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El
francotirador asesino mató a una salvadoreña excepcional
Las
familias de Sara Ramos, una inmigrante salvadoreña, y de
Lori Lewis Rivera, cuyo esposo es hondureño, se preparan
para enterrar a dos de las víctimas de un francotirador sospechoso
de matar a seis personas en Washington durante los últimos
días.
Francisco Ayala Silva
En Washington
el salvador.com
nacional@elsalvador.com
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Foto de archivo de Sara
Ramos, quien fue asesinada el jueves anterior en Washington,
por un francotirador.
Foto digital EDH
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Un proyectil con tres centímetros de plomo acabó
con Sarah Ramos, una salvadoreña que, irónicamente,
atravesaba por una etapa de crecimiento espiritual y constituía
una fuente de alegría incesante para su familia.
Sus restos serán sepultados hoy en Maryland, EE.UU.Vida
en la guerra, muerte en la paz.
Las ironías persiguen a Sarah Ramos desde su nativo El
Salvador.
Ella nació en Joateca, un pueblo del departamento nororiental
de Morazán.
Durante la década de guerra civil que mató a 70
mil salvadoreños, pocos pueblos fueron tan asaltados como
Joateca; en sus alrededores explotó el helicóptero
que transportaba al Cnel.
Domingo Monterrosa Barrios, el único comandante eficiente
del ejército salvadoreño, según los consejeros
militares norteamericanos.
Sin embargo, la familia de Sarah Ramos sobrevivió esa guerra
refugiándose en Marcala, en la zona fronteriza hondureña.
En 1988, Sarah Ramos vivía en la capital San Salvador y
estudiaba la secundaria. En marzo de ese año conoció
a quien sería su esposo, Carlos Cruz, un profesor universitario
de medio tiempo. Cruz enseñaba Estadística y era gerente
financiero de una compañía local. El tenía
26 años y ella 22.
Ella siempre estaba alegre", recuerda Carlos Cruz, quien
es hombre de rostro serio y palabra inteligente y articulada, como
deben ser los profesores universitarios. "Ella siempre sonreía,
y yo soy serio, aunque esté feliz".
Se casaron cuatro años después, el 2 de agosto de
1992 y Sarah se convirtió en el dínamo doméstico.
Ella cocinaba los platos tradicionales de El Salvador: pupusas,
tamales, y yuca; ella recordaba los cumpleaños y adquiría
los regalos.
En su décimo año de casados, Carlos Cruz y Sarah
Ramos vivían en el condado de Montgomery, en Maryland, una
de las zonas con mayor ingreso per cápita de la zona metropolitana
de Washington. Vivían con su hijo de siete años, la
hermana de Sarah, y la bebita de ésta.
En el condado, la familia Cruz Ramos vive en edificios de apartamentos
para familias trabajadoras, en su mayoría afroamericana e
hispana.
Sarah Ramos, el eterno dinamo, trabajaba como empleada de limpieza.
La mataron cuando iba a trabajar.
La muerte y la doncella
El jueves 3 de octubre amaneció como un día espectacular
del otoño boreal. Al caer la noche, cada fuerza policial
federal, estatal, y local habría desencadenado la cacería
humana más multitudinaria que Maryland ha visto desde el
asesinato del presidente Abraham Lincoln, en 1865. Por coincidencia,
el 11 de septiembre del 2001, dia de los ataques terroristas, fue
otro dia espectacular.
A las 8:30 de la mañana, Sarah Ramos llegó en autobús
al centro comercial de la comunidad de jubilados de Aspen Hill.
La comunidad se llama Leisure World ("Mundo del Ocio").
En la comunidad reina la paz extrema. Sarah Ramos caminó
a la entrada del centro comercial y se sentó a esperar a
su empleadora, una mujer angloamericana que la contrataba para hacer
la limpieza de su hogar cada jueves. No es cierto que estuviera
esperando el autobús, como se dijo al principio -la banca
no está en una parada de autobuses-. Lo cierto es que Sarah
sólo se sentaba en esa banca los jueves por la mañana,
cuando iba a trabajar a Aspen Hill.
A las 8:12 a.m. de ese jueves había caído muerto
el taxista indio Premkumar Walekar, de 54 años, mientras
llenaba el tanque de su taxi, algo que él no acostumbraba
hacer a esa hora.
A las 8:37, el asesino mató a Sara Ramos, la emigrante de
El Salvador, quien solo se sentaba en esa banca los jueves por la
mañana. Fue una muerte violenta pero indolora. Sarah leía
un libro que nunca fue devuelto a la familia -ellos no saben qué
libro era, pero creen que fue uno de los libros espirituales que
había recibido durante su fin de semana en retiro-.
La bala entró en la parte superior de la frente, que ella
había inclinado para leer. La bala atravesó el cráneo,
salió y siguió volando hasta atravesar la vitrina
del centro comercial. Fue una muerte instantánea. Su cuerpo
se inclinó a la derecha y alguien lo cubrió con una
sábana que se saturó de la sangre de la banca y del
suelo. Su pie derecho, con sandalia, quedó fuera de la sábana.
Sarah Ramos cubierta con una sábana ensangrentada --y su
pie descubierto-- fue la única víctima que los periodistas
pudieron fotografiar. Sus fotos salieron en portadas de periódicos
de todo el mundo, desde el Washington Times hasta El País
de España.
No hay furia, hay aceptación.
En el dolor, Carlos Cruz conserva su seriedad y dignidad, pero
se emociona cuando recuerda a su esposa, casi hasta las lágrimas.
"Vale la pena amar y valorar a la gente que se quiere, porque
uno no sabe cuando la va a perder", dice.
Su hijo de siete años ha dejado de asistir a clases, temporalmente.
"Me dice 'quiero quedarme con mi tio y mi tia'", asegura
Carlos Cruz. El tio y la tia -hermanos de Sarah- han llegado desde
Los Angeles para acompañar a la familia. Los hermanos de
Sarah Ramos son un hombre y tres mujeres residentes en Estados Unidos,
y dos hombres y una mujer residentes en El Salvador.
Padre e hijo habían estado solos antes, durante unos meses,
cuando Sarah emigró a Estados Unidos y trabajó hasta
reunir a la familia en Maryland.
"Por eso mis vínculos con mi hijo son fuertísimos,
y por eso no estamos tan golpeados", dice Carlos Cruz.
Junto al amor, el otro pilar de Carlos Cruz es la fe. "Esta
vida material es pasajera, es para forjar un caracter que nos prepara
para la verdadera vida", dice.
La solidaridad llegó desde la primera hora. El hijo estudia
segundo grado y la directora de la escuela visitó a la familia;
luego los visitaron casi la mitad de los maestros. Los compañeros
del niño mandaron tarjetas y dibujos.
El alcalde de Montgomery, Douglas Duncan, fue a la misa para la
difunta, oficiada el pasado lunes, a las 10 de la mañana.
En El Salvador los medios dijeron cosas que no son ciertas, asegura
la familia. "Si no repatriamos los restos de Sarah no fue por
falta de dinero", aseguran, "fue porque, si en vida salimos
de El Salvador, ¿para qué regresarla muerta?",
dice Carlos Cruz, agregando "todos los detalles (del entierro)
estan bajo control". El entierro es hoy jueves 10 de octubre.
"El Salvador es una sociedad en permanente descomposición",
dice él, y agrega, "la violencia (en El Salvador) nos
ha hecho insensibles, la sociedad se ha hecho insensible a la violencia,
y las estructuras políticas le hacen daño a la sociedad".
Y esa es la ironía suprema. Sarah Ramos sobrevivió
a una infancia y juventud en la segunda nación más
violenta del hemisferio. Murió violentamente en una zona
donde sólo ocurren un promedio de dos asesinatos mensuales.
Murió sentada en una banca, esperando a su empleadora, lista
a trabajar sin fatiga por el sueño de los emigrantes. Murió
leyendo un libro.
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