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Discurso del Dr. David Escobar Galindo en homenaje a Doña Mercedes Madriz de Altamirano

" ....la representación orgánica más alta de la cultura cívica nacional le rinde tributopúblico, en pleitesía de admiración y en homenaje de gratitud."

Esta mañana, a la luz de una efeméride que debería ser la fecha de recordación más entrañable para los salvadoreños, nos hemos reunido en convivio de fraternidad patriótica para entregarle el Premio Nacional al Mérito Cívico 2001 a una personalidad cuya trayectoria y cuyo aporte son en verdad rutilantes.

El civismo no es una mera síntesis de devociones referidas al culto de la Patria. El civismo es la suma de las virtudes ciudadanas fundamentales, tal como surgen del crisol de la experiencia histórica, y que se van depurando y puliendo en el tiempo, en un ejercicio de introyección nacional inagotable. En esa suma cabe todo lo que constituye esencia de la nacionalidad, vibración del alma colectiva, aroma del destino compartido. Y esa suma es también la flor de la memoria comunitaria y el compendio de los valores que están llamados a regir el proceso de la sociedad en su trajinar hacia el horizonte que siempre está ahí, adelante, a unos pasos, como si alcanzarlo fuera una imagen que se reproduce sin fin.

La sustancia propia del civismo es de naturaleza profundamente humana. Quizás no sea extraviado afirmar que el civismo es la forma más cotidiana del humanismo. Las estructuras cívicas tienen bases humanistas inconfundibles. El civismo es la persona en acción, con todos sus poderes volitivos, todas sus energías espirituales, todas sus contingencias existenciales. Cada uno de los seres humanos, como personas que son, constituyen sujetos activos y pasivos de civismo. Activos, en cuanto tienen la responsabilidad de pensar y actuar conforme a las virtudes cívicas primordiales. Pasivos, en cuanto tienen el derecho originario a ser tratados socialmente según ese mismo catálogo de virtudes.

No puede haber una sociedad en verdadero dinamismo de civilización sin que las virtudes cívicas rijan su modelo de vida. Y tales virtudes se cifran en unas pocas palabras de extensa irradiación: conciencia de pertenencia a una colectividad y a una época; compromiso de respeto y autorrespeto, en el marco de unos principios morales que han ido siendo perfilados por la evolución del pensamiento; apropiación anímica de los valoresvitales para la convivencia pacífica, que son la libertad, la justicia, la solidaridad, la seguridad y el orden; y aceptación de los límites razonables que impone la vida en sociedad. En nuestro espacio cultural occidental, todos esos desarrollos arrancan del Decálogo bíblico, y han ido vitalizándose en el tiempo con los sanos aprendizajes complementarios de la Historia.

Estamos hablando de virtudes, término y especie moral que parecen haber ido cayendo en progresivo desuso, por obra de la rampante depredación materialista que asaltó los espacios intelectuales e ideológicos desde mediados del Siglo XIX hasta las postrimerías del Siglo XX. Los tiempos más próximos, y sobre todo los meses y semanas más recientes, han puesto al mundo en la necesidad imperiosa de replantearse el desafío moral. En Estados Unidos, donde una ola de pragmatismo seductor había venido haciendo estragos en las nítidas estructuras originales de la gran nación de Jefferson, Franklin y Lincoln, revive de súbito como un imperativo de supervivencia del alma nacional. El civismo, en su dimensión defensiva, está de nuevo en primera línea. Las virtudes cívicas vuelven a respirar mientras la atmósfera se infesta de amenazas, esporas y residuos letales.

Me he atrevido a exponer estas escuetas ideas al comienzo de mis palabras porque me parece conveniente ubicar las dimensiones de este acto en lo que significa el propio nombre del Premio que va a entregarse dentro de unos instantes. Estamos haciendo referencia al Mérito Cívico. Es decir, a la más alta función del mérito personal, ya cuando las virtudes individuales se transfiguran en virtudes sociales; cuando el ser de la persona deja de estar recluido en el ámbito del bien privado para trascender hacia las comarcas del bien común.

El Mérito Cívico, por consiguiente, tal como está enfocado en la intención de este Premio, no se restringe al cumplimiento normal y fluido de los deberes que como sujetos de civismo se nos imponen naturalmente a los ciudadanos. Cumplir tales deberes en el nivel suficiente es apreciable y aun reconocible, pero se queda dentro de la medida de lo que todos estamos obligados a hacer. Para que haya una connotación de relieve, que señale a una persona como representativo de ejemplaridad, es preciso que el cumplimiento de los deberes cívicos alcance una jerarquía superior, en conciencia y en ejecución, en voluntad y en perseverancia, en consistencia y en inmutabilidad.

Por consiguiente, escoger entre los ciudadanos distinguidos al que sea merecedor de este Premio no es tarea que pueda hacerse con una simple ojeada de merecimientos. Y el compromiso selectivo se vuelve todavía más complejo porque no es una sola institución la que elige, en la intimidad de su seno, sino que el acuerdo ha de surgir del intercambio de criterios y opiniones entre todas las instituciones cívico-culturales que desde hace más de quince años se han unido para otorgar en conjunto este galardón, que es sin duda el más representativo de su género en el país.

En 2001, al acercarse el tiempo de identificar a la persona merecedora del Premio, algunos importantes elementos de juicio empezaron a manifestarse en el círculo plural de la decisión. Para comenzar, sería el primer escogido dentro del siglo que se inicia, lo cual le da un tono de primicia simbólica que no debía ser desaprovechado. Además, la misma dinámica evolutiva del Premio hacía propicia la selección de una mujer, no por el simple hecho de serlo, lo que sería una concesión superficial a los argumentos de género, tan en boga, sino porque es de estricta justicia empezar a reconocer que si hay una sociedad en que la mujer ha desempeñado y sigue desempeñando un papel constructor de virtudes, no en los libros ni en las declaraciones abstractas, sino en la hazaña peliaguda del diario vivir, ésa es la nuestra.

Puestos a la labor selectiva, los personeros de las instituciones otorgantes tuvieron, de seguro, su momento de perplejidad. Había que ser atinado y a la vez demostrativo. Había que ser innovador y a la vez responsable. Había que ser justo y a la vez unánime. En todo ese trabajo de orfebrería decisoria, fue definiéndose cada vez más un nombre, una figura, una presencia, una personalidad, una fuerza vital. Los perfiles de una mujer inconfundible, cuya voluntad de ser y de trascender puede irse identificando, en hechos precisos, en viscisitudes concretas, en influjos personalísimos, a lo largo de buena parte de la pasada centuria, y hasta el día de hoy, desde el sitio reservado a las almas comprometidas sin tregua con su propio destino.

Mercedes Madriz de Altamirano es el nombre del personaje al que este día la representación orgánica más alta de la cultura cívica nacional le rinde tributo público, en pleitesía de admiración y en homenaje de gratitud. Tributo, porque el verdadero mérito, que florece sin alarde en la continuidad del esfuerzo personal, debe servir de paradigma compartible, sobre todo para los ciudadanos más jóvenes, que avanzan, aunque casi nunca se den cuenta, sobre la huella de quienes los anteceden. Admiración, porque en el curso de la vida lo más difícil es eso mismo, vivir, haciendo de tal función un acto sucesivo de conciencia, sobre obstáculos y adversidades, entre desvelos y desafíos. Gratitud, porque el ejemplo vivo de una existencia cumplida es el mejor regalo que un ser humano puede hacerle a su comunidad y a su tiempo.

Pero Mercedes Madriz de Altamirano no es, desde luego, sólo la efigie simbólica que perdurará en la historia de la cultura nacional, con rasgos indelebles. Mercedes Madriz de Altamirano es para nosotros &endash;que tenemos la suerte de compartir su presencia y su prestancia, su memoria y su palabra&emdash; es Doña Mercedes, Doña Meches, el compendio de muchas imágenes, la suma de múltiples facetas, el acopio de incontables irradiaciones. La joven que, desde su autoconciencia más temprana , se propuso ser ella misma, en ambiente y época en que la mujer tenía restringidas casi todas las salidas del espacio doméstico. La emprendedora de inquieta inteligencia, que dispuso conquistar el mundo a su manera, llevada de la mano por el fuego viviente de la voluntad. La esposa verdaderamente compañera, fuerte y solidaria, inspiradora y tenaz sin reservas. La madre educadora e impulsora, segura y providente. La abuela modeladora que tiene en su entorno la descendencia encargada del futuro. La mujer de empresa, de organización, de mística laboriosa, de criterio nítido, de carácter indoblegable, de visión alzada sobre el horizonte de lo inmediato, de extraordinaria fortaleza en las circunstancias más apremiantes y peligrosas. Y la amiga fidelísima, oportuna y confiable, que está siempre ahí, junto a las personas de su afecto. Ya quisiera yo que esta aseveración pudieran hacerla tres voces ahora físicamente ausentes, pero que en su paso por este mundo dejaron la estela viva de su talento poético en las arenas de la cultura nacional: Claudia Lars, Tula van Severén y Elisa Huezo Paredes.

No puede hablarse de Doña Meches sin que a su lado aparezca la imagen de Don Napoleón, aquel hombre de profunda y elevada capacidad intelectual, filósofo de la realidad, en libros y en artículos, en editoriales y en intervenciones públicas, académico y periodista de pura raza. Don Napoleón y Doña Mercedes fueron la unidad que se alza sobre el ambiente, como el faro sobre la costa inaccesible. Juntos, construyeron una sociedad intelectual y espiritual que se plasmó en el proyecto más grande de sus vidas: El Diario de Hoy, notable institución periodística que, a lo largo de los años, fue consolidando aquel legado en las manos de Enrique, que ha recibido de sus padres un encargo de excelencia, predicado estricta y rigurosamente con el ejemplo.

Doña Mercedes encarna y representa, además, el símbolo de la longevidad, privilegio de la naturaleza que se construye con la disciplina de la vida. Ser longevo no es una suerte gratuita. Sobre los moldes orgánicos hay que cincelar las estructuras de la permanencia. Es una pacífica y esforzada batalla contra el tiempo, que no se da desde afuera, con afeites o ajustes superficiales, sino desde adentro, con tenacidad en el ser y en el hacer. Nuestra homenajeada ha sido, a lo largo de sus años, mujer de batalla fervorosa. Batalló contra las inclemencias delmedio, para sobrevivir creativamente y con éxito. Batalló contra los embates de la dictadura, durante el martinato, haciéndose cargo del periódico cuando su esposo fue exiliado por el despotismo imperante. Batalló contra amenazas, riesgos y atentados durante los dos decenios de la conflictividad bélica interna. Batalló contra los quebrantos físicos y las ausencias forzadas. Ha batallado gallardamente contra todo, y eso le dio armas para su batalla estelar: la batalla contra el tiempo.

Aquí la tenemos ahora, en sus noventa y cinco años cumplidos, quizás con una pizca de melancolía por ya no poder realizar con la misma agilidad y ubicuidad de antes sus trabajos habituales, pero siempre haciéndose sentir cuando las circunstancias lo demandan. Doña Mercedes es ella misma una institución, que ha acompañado el devenir nacional desde su posición de mujer representativa. Emerson habló de los hombres representativos. Hay que hablar también, y en estos tiempos más que nunca, de las mujeres representativas, ésas que hacen la historia, siempre desde adentro, pero cada vez más también desde afuera. Una de las pioneras indiscutibles de ese doble rol femenino es, en El Salvador, Doña Mercedes Madriz de Altamirano. Y no sólo en El Salvador, sino en Centro América,pues por curiosa y reveladora síntesis destinada, Doña Meches es hija de un prohombre nicaragüense y de una madre hondureña por parte de padre y guatemalteca por parte de madre. No es extraño, entonces, que su visión y su misión estuvieran llamadas a trascender fronteras.

Dado el estado actual de la evolución de la cultura, sigue siendo difícil el desempeño de la mujer, aunque mucho se haya avanzado al respecto. Y más difícil resulta para una mujer que nunca se ha resignado a un papel secundario en ninguno de sus empeños profesionales y personales. Doña Mercedes tuvo siempre la palabra, su propia y original palabra. Ha estado siempre en la primera fila de la organización y la acción, de la renovación y la inventiva. Y es que, desde siempre, desarrolló una doble cualidad perfectamente armonizada: esa que le permitió pensar y gerenciar con exquisita eficacia, sin confundir jamás los roles que la vida le fue imponiendo y otorgando. El instinto para los negocios cotidianos y la sutileza para los afanes del espíritu.

Doña Meches, en la fresca cumbre de sus años, tiene aún mucho que pensar y mucho que decir, mucho que soñar y mucho que esperar. La edad es la forma suprema del asombro. La lucidez es el supremo don de la memoria. Vivir es estar en disposición de seguir viviendo. Y si esa disposición tiene bases diamantinas, como en este caso, cada minuto se convierte en una fructífera conquista, que por supuesto trasciende la convencional medida de los sesenta segundos. Todo lo cual podría resumirse en tres palabras: ser a conciencia; ser en conciencia.

Desde l974, Doña Mercedes ha venido acumulando preseas y distinciones honoríficas provenientes de organismos públicos y de entidades privadas. Es la cosecha natural luego de una siembra tan perseverante y animosa. Las obras y los frutos son los testimonios que no fallan. Y aunque el ambiente es exiguo en la voluntad de reconocimiento, por eso mismo cada mención de mérito multiplica su significado. Doña Mercedes recibe hoy esta nominación y este agasajo como seguimiento necesario en una suma de laureles justicieros. Ella, que tiene el mejor premio en la plenitud de su obra realizada, lo recibirá de seguro con sereno beneplácito. Al final de cuentas, el galardón de esta fecha es sólo una pequeña devolución de respeto y cariño por los méritos que sucintamente acaban de ser detallados.

El sumario de una existencia es siempre la acumulación de incontables peripecias. Y cuando esa existencia es tan dilatada como la de la insigne destinataria del homenaje de este día, podría estar ahí toda la gama de las experiencias vivibles.

En Doña Mercedes, sin embargo, los hechos del vivir han tenido la sencillez y la transparencia que sólo se da en aquellos seres que hacen de la vida una aventura en sí, sin buscar fuera de sí las veleidosas alternancias de luz y sombra.

Si de resumir el periplo vital de Doña Mercedes Madriz de Altamirano se trata, los datos caben en una página, y podrían caber en una escueta frase: trabajo a conciencia. Esta es la prueba más patente de que estamos ante un valor cívico de primera clase.

Y eso es lo que las nueve instituciones que conceden el Premio tuvieron fundamentalmente en cuenta para designar merecedora del mismo a Doña Mercedes Madriz de Altamirano. El Instituto Sanmartiniano Salvadoreño, la Academia Salvadoreña de la Lengua, la Academia Salvadoreña de la Historia, el Ateneo de El Salvador, el Comité Pro-Gerardo Barrios, el Instituto Salvadoreño de Cultura Hispánica, el Instituto Masferreriano, el Colegio de Humanistas de El Salvador y la Sociedad Bolivariana de El Salvador, que reúnen una representación verdaderamente sustantiva del pensamiento nacional, se han honrado a sí mismos con el homenaje que rinden este 5 de noviembre a Doña Mercedes. Al ofrecérselo, dejan testimonio, en el Libro de Oro que consagra el historial de los elegidos, de la notabilidad de una mujer excepcional, para que las actuales generaciones la distingan y las generaciones futuras la tengan como ejemplo.

Por mi parte, agradezco de corazón el privilegio de pronunciar estas palabras encomiásticas, que he escogido con la mayor sinceridad, en un momento que será inolvidable para todos.

 

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