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Blog de turismo

Al bajar la marea se descubre El Salvador

Más allá de lo que a simple vista ofrecen las costas nacionales, descubre el rostro que esconde la marea

Playa

El arco de formación natural es un ícono de Los Farallones. | Foto por Josué Peña

El Majahual, La Libertad. Nuestro país es tan pequeño que creemos haber visto todo de él. Pero no.

Para el capitalino, las playas de La Libertad, el malecón y su puerto son un destino casi cotidiano.

En mi afán por descubrir nuevos destinos que explorar, escuché de la existencia de un conjunto de cuevas en las costas de La Libertad. Los rumores aseguraban que algunas son tan extensas que conectan playas entre sí.

Mi sed de aventura me llevó a buscar las dichosas cuevas, y como ignoraba por dónde empezar, me dirigí  al muelle, el centro de la actividad comercial.

Eran las 3:00 de la tarde y a cada paso que daba descubría nuevos olores y colores. Desde pequeñas almejas hasta grandes pescados y mantarrayas, que los lugareños ofrecen a los visitantes. Ahí, pescados y mariscos frescos compiten por igual.  

Las lanchas de los pescadores se aglomeran en el muelle en un desorden organizado; cada uno, esperando a ser el próximo en descender al mar, mientras el resto prepara la venta. 

En medio de todo ese bullicio, por poco olvido mi misión: encontrar las dichosas cuevas. Y pensé: “quién mejor para satisfacer mi curiosidad que los pescadores porteños”. 

Por su puesto, todos las conocían y mi emoción creció. Pero en ese momento me advirtieron que la marea estaba alta y así es imposible explorarlas. Si quiero conocerlas, debo hacerlo  cuando la marea baja. 

Me explicaron que se ubican en medio de las playas de El Majahual y El Tunco, y que en esa zona debía preguntar.

Apresurado, salí del muelle por la carretera CA-2 “El Litoral” en dirección a El Tunco. Cuando vi el rótulo de El Majahual,  paré la marcha y volví a preguntar. Los lugareños me indicaron avanzar un poco más, hasta el kilómetro 41.5, y entrar por donde está el anuncio del Hotel Los Farallones.

Al llegar a la entrada indicada, supe que mi sedán con espíritu de 4x4 podría realizar el recorrido. Luego traté de obtener indicaciones en algunas de las propiedades del sector, pero el acceso es totalmente privado. Eran las 4:00 de la tarde y aún no encontraba mi destino. 

Decidí entrar al Hotel y Restaurante Los Farallones, donde el ingreso no se cobra y se puede hacer uso de las instalaciones si se consumen los servicios. La vista me cautivó de inmediato. El Pacífico se ve desde lo alto. Las habitaciones y la zona de restaurante se distribuyen adecuadamente por toda la propiedad.

Rocas de gran tamaño dominan el paisaje. En ellas, sobresalen escalinatas construidas en la piedra, con jaibas y almejas incrustadas en los muros. Su principal atracción: una piscina de agua salada —formada en la mismísima roca—, donde las olas golpean con fuerza. Mientras admiraba todo, el sol descendía gradualmente.

Desde las escalinatas, logré divisar  los acantilados y otras propiedades privadas con características similares.  Pregunté por las cuevas y me explicaron que estaban a ambos lados de la propiedad y que solo se pueden ver cuando baja la marea. 

En ese momento, prometí prepararme mejor para la próxima vez que visitara el lugar. Luego disfruté de los manjares que ofrece el restaurante; si bien fue difícil, me decidí por la mariscada y disfruté del atardecer.

A pesar de sentirme satisfecho, me quedó aquel vacío que no pude llenar. Un par de días después, volví. 

Antes de iniciar mi nueva visita, descargué una app que informa sobre la marea y planifiqué el viaje para estar justo cuando estuviera baja, y lo logré.

Con la seguridad que me proporcionó la tecnología, recorrí con libertad  las costas de aquella zona, descubriendo cuevas de todos los tamaños. Algunas tienen formas más curiosas que otras y su profundidad varía. De algo estaba maravillado:el paso del tiempo ha dejado huellas en ese lugar y la acción erosiva de las olas ha esculpido el acantilado de forma asombrosa.

Entre las distintas formaciones hubo una que captó mi especial interés.  Le llaman “la ventana”. Es un arco tallado por la naturaleza, por donde cualquiera puede caminar de un lado al otro e imaginarse en un lugar virgen.

Con la marea baja, algunos pescadores se aventuran para atrapar cangrejos y recolectar almejas.

El agua que empapa la arena emite reflejos y contra luces totalmente artísticos. Dentro de las cuevas es posible divisar el fondo, puesto que no son tan profundas como dicen. O, tal vez, es que solo pude conocer una pequeña fracción de estas, porque tan pronto comienza la marea a subir hay que salir para no lastimarse o quedar atrapado en ellas.

Les aseguro  que son bellezas naturales que vale la pena visitar. Si les gusta la aventura y la naturaleza, les recomiendo la zona. Y para aquellos que piensan que han visto todo del litoral salvadoreño, les recuerdo que algunos paisajes solo se dejan ver cuando la marea baja.

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