| |
A
un año de tragedia en Maryland
Recuerdan muerte de salvadoreña
El 3 de octubre de 2002, un francatirador asesinó a Sarah
Ramos. Ella fue una de entre más de 10 víctimas mortales.
 |
|
Hace un año atacó
el francotirador. Hace un año, cinco personas fueron
asesinadas en menos de dos horas en una linda madrugada del
otoño boreal. Fue una mañana tan tibia que una
de las víctimas, la salvadoreña Sarah Ramos
había salido a trabajar en ropa de verano. Foto
Archivo
|
Hace un año atacó el francotirador. Hace un año,
cinco personas fueron asesinadas en menos de dos horas en una linda
madrugada del otoño boreal. Fue una mañana tan tibia
que una de las víctimas, la salvadoreña Sarah Ramos
había salido a trabajar en ropa de verano.
El terror comenzó el dos de octubre, a las 6:04 de la tarde,
en Maryland. James D. Martin cayó muerto cruzando el parqueo
de un supermercado, con un único disparo en el pecho.
Pero la mañana de los horrores fue el 3 de octubre. A las
7:41, James Buchanan, de 39 años, hacía su trabajo
de jardinero podando el pasto para un autolote. Había trabajado
allí durante 10 años; al igual que Martin, murió
de un disparo en el pecho.
Premkumar Walekar, conducía su taxi pocos kilómetros
al sur. Había emigrado de India 30 años antes. Ese
día, decidió detenerse a llenar el tanque de su auto.
Murió en la gasolinera.
Veinticinco minutos después fue asesinada la salvadoreña.
La gran Sarah
Sarah Ramos murió a los 34 años. Era el apoyo de su
esposo desempleado, la madre entusiasta de un niño de 7 años
y días antes había participado en un retiro católico.
Siendo niña huyó de Joateca, su pueblo tan golpeado
por la guerra civil. La familia entera escapó a Colomoncagua,
Honduras.
Cuando la guerra terminó, Sarah Ramos fue a estudiar leyes
a San Salvador, la capital. Allí conoció a su esposo,
un profesor universitario de estadísticas, serio y articulado.
Pero El Salvador siguió violento. Cuando ocurrían
siete asesinatos por día la familia se fue a Maryland, donde
el índice es de dos al mes.
Llegaron a una zona de obreros donde las llamadas a la policía
son frecuentes. Sarah vivía de limpiar casas y en los fines
de semana cocinaba platillos salvadoreños para su esposo
e hijo.
Los jueves, y sólo los jueves, ella trabajaba en Silver Spring.
Su empleadora, una mujer anglosajona llegaba en autobus la recogía.
Aquella mañana la empleadora se demoró averiguando
si era cierto que alguien había matado de un tiro a uno de
sus conocidos. Era cierto. Minutos después, también
fue verdad que Sarah murió, mientras esperaba a su patrona.
La salvadoreña esperaba sentada en una banca de un centro
comercial. Leía un libro. A las 8:37 una bala calibre 323
entró por su frente. La herida de entrada fue un agujero
y la de salida fue un cántaro roto. Su cuerpo se inclinó
a su derecha y quedó sobre la banca. La bala rompió
una de las vitrinas del centro comercial.
Alguien le puso una sábana blanca que se saturó de
sangre. El cuerpo de Sarah sería el único que los
periodistas pudieron fotografiar. Esa foto apareció en portadas
de periódicos desde el Washington Post hasta periódicos
de Madrid.
Más muertos
El asesino salió al sur y a las 9:58 a.m. mató a Lori
Lewis Rivera, de 25 años, niñera profesional de Idaho,
casada con un emigrante hondureño, madre de una niña
de 3 años. Estaba en una gasolinera de Kensington limpiando
su minivan con una aspiradora cuando le dispararon por la espalda.
Cuando llegó la noche las autoridades habían montado
el operativo de búsqueda más multitudinario en el
estado de Maryland desde el asesinato del presidente Abraham Lincoln,
en 1865.
En medio de esa cacería hubo otro muerto. Pascal Charlot,
carpintero y emigrante haitiano de 72 años. Le dispararon
en la base del cuello mientras cruzaba una calle del noroeste de
Washington. Charlot vivía cuidando de su esposa inválida.
El 4 de octubre hubo otro ataque. A las 2:30 de la tarde, Caroline
Seawell, de 43 años y madre de dos niños, recibió
un disparo en la espalda cuando cargaba paquetes en su auto en el
condado de Spotsylvania, Virginia, muy al sur de los lugares de
los ataques. La bala sale por su pecho y se incrusta en la parte
trasera de su minivan. Ella sobrevive y queda probado que no hay
lugar seguro.
La gente corre al cruzar las calles. Los padres corren con sus hijos
en brazos. No hay ataques en tres días, hasta el 7 de octubre
a las 8:08 de la mañana, cuando Ira Brown, de 13 años,
recibe un disparo en el abdomen en su escuela media de Bowie, Maryland,
muy al este de los lugares de los ataques. La bala entra, va para
arriba y se detiene antes de tocar el corazón. Ira sobrevive.
Es un estudiante popular y aventajado.
A 50 metros de la escuela los policías encuentran un cartucho
y una carta del tarot, la de la Muerte. En la parte trasera está
escrito: Para usted Mr. Police. Llámeme Dios. No entregue
(esta información) a la prensa.
El 9 de octubre cae muerto Dean Harold Meyers, de 53 años,
a las 8:18 de la noche. Llenaba el tanque de su automóvil
en una gasolinera del condado de Prince William, Virginia cuando
recibió un disparo en la cabeza.
Los testigos hablan de camionetas blancas sospechosas y la polic?a
comienza a perseguir camionetas blancas hasta que se demuestra que
las declaraciones no son confiables. Un emigrante mexicano es detenido
por transportarse en una camioneta blanca. No tiene documentos migratorios
y es deportado.
El 11 de octubre hay otro asesinato en otra gasolinera, en Spotsylvania.
Eran las 9:30 de la mañana cuando Kenneth Bridges, de 53
años y de Filadelfia, cae muerto con un disparo en los hombros
mientras llenaba el tanque de su auto. Tenía seis hijos.
Una agente del FBI cae muerta el 14 de octubre, a las 9:15 de la
noche. Linda Franklin y su esposo cargaban paquetes dentro de su
auto en un centro comercial de Seven Corners, Virginia. Ella había
sobrevivido el cáncer de seno, era madre de dos hijos y esperaba
el nacimiento de su primera nieta. La bala le entró por la
cabeza.
Un testigo dice que vio cuando el asesino bajaba de una camioneta
blanca y apuntaba a Linda Franklin. Las investigaciones indican
que el testigo mintió y es enjuiciado por dar falsa información
a la policía.
El círculo se cierra
Hay informaciones más veraces. Ese día, al otro lado
del país, en Tacoma, estado de Washington, un hombre habla
para notificar el comportamiento sospechoso de un vecino, que pasaba
su tiempo disparando a blancos en el patio trasero.
Dos días después el francotirador habló por
teléfono a la línea abierta por la policía
y clamó responsabilidad por un robo con asesinato en los
estados sureños. El 18 de octubre, el sacerdote católico
William Sullivan, de Ashland, Virginia, recibe una llamada de un
hombre agitado. El hombre menciona un asesinato en Alabama.
El 19 de octubre, Jeffrey Hooper, florideño de 37 años,
escapa de la muerte con su estómago destrozado. A las 7:59
de la noche camina con su esposa luego de cenar en un restaurante
Ponderosa, de Ashland, Virginia, cuando recibe el disparo que se
queda alojado en su torax. La policía descubre una carta
de varias páginas clavada en un árbol en los bosques
cercanos. Su autor acusa a la policía de inepta y pide $10
millones, o habrá más muertos. Sus hijos no
están seguros en ningún lugar ni en ningún
momento, dice.
Algunas escuelas han cubierto sus ventanas con papel. Hay policías
armados en los cruces de escolares. En el cielo vuelan los helicópteros
del FBI. El 21 de octubre, la policía de Alabama encuentra
una huella digital en el escenario de un crimen. La huella digital
tiene nombre y ese nombre los lleva a otro nombre. La policía
tiene a sus sospechosos.
Los asesinos
El 22 de octubre ocurre la última muerte, a las 5:56 de la
madrugada. Conrad Johnson, de 35 años, hijo de emigrantes
jamaiquinos espera en una terminal del servicio público de
buses de Aspen Hill, Virginia. El ha sido conductor de autobuses
durante 10 años y está muy cerca de donde ocurrieron
los primeros cinco asesinatos. Allí recibe el último
disparo de aquellos 21 días de terror. No lejos, la policía
descubre una carta escrita con pulcritud que repite las amenazas
de la primera. Las elecciones estatales no están lejos. El
gobernador de Maryland amenaza con movilizar a la Guardia Nacional.
El final comenzó en la medianoche del 23 de octubre cuando
el jefe de la policía del condado de Montgomery, Charles
Moose, anunció que el buscado era John Allem Muhammad, de
41 años, veterano de las fuerza armada, conocedor de artes
marciales, armado y peligroso, y acompañado de
un menor de edad. Moose describe el tipo de auto en que se conducen.
Una hora después un motorista detenido en Myersville, Maryland,
observa un auto parecido al descrito por Moose y llama a la policía.
A las 3:30 de la madrugada, la policía captura dormidos a
John Allen Muhammad y John Lee Malvo, de 17 años, ciudadano
de Jamaica.
Ellos están ahora en sendos juicios que podrían acarrear
penas de muerte. El jefe Charles Moose, un afroamericano con un
doctorado, casado con una anglosajona, fue celebrado como un héroe.
Se retiró de la policía para escribir sus memorias
de esos 23 días.
|
|