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Migración cumple 25 años

La guerra civil envió al exilio a uno de cada cuatro salvadoreños. Esa migración cambió para siempre al país y modificó el rostro hispano de Estados Unidos

Publicada 5 de febrero 2004, El Diario de Hoy


Primera Parte
Francisco Ayala Silva
Tiempos del Mundo
equipoweb@elsalvador.com

La pupusa es la adicción de los salvadoreños. Es una tortilla rellena de queso o chicharrón, frijoles o todo combinado, o con mariscos o vegetales. Los salvadoreños la devoran como maná y la veneran como ostia.

Cada mes exportan 300 mil pupusas congeladas a Estados Unidos que competirán con las millones de pupusas que se preparan y comen en cada gran ciudad de Norteamérica.

Hace 25 años, la pupusa era desconocida fuera de Centroamérica. Hace 25 años, no había dos millones y medio de salvadoreños fuera de su patria.

La mayoría vive y trabaja en Estados Unidos. Es la más radical migración latinoamericana del siglo XX.

Mutilaciones y muertes. El sueño americano tiene costos. Foto EDH/Archivo

Migraciones al norte las hay desde el siglo XIX, para buscar oro o escapar de guerras. La fiebre de oro de California trajo a miles de buscadores. Las revoluciones de México y Centroamérica desarraigaron a millones de hombres y mujeres. Aldeas enteras de obreros y campesinos han emigrado al hemisferio norte. Profesionales desempleados o malempleados amanecen, y anochecen, lavando platos en Estados Unidos.

Pero la migración salvadoreña no tiene paralelo. Está formada por oleadas cada vez más grandes, y la última, iniciada con la guerra civil de 1979, envió al exilio a la cuarta parte de la población de la nación más densamente poblada del hemisferio.

Primeras olas

El domingo 7 de diciembre de 1941, Japón lanzó la primera ola. Dos oleadas de aviones japoneses destruyeron la base naval de Pearl Harbor, en el archipiélago de Hawai. Estados Unidos entró en la carnicería de la Segunda Guerra Mundial y millones de norteamericanos salieron a combatir.

Astilleros y fábricas se quedaron sin hombres. Millones de mujeres obtuvieron empleos que nunca antes habían poseído. De México, Centroamérica y el Caribe llegaron obreros atraídos por empleo pagado, seguro y duro.
Los salvadoreños estaban listos. Hay desarraigo en El Salvador desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando se disolvieron las tierras comunales y crecieron las haciendas. Así surgió el campesino migratorio que recorría el país siguiendo las cosechas de café y algodón.

Para 1941, algunos eran obreros del Puerto de Acajutla, en Sonsonate. De allí salieron a la Bahía de San Francisco, miles fueron al Canal de Panamá. Pronto tenían con ellos a sus esposas e hijos. “Son las familias más establecidas”, dice el embajador salvadoreño René León.

Ellos vieron el fin de la Segunda Guerra Mundial, algunos la combatieron, y vieron la de Corea, algunos la pelearon. Vieron el surgimiento del rock y se contagiaron de Elvis.

Mientras tanto, entre 1945 y 1969, 300 mil salvadoreños, obreros desempleados y campesinos, emigraron a la vecina Honduras. A finales de los 60 eran el 12 por ciento de la población hondureña. Cuando el Gobierno decidió redistribuir la tierra, se decretó que sería sólo para hondureños. Las radios y periódicos pedían la expulsión de los salvadoreños. Así comenzó el último gran éxodo latinoamericano: 130 mil salvadoreños tuvieron que renunciar a sus propiedades y empleos para regresar a su nación.

Ilustración EDH

El retorno empeoró los problemas económicos y sociales de El Salvador y desencadenó la llamada “Guerra del Fútbol” de 1969, un conflicto con nombre de farsa y final de tragedia. Pasaron casi dos décadas para que ambos países volvieran a hermanarse.

En los años 60 y principios de los 70, Estados Unidos tenía leyes migratorias tan relajadas que era posible pedir visa con residencia.

“El Gobierno de Estados Unidos atraía obreros calificados mediante anuncios en los periódicos”, recuerda Aquiles Magaña, emigrante salvadoreño y estudiante de Doctorado en Planificación Urbana en la Universidad de California, en Los Ángeles.
“Los obreros llegaban sin hablar inglés, pero regresaban a El Salvador con historias de prosperidad”, dijo.

Entonces comenzó la gran oleada, con la guerra. A finales de los años 70, Centroamérica entera ardió en el ajedrez de la Guerra Fría.

Para Magaña, la población salvadoreña había sido excluida de participar en las decisiones políticas por los sucesivos gobiernos.

En los 70 llegó una crisis económica producida por el intento de transformar a una sociedad agraria en industrial. Esto se combinó con la carencia de servicios gratuitos para la población y con “la represión abierta e indiscriminada”, agrega.

Grupos de obreros y estudiantes hacían manifestaciones. En las madrugadas amanecían decenas de muertos en calles y basureros, sindicalistas y estudiantes, muchos de ellos mutilados. En 1979, el malestar se convirtió en guerra.

Los salvadoreños huyeron de su patria. En 1982, las Naciones Unidas estimaron que el país había perdido la tercera parte de su mano de obra. Asimismo, hubo no menos de 250 mil desplazados internos que ensancharon los cinturones de pobreza.
A mediados de los 80, la guerra se concentró en las zonas rurales, especialmente en el oriente y el norte. Eso explica la cantidad abrumadora de migueleños, usulutecos, unionenses y chalatecos que viven en la zona metropolitana de Washington y Houston.

En una década, Los Ángeles se convirtió en la segunda ciudad con más salvadoreños después de San Salvador. Llegaban por centenares al barrio pobre de Pico Union. Muchos dormían en el Parque McArthur, mojón en la historia de la migración del país.
Había peligros, como las redadas del Departamento de Migración. “Muchos deportados terminaron asesinados en El Salvador”, coinciden Magaña, en Los Ángeles, y José Ramos, activista comunitario de la zona metropolitana de Washington.
Salvadoreños y salvadoreñas vivían por docenas en el mismo apartamento, con pocas pertenencias. “Aprendían inglés en la calle, generando una tradición de spanglish”, explica Magaña. Enfrentaban la discriminación y no sólo de los blancos, sino de los hispanos más establecidos.

Con frecuencia, Pico Union era plataforma de despegue y dispersión. Los recién llegados se iban al resto de Estados Unidos, menos pobres e ignorantes.


Washington: “La nueva meca”
- Los primeros salvadoreños llegaron antes de la guerra.
- La comunidad de compatriotas y latina carecía de numerosos servicios públicos.
- Pocos funcionarios hablaban español y había incomprensión de la policía.
- La tensión explotó el domingo 1 de mayo de 1991, cuando una policía afroamericana baleó a un salvadoreño ebrio. Pronto había connacionales destruyendo vitrinas, quemando autobuses y patrullas.
- Los motines duraron varios días y fueron los últimos de la historia de la capital estadounidense.
- También hubo problemas con otras comunidades de extranjeros, latinos o no. Los salvadoreños hirieron a machetazos a negros y otros miembros de grupos migrantes.
- Por ahora, las cosas han cambiado, aunque siempre hay algunas dificultades.

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