cantidad de revistas, todas apiladas una sobre otra.
Todos las ediciones del fallecido El Gráfico
con Diego en la portada. Su trayectoria era una pila de papeles.
Parecía además que cualquier espacio vacío
en la pared, era bueno para colgar una foto. Personalidades si fin,
desde Di Stéfano hasta el Puma Rodríguez. Desde Ali
hasta Perales. Desde Magic Johnson hasta Ricky Martin. Desde Fidel
Castro hasta Pelé. Todos adornando y haciendo recordar.
Lo que mas esperaba que abriera Claudia, era un closet de unos tres
metros de largo con puertas de vidrio. Atrás de las puertas
habría unas mil camisetas. La parte derecha del closet la
ocupan las camisetas que alguna vez ocupó con sus clubes
o las que intercambió en partidos de club. La camiseta roja
de algodón con el No. 16 de Argentinos Jrs que utilizó
en su debut en Primera División en 1975 era la primera en
fila. Después de 25 años de su única puesta
en uso, la camiseta aun guardaba manchas de partido. Desde esa camiseta
pasando por las del Barcelona, las del Napoli, una que otra de Rummenigge
y Platini. Y las de Boca. Del lado izquierdo en el closet, todas
las camisetas del período de Selección. En ese momento,
tratando de meter la cuchara, creo que metí las patas. Le
pregunté a Claudia si tenia alguna camiseta de la selección
de El Salvador. Al escuchar mi pregunta se quedó pensando
un rato, como tratando de recordar si había alguna vez jugado
Diego contra la Selección de El Salvador. Claudia me respondió
dándome un golpe fuerte en la espalda. Claro, no me
acordaba, si me lo mataron a patadas. Pero no había
camiseta.
Claudia guardó lo mejor de la visita para el final. Empujó
un grupo de camisetas para la izquierda, y otro grupo de camisetas
para la derecha. En el medio quedaba solo una camiseta y la sacó
con mas cariño que las anteriores. Era igual, celeste y blanca,
como la mayoría, pero por la marca se sabio que era del Mundial
del 86 en México. Nunca la utilizó para jugar al fútbol
solo para levantar la Copa del Mundo.
Estaba también el trofeo al mejor deportista argentino del
siglo, una replica miniatura de la Copa del Mundo y la medalla dorada
de México 86. Había otra medalla que apenas
unos meses atrás pudo entrar a la vitrina del museo casero.
La de plata de Italia 90. Maradona no la quería a la
vista de su hija Dalma, quien al verla se tiraba a llorar porque
su papa le prometió la de oro.
Como toda visita social en la Argentina venia la ronda del mate.
A mi en lo particular no me gusta pero no lo desprecie. Ya eran
casi las nueve de la noche, y sentía que después de
todo tenia que ir a trabajar. Me despedí de Claudia, de las
nenas Dalma y Gianinna. Me iba de la casa del Diez,
con diez mil recuerdos.
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