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Hay que comenzar por admitir que Costa Rica no hizo su mejor partido. Que antes de que llegara el gol de Ronald Gómez, producto del entrevero que provocó Paulo Wanchope rebotando la pelota ante los zagueros chinos, el equipo centroamericano había hecho muy poco para ganar el encuentro. Que durante 60 minutos de tedio, apenas había sido la disposición por hacer fútbol de ataque, objetivo que no prosperaba por una alarmante falta de ideas para fabricar claros.
Es más, en intenciones por salir jugando agrupados y con sentido de bloque, parecía que el equipo chino tenía mejores opciones, porque en la zona por donde se juntaban Haidong Hao, Jihai Sun y Li tie el conjunto asiático alcanzaba dimensiones de solvencia y pasaba a ser más claro que Costa Rica. Al menos no tiraba la pelota a cualquier parte, sino que trataba siempre de sacarla jugando con criterio asociado. Costa Rica, en cambio, era más choque, más dicicultad para resolver en espacios reducidos y con la marca encima. En ese lapso largo que no aclaraba nada, toda la inoperancia mostrada no apuntaba a otra cosa que al eempate a cero. Hasta que apareció el gol de Ronald Gómez que le cambió la cara a Costa Rica y al partido. ¿Por qué? Porque a partir de la ventaja y, posiblemente, la tranquilidad que ésta brindaba, el equipo de Guimaraes comenzó a ser más positivo con la posesión de pelota, a soltarse más en función de ataque y a plasmar un funcionamiento más claro y convincente del que había venido desarrollando. Entonces llegó el otro gol, el del cabezazo de Mauricio Wright que puso el 2-0 para asumir otra postura de tranquilidad y de confianza para manejar los minutos restantes del partido con mayor aplomo. Al final no fue una victoria aplastante, pero que sirve para agrandar
el espíiritu y comenzar a soñar. |
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