Primera Parte
Francisco Ayala Silva
Tiempos del Mundo
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La pupusa es la adicción de los salvadoreños. Es una tortilla
rellena de queso o chicharrón, frijoles o todo combinado, o con
mariscos o vegetales. Los salvadoreños la devoran como maná
y la veneran como ostia.
Cada mes exportan 300 mil pupusas congeladas a Estados Unidos que competirán
con las millones de pupusas que se preparan y comen en cada gran ciudad
de Norteamérica.
Hace 25 años, la pupusa era desconocida fuera de Centroamérica.
Hace 25 años, no había dos millones y medio de salvadoreños
fuera de su patria.
La mayoría vive y trabaja en Estados Unidos. Es la más radical
migración latinoamericana del siglo XX.
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| Mutilaciones y muertes. El sueño americano
tiene costos. Foto EDH/Archivo |
Migraciones al norte las hay desde el siglo XIX, para buscar oro o escapar
de guerras. La fiebre de oro de California trajo a miles de buscadores.
Las revoluciones de México y Centroamérica desarraigaron
a millones de hombres y mujeres. Aldeas enteras de obreros y campesinos
han emigrado al hemisferio norte. Profesionales desempleados o malempleados
amanecen, y anochecen, lavando platos en Estados Unidos.
Pero la migración salvadoreña no tiene paralelo. Está
formada por oleadas cada vez más grandes, y la última, iniciada
con la guerra civil de 1979, envió al exilio a la cuarta parte
de la población de la nación más densamente poblada
del hemisferio.
Primeras olas
El domingo 7 de diciembre de 1941, Japón lanzó la primera
ola. Dos oleadas de aviones japoneses destruyeron la base naval de Pearl
Harbor, en el archipiélago de Hawai. Estados Unidos entró
en la carnicería de la Segunda Guerra Mundial y millones de norteamericanos
salieron a combatir.
Astilleros y fábricas se quedaron sin hombres. Millones de mujeres
obtuvieron empleos que nunca antes habían poseído. De México,
Centroamérica y el Caribe llegaron obreros atraídos por
empleo pagado, seguro y duro.
Los salvadoreños estaban listos. Hay desarraigo en El Salvador
desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando se disolvieron las tierras
comunales y crecieron las haciendas. Así surgió el campesino
migratorio que recorría el país siguiendo las cosechas de
café y algodón.
Para 1941, algunos eran obreros del Puerto de Acajutla, en Sonsonate.
De allí salieron a la Bahía de San Francisco, miles fueron
al Canal de Panamá. Pronto tenían con ellos a sus esposas
e hijos. Son las familias más establecidas, dice el
embajador salvadoreño René León.
Ellos vieron el fin de la Segunda Guerra Mundial, algunos la combatieron,
y vieron la de Corea, algunos la pelearon. Vieron el surgimiento del rock
y se contagiaron de Elvis.
Mientras tanto, entre 1945 y 1969, 300 mil salvadoreños, obreros
desempleados y campesinos, emigraron a la vecina Honduras. A finales de
los 60 eran el 12 por ciento de la población hondureña.
Cuando el Gobierno decidió redistribuir la tierra, se decretó
que sería sólo para hondureños. Las radios y periódicos
pedían la expulsión de los salvadoreños. Así
comenzó el último gran éxodo latinoamericano: 130
mil salvadoreños tuvieron que renunciar a sus propiedades y empleos
para regresar a su nación.
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| Ilustración EDH |
El retorno empeoró los problemas económicos y sociales
de El Salvador y desencadenó la llamada Guerra del Fútbol
de 1969, un conflicto con nombre de farsa y final de tragedia. Pasaron
casi dos décadas para que ambos países volvieran a hermanarse.
En los años 60 y principios de los 70, Estados Unidos tenía
leyes migratorias tan relajadas que era posible pedir visa con residencia.
El Gobierno de Estados Unidos atraía obreros calificados
mediante anuncios en los periódicos, recuerda Aquiles Magaña,
emigrante salvadoreño y estudiante de Doctorado en Planificación
Urbana en la Universidad de California, en Los Ángeles.
Los obreros llegaban sin hablar inglés, pero regresaban a
El Salvador con historias de prosperidad, dijo.
Entonces comenzó la gran oleada, con la guerra. A finales de los
años 70, Centroamérica entera ardió en el ajedrez
de la Guerra Fría.
Para Magaña, la población salvadoreña había
sido excluida de participar en las decisiones políticas por los
sucesivos gobiernos.
En los 70 llegó una crisis económica producida por el intento
de transformar a una sociedad agraria en industrial. Esto se combinó
con la carencia de servicios gratuitos para la población y con
la represión abierta e indiscriminada, agrega.
Grupos de obreros y estudiantes hacían manifestaciones. En las
madrugadas amanecían decenas de muertos en calles y basureros,
sindicalistas y estudiantes, muchos de ellos mutilados. En 1979, el malestar
se convirtió en guerra.
Los salvadoreños huyeron de su patria. En 1982, las Naciones Unidas
estimaron que el país había perdido la tercera parte de
su mano de obra. Asimismo, hubo no menos de 250 mil desplazados internos
que ensancharon los cinturones de pobreza.
A mediados de los 80, la guerra se concentró en las zonas rurales,
especialmente en el oriente y el norte. Eso explica la cantidad abrumadora
de migueleños, usulutecos, unionenses y chalatecos que viven en
la zona metropolitana de Washington y Houston.
En una década, Los Ángeles se convirtió en la segunda
ciudad con más salvadoreños después de San Salvador.
Llegaban por centenares al barrio pobre de Pico Union. Muchos dormían
en el Parque McArthur, mojón en la historia de la migración
del país.
Había peligros, como las redadas del Departamento de Migración.
Muchos deportados terminaron asesinados en El Salvador, coinciden
Magaña, en Los Ángeles, y José Ramos, activista comunitario
de la zona metropolitana de Washington.
Salvadoreños y salvadoreñas vivían por docenas en
el mismo apartamento, con pocas pertenencias. Aprendían inglés
en la calle, generando una tradición de spanglish, explica
Magaña. Enfrentaban la discriminación y no sólo de
los blancos, sino de los hispanos más establecidos.
Con frecuencia, Pico Union era plataforma de despegue y dispersión.
Los recién llegados se iban al resto de Estados Unidos, menos pobres
e ignorantes.
Washington: La nueva meca
- Los primeros salvadoreños llegaron antes de la guerra.
- La comunidad de compatriotas y latina carecía de numerosos servicios
públicos.
- Pocos funcionarios hablaban español y había incomprensión
de la policía.
- La tensión explotó el domingo 1 de mayo de 1991, cuando
una policía afroamericana baleó a un salvadoreño ebrio.
Pronto había connacionales destruyendo vitrinas, quemando autobuses
y patrullas.
- Los motines duraron varios días y fueron los últimos de
la historia de la capital estadounidense.
- También hubo problemas con otras comunidades de extranjeros, latinos
o no. Los salvadoreños hirieron a machetazos a negros y otros miembros
de grupos migrantes.
- Por ahora, las cosas han cambiado, aunque siempre hay algunas dificultades.
