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Galardonan a compatriota Médico salvadoreño.

Juan Romagoza, director de la Clínica del Pueblo de Washington, fue elogiado por su trabajo. Hoy, su ejemplar vida se expone en el Smithsonian Institution.

Publicada 26 de febrero 2004, El Diario de Hoy


Francisco Ayala/Washington
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A finales de los 80 Juan Romagoza estaba en su último año de medicina, especializándose en cirugía. La guerra salvadoreña estaba en sus primeros años y alcanzaba niveles inauditos de crueldad.

Batallas y masacres ocurrían diariamente en la campiña salvadoreña. Millares de campesinos abandonaban los ahorros de generaciones para huir a la capital, a refugiarse en iglesias, conventos y seminarios. El arzobispo Arnulfo Romero pidió voluntarios a la escuela de medicina para atender a esa masa aterrorizada. “Había hombres que nunca habían visto un médico”, recuerda Romagoza. 

 

Lo capturaron un domingo de diciembre. “Fuimos a un caserío a una celebración religiosa cuya culminación es una clínica gratuita. Cuando íbamos a comenzar la atención, llegaron camiones de soldados, guardias nacionales y civiles armados que comenzaron a ametrallar a la gente que estaba en el convento y la clínica. Me hirieron en el tobillo derecho y en la cabeza”.
Romagoza recuerda cómo lo trasladaron a la base militar de El Paraíso, donde pasó dos días. Luego lo llevaron al cuartel de la Guardia Nacional en la capital, donde estuvo 22 días más.

“En el cuartel me dieron un disparo en el brazo izquierdo, dijeron que para que no volviera a curar”, señala. También le dieron golpes, quemaduras, choques eléctricos y lo tuvieron colgado del techo con alambre que se encarnó tanto en los dedos que perdió la sensibilidad en sus puntas.

Romagoza sospecha que no lo mataron porque sus torturadores lo confundieron con un comandante guerrillero. “En esos momentos no había cárcel para los presos políticos, todos terminaban muertos”, dice.

Lo salvaron dos tíos coroneles. Uno de ellos consiguió su liberación persuadiendo a su amigo y compadre, el jefe de la Guardia Nacional. La libertad fue difícil: no podía ir a un hospital porque allí sería arrestado, sus amigos médicos temían curarlo, y pronto sus parientes fueron perseguidos. “Tuve que soportar la peor tortura: salir del país”. Entonces ya era 1981.
“Salí escondido en un camión de cebollas, indocumentado, a Guatemala, con miedo de ser asesinado por el ejército guatemalteco o entregado al ejército salvadoreño”, dice. Un mes después se fue a México, donde pudo por fin curarse, “pero mis heridas más profundas eran las emocionales”, indica. Dos años después, sin documentos, cruzaba la frontera con Estados Unidos.

Su obra

Llegó a Los Ángeles y alguien le dijo “vete al parque McArthur; allí está tu pueblo”. El parque estaba poblado de refugiados salvadoreños. Allí comenzó a curar sus heridas emocionales hablando con otras víctimas, “no escondiendo el dolor, sino sacándolo”, dice.

Comenzó a hacer lo mismo en el parque Dolores, de San Francisco, y una iglesia católica le permitió organizar el Centro de Refugiados Centroamericanos (Crece).

Llegó a Washington invitado por la Iglesia a una conferencia y decidió quedarse. Encontró un proyecto llamado Clínica del Pueblo, que tenía tres años y funcionaba seis horas cada martes por la noche.

Romagoza procedió a reclutar más voluntarios y a buscar dinero de fundaciones y gobierno. Actualmente, la clínica tiene un personal de 70 personas trabajando tiempo completo y ofrece atención gratuita a las comunidades pobres de la capital.
En junio del 2002, Juan Romagoza enfrentó a sus torturadores. Los ex coroneles José Eugenio García, ex Ministro de Defensa, y Carlos Eugenio Vides Casanova, ex jefe de la Guardia Nacional, vivían su retiro en la Florida. Romagoza los venció en un juicio por torturas que condenó a ambos a pagar casi $50 millones en daños.

Este año, la historia de Juan Romagoza estará expuesta en la Smithsonian Institution. “Cuando me notificaron recordé a un emigrante indocumentado pasando la frontera, negando su nacionalidad, negando su nombre. Eso era yo”. Historias expuestas en un museo que alberga el patrimonio mundial

- La vida de Romagoza, de 52 años, y las de 23 eminentes hispanos serán expuestas en el Museo Nacional de Historia Americana de la Smithsonian. La exposición se llama Nuestros Caminos/ Nuestras Historias: retratos del logro latino e incluye fotos y biografía de cada hombre y mujer, con sus propias palabras grabadas.

Estas son vidas singulares que desafían cualquier cliché, así que olvídese de las historias de Pepe el mesero y María la mucama. Aquí hablamos de hombres y mujeres que han llegado a donde nadie antes había llegado, algunos hasta las estrellas, y eso no fue exageración. La astronauta Ellen Ochoa está aquí.

Entre las historias tenemos la de Linda Alvarado, quien a los 24 años inició su propia compañía constructora. Era el año 1976 y lo hizo con un préstamo de $2.500 de sus padres. Actualmente Alvarado Construction es una de las principales empresas de su tipo en la construcción de aeropuertos y estadios.

En 1991 Alvarado fue la primera hispana (hombre o mujer) en ser propietario de un equipo de las grandes ligas, los Colorado Rockies. Ella dice que la guió un pensamiento de su madre: “comienza pequeña, pero piensa muy grande”.
- Luis Valdez era uno de los 10 hijos de unos campesinos mexicanos en California que se enamoró del teatro a los 6 años de edad. Creció para ser uno de los principales dramaturgos de Estados Unidos que refleja la vida chicana en el Teatro Campesino, que él ayudó a fundar para llevar mensaje y apoyo a los campesinos emigrantes que en los años sesenta hacían huelga para exigir condiciones humanas.

Como director de cine, Valdez dirigió La Bamba y Zoot Zuit, la primera un éxito de taquilla y la segunda un éxito crítico. Valdez dice que su modelo fue César Chávez, líder de aquellos campesinos huelguistas.
- Lo sorprendente está aquí. La astronauta Ellen Ochoa es flautista clásica y tiene un doctorado en ingeniería eléctrica. La basquetbolista Rebecca Lobo tiene 1,93 m. de estatura.

Dolores Huerta, la infatigable líder sindical, es madre de 11 hijos. Mario Molina cuenta cómo la química lo fascinó desde su infancia en una familia acomodada de la ciudad de México y eso lo llevó a sacar un doctorado en California, a descubrir la destrucción de la capa de ozono y  ganar el Premio Nobel. El gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, narra el momento en que decidió dedicarse al servicio público.

- Los hombres y mujeres presentados fueron seleccionados por un un grupo de siete personas. Las fotografías, tomadas en el hábitat de cada individuo, son de Celia Álvarez Muñoz, Héctor Méndez-Caratini y Luis Mallo.
La exposición se inauguró el miércoles 18 de febrero y continuará hasta el 25 de abril del 2004; entonces la exposición viajará por Estados Unidos. 

 

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