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| Miedo. Además de la actuación de
los pandilleros, los indocumentados sufren la de los narcotraficantes.
Fotos EDH |
Periódico Jornada/México
elsalvador.com
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En Chiapas, la región fronteriza
de México con Guatemala, la vida de los indocumentados depende
del territorio que pisen.
Los pandilleros de la Mara Salvatrucha, de origen salvadoreño y
conocida como la MS-13, han impuesto su dominio en todo el recorrido del
ferrocarril: desde la frontera de Chiapas con Guatemala hasta el estado
de Veracruz.
Han establecido, por lo menos, 50 clicas (células), las cuales
controlan el paso de unos 400 ilegales cada día, una parte del
comercio por el río Suchiate y ocho colonias populares de las fronterizas
Ciudad Hidalgo y Tapachula, esta última considerada el segundo
centro urbano en importancia de Chiapas.
La frontera entre Centroamérica y México es un territorio
donde se han desarrollado los cárteles de la droga mexicanos y
guatemaltecos. Dominan las principales ciudades; regulan el paso de estupefacientes
por menudeo y de grandes cantidades hasta de 2 toneladas de cocaína
por envío, también el tráfico humano, y tienen un
control de la prostitución, incluida la infantil, del Soconusco
chiapaneco y de Guatemala.
Delincuencia
En esta zona de ilegalidad y violencia en la frontera sur, la Policía
Municipal, los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM)
y elementos del ejército y la armada son figuras principales en
la cadena de impunidad.
Estos grupos tienen por regla el asalto, el robo y la violación
de los derechos de los indocumentados, en su mayoría centroamericanos,
que intentan tomar cada día el ferrocarril en su camino hacia Estados
Unidos.
La región fronteriza es un territorio dividido entre las pandillas
Mara Salvatrucha, Barrio 13 y Barrio 18, vinculadas con los asaltos a
indocumentados, robos, asesinatos, distribución de drogas y ritos
satánicos.
Los cárteles del Golfo, Juárez y el guatemalteco de San
Marcos, que se han asentado en la zona para establecer cuatro narcorrutas
hacia el norte del país, y algunos elementos municipales, de Migración,
del ejército y de la armada que asaltan en descampado a centroamericanos
y mexicanos.
La frontera sur es una permanente zona violenta. Atravesar Chiapas se
ha convertido en un infierno para miles de centroamericanos que la cruzan
cada año.
Las historias de víctimas de maras se registran a diario (ver recuadro).
Migrantes, a merced de las maras
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| Víctima. Un salvadoreño es atendido
después de un asalto. Fotos EDH |
A Carlos Cortés le falta el ojo izquierdo, tiene
la nariz desviada, el pómulo derecho hundido y no tiene control
de su quijada, la que se mueve como si fuera el péndulo de un reloj.
Nacido en Esquipulas, Honduras, hace 28 años, Carlos quedó
moribundo después de que una clica de la MS-13 le dio una tunda
y le deformó a pedradas la cara.
El salvadoreño Esteban Hernández Pineda mide actualmente
un metro con 10 centímetros; hace apenas tres meses su estatura
rebasaba el metro 50 centímetros. Mareros del Barrio 18 le asaltaron:
le empujaron debajo de los furgones del ferrocarril y las ruedas de acero
del convoy le cortaron las dos piernas. Es una día que no quiere
recordar:
Eran como 20 mareros. Me golpearon arriba del tren hasta que se
cansaron. Con palos me rompieron una pierna y una costilla. Me empujaron
hacia las ruedas del furgón, caí y las ruedas me cortaron
las dos piernas; por el impacto quedé abajo del ferrocarril, justo
entre las dos vías del tren.
Viven una pesadilla en el ferrocarril
En los furgones del tren las maras centroamericanas aterrorizan a los
indocumentados.
El tramo de la ciudad de Tapachula a Tonalá es considerado ruta
caliente. Omar Funes Navas no lo sabía. En el municipio de
Huehuetán, apenas a 15 kilómetros de Tapachula, le asaltaron
seis mareros mexicanos con machetes y pistolas. Al salvadoreño
Abel López le cortó los dedos otro grupo de pandilleros.
De aquí (la frontera sur) hasta la ciudad de México
se necesitan huevos; del Distrito Federal a Tijuana se necesita mucho
dinero, loco, dice Ernesto, un ex marero salvadoreño que
se dedica a pasar raza por el río Suchiate.
Uno de sus compatriotas, Salvador Rodríguez Gutiérrez, fue
asesinado a puñaladas por miembros de Barrio 18. Dos hondureños
más fueron matados con rifles artesanales o chimbas
que están compuestos por tubos del sistema de agua que consiguen
en los tiraderos.

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