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Inmigrantes sin retorno

Ausencias amargas. Salieron hacia EE.UU. guiados por un coyote al que pagaron fuertes sumas. Desde hace años, los parientes que quedaron en casa jamás han sabido de ellos. Los traficantes, a pesar del vínculo de amistad que tenían con los desaparecidos y sus familias, nunca dijeron cuál fue su destino. No se sabe si están vivos o muertos

Publicada 6
de diciembre 2004, El Diario de Hoy

Sufrimiento. Los padres y el hijo de Mario Santos se preparan para pasar la séptima Navidad sin saber de él. Fotos EDH/ Walter Santos
Jorge Beltrán
elsalvador.com
ayuda@elsalvador.com

Muy próximas están las fiestas de fin de año y los hijos que tiene padres en Estados Unidos, o los padres cuyos hijos viven allá, esperan regalos y dinero extra con el cual alegrarse un poco para mitigar la lejanía, y en Nochebuena o a la medianoche del 31 de diciembre, una llamada del ausente.

Pero hay padres e hijos para quienes esas fiestas son amargas, porque nunca más supieron de los suyos, que se fueron con la promesa de ir a trabajar para hacer más liviana la vida.

La angustia de no saber si viven o mueren es más mordaz que saberlos sepultados. Y como sal en una herida, los coyotes a quienes se los confiaron jamás les dicen cuál fue su destino y ni siquiera les han devuelto el dinero de adelanto.

Esa angustia la viven dos familias, una de Jiquilisco, en Usulután, y otra de San Pedro Perulapán, Cuscatlán.

Quizá sean sólo dos de decenas, pues, aunque se procuró, no se logró obtener las cifras oficiales de cuántas familias salvadoreñas cargan ese sufrimiento.

Walter, ahora de diez años, quedó de cuatro cuando su padre Mario Alfredo Santos se fue, dejándole al cuidado de Marvin del Carmen López (abuela) y Daniel Santos (abuelo).

Secuelas

A su escasa edad, el trauma de saber perdido a su progenitor le causó, hace aproximadamente un año, un derrame facial, según diagnóstico clínico. Ahora, un tanto recuperado, el deseo vehemente del pequeño, y también de sus abuelos y tíos, es que su padre vuelva a casa, si es que está vivo, y le trajera un Playstation 2 con el casete de la FIFA.

Pero luego de seis años de no saber nada de él, a Walter sólo le queda dibujar sus ilusiones en el aire. “Sueño que platico mucho con él. Yo rezo por que aparezca. Le pido a Dios que le toque el corazón a la Lucía, para que me devuelva a mi papá”, dice el niño, quien el próximo año estudiará quinto grado de primaria.

Lucía del Rosario Romero Panameño es la presunta coyota en quien doña Marvin y don Daniel, su esposo, confiaron a su hijo para que le llevara a los Estados Unidos. Les ofreció llevarle por 40 mil colones. Aquí le entregaron un adelanto de diez mil. Allá le darían el resto.

Los padres de Lucía eran vecinos y amigos íntimos de los Santos López.

Marvin tiene muy claro aquel 15 de noviembre de 1998, cuando le fueron a despedir a la Terminal de Occidente. Cuando abordaba el bus le hicieron el último ruego: que no se fuera.

“Este día es tétrico para mí (hacía dos años que habían matado al tío que le estaba tramitando la residencia). Pero bien, en dos días voy a cumplir años (31) en el camino, pero ya me decidí. Me voy, aquí no se consigue trabajo”, fue la respuesta a los ruegos.

Malas noticias

Se fueron en un autobús de la empresa Cóndor hacia Guatemala. A los Santos López sólo les quedaba esperar noticias de Mario a través de la mamá de Lucía, la presunta traficante.
El 20 de noviembre las hubo, pero malas. La mujer dijo que Mario se le había perdido, que se había salido del hotel y que no le habían encontrado.

La mamá de Lucía le pidió que explicara eso a Marvin, la madre de Mario. Le dijo lo mismo y agregó que le habían visto bailando en Villa La Rosa, Oxaca.
“Por favor, búsquemelo. No me lo vaya a dejar, mejor póngamelo en migración”, le suplicó Marvin.

“De ninguna manera haría eso”, le replicó Lucía, agregando que le mandaría junto a otro salvadoreño que se iba a regresar.

El 23 de noviembre, Mario se comunicó a El Salvador. “Papá, venga a traerme porque la coyota me ha dejado golpeado, sin dinero, descalzo, sólo con el short que ando puesto”. Le explicó que los matones que Lucía andaba le habían golpeado sobremanera.

Mario les explicó que Lucía, al llegar a la frontera, cambiaba de carácter totalmente, y que la golpiza se la dieron porque él, por el vínculo de amistad, le había sugerido que no se emborrachara. Los matones tomaron eso como un reclamo y le apalearon como solían hacer con todos los “pollos” que protestaban.

Agregó que había llegado adonde un señor que le había facilitado hablar por teléfono, con quien el padre de Mario logró hablar brevemente. Éste le recalcó lo que había dicho el hijo, que estaba en Tuxtla, Gutiérrez. Cuando don Daniel le pidió que ayudara a su hijo en cualquier cosa, la comunicación se perdió.

Versiones

A primeros de diciembre, Lucía cambió la versión. Les contó que Mario había enfermado y que estaba en un hospital de Villa La Rosa. Para entonces, los padres de la presunta traficante ya habían cambiado bastante de actitud. “Yo no sé nada de mi hija”, eran las respuestas habituales de los Romero Panameño.

Días después, los padres de Mario visitaron a Toño N., junto a quien Marvin regresaría a El Salvador.

Éste les contó que una noche, cerca de la frontera de México con Estados Unidos, Lucía se puso borracha y Mario le dijo que no se portara así, porque él quería llegar a Estados Unidos.

Ahí fue cuando por primera vez los matones comenzaron a golpearle, pues pensaron que le estaba exigiendo algo o le estaba ofendiendo.

Pero Mario se defendió esa vez y se quedó siempre en el grupo de ilegales. Como a las 9:00 p.m. de ese mismo día, Lucía le pidió a Mario que hablaran por teléfono con la madre de él. Esa noche la mujer ya no regresó con Mario.

¿Y Mario?, preguntó al día siguiente Toño a Lucía. “Ah, se puso enfermo y lo hospitalicé”, respondió. Al segundo día, Toño volvió a preguntarle. “Ya está en El Salvador, con sus papás”, le contestó Lucía.

Luego, Toño se negó a seguir hablando. Su padre sostuvo que la coyota le había amenazado. Entonces la madre de Mario pidió hablar con Lucía, para preguntarle dónde le habían enterrado.

Lograron conseguir el teléfono de la mujer. Lorena, quien vive en Estados Unidos y es hermana gemela de Mario, le pidió explicaciones. “Mario está vivo, quedó hospitalizado. Él no se pierde, él es inteligente y yo no quiero problemas”, fue la excusa.

Después de esto, le perdieron el rastro a la mujer.

Los Santos López le denunciaron, en 1999, en la División de Fronteras de la Policía Nacional Civil, donde les aseguraron que no era el primer proceso que le iniciaban. Recientemente han sabido que vive en una de las urbanizaciones Popotlán, en Apopa, pero nadie da cuenta de ella.

“Yo, como mujer de fe, digo que mi hijo está vivo y que dios me
lo va a regresar en su tiempo”

“Le pido a dios que le toque el corazón a Lucía para que me
de vuelva a mi papa”


“Son quince años sin saber de Armando”

Esperanzas. Doña Odilia no pierde las esperanzas de volver a ver vivo a su hijo. Al fondo, el padre de Armando Javier. Fotos EDH

José Armando Javier Díaz se fue el 14 de septiembre de 1989 hacia Estados Unidos. En un cantón de San Pedro Perulapán, dejaba a sus padres, a su joven esposa y a su pequeña Liliana, de tan sólo 19 días.

Obligado por la escasez de empleo y con la responsabilidad de procurarle a su hija lo necesario, logró conseguir prestados varios miles de colones para que Rafael (la familia no recuerda el apellido), un reconocido coyote, le llevara.

Pero corrió la misma suerte que Mario Santos. Rafael le abandonó a la orilla del Río Bravo, a pesar del vínculo de amistad que les unía, pues ambos habían jugado fútbol en el equipo del cantón.

Según cuentan Macedonio Javier y Odilia Díaz, con su hijo también viajaba Elsy, una sobrina. Fue ella quien les narró los últimos minutos que tuvo a la vista a Armando.

Según la joven, estaban por cruzar la frontera, en el punto en que Rafael, el coyote salvadoreño, entregaba los indocumentados a otro coyote que se encargaba de introducirles a territorio estadounidense.

Cuando todos los inmigrantes habían subido a un camión, el desconocido le reclamó al salvadoreño por llevarle mucha gente y poco dinero.

Entonces, el fulano le ordenó a Armando que se bajara. Él no le hizo caso. Entonces el coyote le reiteró la orden cargada de palabras ofensivas.

Armando acató el mandato con evidente desgano y desconsuelo. “Adiós, Elsy, si acaso nos veremos allá”, fueron las últimas palabras que le dijo a su sobrina.

Desaparecido
José Armando Javier
. Partió a Estados Unidos el 14 de septiembre de 1989. Días después, el coyote le abandonó en las proximidades del Río Bravo. Su familia aún le espera.
Fotos EDH/ Walter Santos

En una carta que Elsy envió a sus parientes, decía que Armando se quedó sentado al lado de una pared, cerca del Río Bravo.

Después de esa carta no supieron más. Rafael, el coyote, se obstinó en decirles que le había pasado a Estados Unidos.

Navidades tristes

Fueron tres veces a la casa de él. El fulano fingía querer comunicarse con Armando, pero les decía que no le contestaba.

Luego Rafael se fue huyendo de las presiones que le hacían para que explicara qué había pasado con Armando.

Después vino el peregrinaje para tratar de encontrarle. En el Ministerio de Relaciones Exteriores les indicaron, de tanto insistir, que no habían encontrado nada, que no sabían nada sobre él.

La angustia les hizo visitar a personas que dicen trabajar con adivinaciones, lo que al final les resultó en gastos infructíferos.

Ahora a doña Odilia sólo le queda la fe. “No pierdo la fe en Dios de que mi hijo está vivo”, asegura la mujer, a pesar de los 15 años que tiene de estar desaparecido. “Ya te hubiera venido carta”, le responde don Macedonio, de 81 años, quien desde una hamaca relata las adversidades que su familia ha vivido desde que tuvo que abandonar sus tierras, desplazada por la guerra.

En agosto pasado, Liliana, la hija de Armando, cumplió 15 años. La esposa ha formado otro hogar.

Los padres de Armando quieren a ambas. “Ella (la esposa) es una buena muchacha, pero tuvo mala suerte y tenía que rehacer su vida”, dicen.

“Pasamos navidades tristes... El cambio de año. Es duro perder a un hijo. Pobrecito mi hijo”, afirma doña Odilia, con marcadas lágrimas.


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