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Un asilo con sabor a esperanza

La obtención de asilo político en los Estados Unidos es sólo una parte de la cruzada que Hilda Jiménez mantiene para obtener justicia por el asesinato de su hija, Katya. Sus abogados procurarán la reapertura del caso

Eugenia Aponte
Corresponsal

Hilda Jiménez, madre de Katya Miranda, reza en la habitación de su nuevo domicilio, en Estados Unidos. La joven madre y su hija, Marcela, recibieron el jueves asilo político en ese país por razones humanitarias. Foto: Eugenia Aponte

Rodeada de luz, flores, felicitaciones y, sobre todo, de muestras de apoyo, se encuentra hoy Hilda María Jiménez, la madre de Katya Miranda, la pequeña que en 1999 fue brutalmente asesinada en una playa salvadoreña sin que hasta la fecha se haga pagar al responsable.
Hilda se ha convertido, sin proponérselo, en una figura emblemática para miles de madres del mundo que hoy han conocido su historia; algunas por primera vez, a pesar de que la lucha de esta señora lleva más de tres años de lágrimas, persecuciones y ausencias incomprensibles.

El 15 de octubre pasado, Hilda y su familia recibieron la noticia de que les había sido finalmente otorgado el asilo político a ella y a su hija Gina Marcela, la víctima más pequeña y valiente de este drama que en ocasiones parece sacado de un libreto de Hollywood.

La joven que ahora tiene toda la apariencia de una señorita y goza de una adolescencia alegre y libre de preocupaciones al lado de sus tías, su abuelo y por supuesto su madre, vivió en abril de 1999 momentos muy duros cuando a su corta edad tuvo que entender y aceptar la muerte de una hermana que ocurrió prácticamente en sus narices, porque ambas compartían un mismo cojín la noche en que la pequeña Katya desapareció.

Reapertura del caso


La Licda. Meredith Brown, principal asesora legal de la señora Jiménez, aclara que el triunfo que recién dan a conocer en rueda de prensa, es apenas el primer paso de lo que ella espera será una larga cadena de pequeños triunfos.
Esta abogada, experta en temas migratorios y miembro de Amnistía Internacional, ha tomado el caso como una cruzada personal que no acaba aquí.

“El próximo paso será viajar a El Salvador en compañía de congresistas estadounidenses y defensores de los derechos humanos para presionar a que se reabra el caso, y lo haremos pronto, en el mes de noviembre”, apuntó la abogada.
Numerosos organismos comunitarios han estado al lado de la señora Jiménez desde que ella decidió radicarse en el sur de California, donde reside gran parte de su numerosa y cercana familia.

Excepción

Las valoraciones en el caso de Hilda Jiménez y de su hija son atípicas y no se aplican con regularidad.
- El Departamento de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos habría considerado válido el argumento de que la vida de Hilda y su hija, Marcela, peligraba en caso de permanecer en El Salvador.
- El INS, reacio a recibir y amparar nuevos inmigrantes desde los atentados del 11 de septiembre del 2001, hizo una excepción en el caso de ambas y les proporcionó un estatus de protección mediante el cual pueden residir ahí legalmente.

Algunos periodistas incluso hemos entrado en su casa y hemos respirado el aire de paz y de triunfo que ahí se aspira, con la promesa de no revelar el lugar exacto, por las razones obvias de seguridad que en su momento les obligaron a emigrar, literalmente con la ropa puesta, usando camiseta en pleno otoño californiano, pues al hacerse pública la absolución de los detenidos, la propia preservación de la vida se volvió una prioridad por encima de la justicia.

Un otoño más tarde, la vida ha dado un giro largamente esperado por la familia Jiménez y todos los que de una u otra forma les apoyan. No sólo están, madre e hija, más abrigadas, más fuertes y menos temerosas. Hoy cuentan con el respaldo de un gobierno extranjero que las ha acogido, de una comunidad que les escucha y que está dispuesta a acompañarles en los peldaños que ellas aseguran seguirán escalando hasta conseguir la meta propuesta: que los responsables de la muerte de Katya paguen a la justicia.

El nuevo hogar

Desprovista de la atención paterna, luego del triste suceso en el que su hermana, Katya, fue asesinada, Gina Marcela sale adelante con la ayuda de su madre, Hilda, y de la familia de ésta que la apoya en su totalidad para que supere los posibles traumas que le provocó la tragedia.
Ambas, madre e hija, se encuentran felices con la resolución del INS. El día en que se celebró la conferencia de prensa para dar a conocer el resultado, Hilda lució segura, bien vestida, impecablemente arreglada, con una enorme cruz colgando del pecho a la vista de todos, cual testimonio de su fe inquebrantable.

En apariencia, Hilda se ve más joven y más bonita que hace tres años, cuando daba a conocer por primera vez su desgracia, denunciando lo que aún sostiene es “un gran fallo e ineptitud del sistema judicial salvadoreño”.

A tal grado ha mejorado la apariencia de esta mujer que muchos periodistas tuvieron dificultad en reconocerla, si comparaban a la persona actual con la que reflejaban las fotografías de archivo.
En más de un momento del día, las lágrimas acudieron a sus ojos, pero no eran de odio ni de venganza, más bien de nostalgia ante lo que ella califica como “la pérdida irreparable e inexplicable de mi niña querida”.
Por ahora, las vejaciones que denunció y que afirma continuaron aun en Estados Unidos, e incluso a manos de periodistas reconocidos, han cesado. La vida continúa en otro lugar con otras realidades, pero ante todo con nuevas esperanzas.

 

 

 

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