| Redadas
contra la esperanza
Un
salvadoreño es uno de los 120 detenidos en la redada que
las autoridades estadounidenses realizaron en aeropuertos de California.
Ramiro lucha ahora por esclarecer que no es un criminal
Eugenia Aponte
Corresponsal
LOS ÁNGELES.
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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Ana Morales aguarda con esperanza que su
hermano Ramiro salga libre de los cargos que se le imputan tras
la operación TARMAC.
FOTO EDH |
Sobre la mesa de comedor de Ana lo único comestible que
amaneció esta mañana es sal y algunas salsas. Un salero
repleto pero nada que condimentar, y quizás siga así
por un tiempo.
Primero porque la angustia le ha robado el apetito y segundo porque
el último dinero que le quedaba a esta madre soltera salvadoreña
se ha ido a las manos de los abogados que defienden a su hermano.
Ramiro está encarcelado desde el pasado 22 de agosto en
un centro de detención en la ciudad de Santa Ana, California.
Ahí pasan lentos sus días junto a otras 51 personas,
lo que queda de más de 120 detenidos durante lo que se denominó
Operación TARMAC, que no fue sino una enorme redada montada
en conjunto por varios cuerpos del orden entre ellos, agentes del
Servicio de Inmigración y Naturalización (INS).
De acuerdo a estas entidades TARMAC era sólo uno de muchos
operativos a nivel nacional para salvaguardar los aeropuertos, acción,
según ellos más que justificada ante la creciente
preocupación por la llegada de un nuevo 11 de septiembre,
con todo y sus nefastas implicaciones.
Medidas extremas
La medida tiene como antecedente los despidos masivos tras minuciosas
revisiones de antecedentes a que están siendo sometidos todos
los empleados de aeropuerto con acceso a los aviones.
Son agentes federales quienes están a cargo de estos escrutinios.
Ellos se dan cuenta de ciertas irregularidades en los expedientes
de algunos empleados, elaboran un listado con nombres y direcciones
de esas personas y proceden a detenerles como si se tratara de peligrosos
criminales. Sólo que en este caso el crimen es haber sido
alguna vez indocumentado.
Pero algunos ya no lo son. Ramiro, a diferencia de su hermana,
logró arreglar sus papeles y ahora es tan legal como la Constitución,
pero cometió el error de trabajar durante varios años
bajo el nombre y número de seguro social de un pariente y
lo que es peor tuvo la valentía de admitirlo así ante
sus empleadores. Todo con la esperanza de que esos años trabajados
en la clandestinidad pudieran contarle a la hora de jubilarse. Le
pasó lo mismo que al pez que muere por la boca.
Antes del arresto, Ramiro y Ana no estaban precisamente nadando
en la abundancia. Apenas les alcanzaba para rentar junto a dos primos
lo que en el estado de California se conoce como un pequeño
estudio, o sea un cuartito incómodo donde todas las áreas
están compartidas y la privacidad es un lujo inexistente.
El producto de sus labores se iba casi íntegro a El Salvador
para mantener a los hijos que se quedaron atrás, y por tanto
ninguno de los cuatro moradores de la humilde vivienda contaba con
ahorros.
Mañana fatal
Esa mañana de jueves tampoco fue diferente de las anteriores.
Ramiro salió a trabajar entusiasta como siempre, con la mejor
disposición para abastecer los aviones de gaseosas y comida.
Poco sabía él que horas más tarde y sin haber
dado motivo aparente, iba a ir a parar tras las rejas. Y ahí
ha permanecido porque a sus familiares no les alcanza para pagar
la fianza pese a que ésta ha sido reducida a dos mil dólares.
La compañía que lo contrató, a sabiendas de
sus antecedentes, ahora no quiere ni oír su nombre, mientras
las autoridades siguen urgando su pasado en busca de nuevos motivos
para reiterar la peligrosidad de este salvadoreño, que como
tantos otros, no quiso o no pudo mentir a la hora de solicitar la
plaza.
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