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La primera revolución europea: la Paz de Dios

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La palabra “revolución” ha sido una palabra muy peligrosa.  Pensamos en las revoluciones del mundo moderno:  La Reforma Protestante, la revolución, inglés, la de los americanos, los franceses, los rusos, y la Revolución Industrial.  Están descritos en literatura e historia en términos enormes y amargamente controversiales.

Ha habido revoluciones comerciales, revoluciones agrarias y, hasta, detergentes “revolucionarios” que pueden ¡cambiar su vida!
Si pensamos en las revoluciones desde Francia (1789) hasta Vietnam (1970) estas revoluciones han transformado los estados, las estructuras de clases y las ideologías dominantes.  Han sido la ocasión del nacimiento de naciones y la redistribución de algunos beneficios y poderes.
Pero se presentan ahora eventos que constituyeron una revolución social en respuesta a la violencia cruda y grotesca cometida contra la iglesia y los siervos laicos, pobres y sin poder.  Era una situación de anarquía de todos contra todos, en el siglo X que provocó lo que ha sido denominada la primera revolución europea: La Paz de Dios.

En el momento en que cambió el milenio, había grandes señores con sus caballeros (knights).  Estamos acostumbrados a pensar en los knights como galanes, elegantes, talvez poetas, en vestuario y armadura lujosa, montados en caballos (por lo tanto, eran caballeros) que andaban en aventuras para matar dragones y salvar a las pobres mujeres de los malévolos.

Pero, si nos aferramos a la realidad histórica, a los caballeros, podemos llamarlos--los podemos calificar definitivamente--como “matones” agrupados alrededor de los grandes señores en sus castillos a finales del siglo X en Europa Occidental—llamado en este entonces, Cristiandad.  Vamos al sur de Francia en el año 989 mencionado en el convocatorio al Concilio de Charroux, que comenzó lo que era la primera revolución europea.

¿Porqué la necesidad de una revolución?  Es que los caballeros  eran hombres violentos porque eso es lo que hicieron para ganar la vida: vivieron para la violencia.  Pelearon, mataron, robaron propiedades; violaron a las campesinas, quemaron granjas y edificios, corrieron sus caballos por las tierras de los siervos de otros señores y, así destruyeron a las milpas para dañar sus contrincantes económicamente.  En general, destruyeron y extorsionaron a otros grandes señores, la iglesia igual como a  los siervos-campesinos.

En el primer paso hacia una revolución social, en Charroux,  en el sur de Francia, decidieron, según los relatos documentados de los procedimientos del Concilio de Charroux,  que habían tres clases de malhechores que deberán ser sujetos a anatema y, por lo tanto, excomulgados por la iglesia:  cualquier persona que infringieron en el santuario de una iglesia, tomó algo de la iglesia—como tierra—por fuerza, o quien tomó de un granjero o siervo u otra persona pobre, un buey, una vaca, un ternero, una cabra o un cerdo.  También condenaron a posible excomulgación a cualquier persona que raptó un  clérigo sin armas o entró a su casa forzosamente.

¿Quiénes eran las personas que cometieron estos actos?  Fueron descritos e identificados en los documentos del Concilio de Charroux como los que llevaban armas, usaban espadas, escudos y armadura.  En fin, eran los caballeros mismos.

Entre 989 y 1038 se llevaron acabo 26 concilios en el sur de Francia para tratar estas situaciones de violencia y anarquía. Las acciones que se llevaron a cabo como resultado de los concilios presentados por los historiadores y cronistas contemporáneos,  una  unión estratégica confeccionada, en cada caso, entre la iglesia y los pobres presentados por los historiadores contemporáneos.  La iglesia sufrió los mismos robos, raptos, confiscaciones y violencia en general que los campesinos-siervos.  Así que se coordinaron y conformaron una causa común en estos concilios y actuaron en la siguiente manera:

Era un movimiento por la paz, y la documentación nos enseña que  eran una serie de muchas actividades irrumpiendo grandemente con actividad apasionada como respuesta al colapso social a causa de la violencia de los caballeros.  

Los monasterios liderados por los pobres en su defensa contra el conducto de los malhechores  que habían surgido como maleza, quienes robaban sus bienes, tierras y animales—de la iglesia y de los siervos--y pidieron dinero por medio de la extorsión, o, por ejemplo,  los forzaron  a construir castillos.  Fue un reino del terror en las zonas rurales de Francia y demás de Europa.
En los documentos que describen estas actividades, refieren a pauperes.  En latín los pauperes no eran solamente los que carecían de dinero.  Eran los que no tenían poder y eran vulnerables al poder no restringido de los caballeros.

Así los organizadores de los concilios comenzaron el movimiento que se llamaba la Paz de Dios para poner fin a la anarquía en la tierra, el desorden, el rompimiento de la gran armonía del universo sobre que, como había dicho San Agustín, descansó la paz y tranquilidad de todas cosas.

Como los pauperes no tenían poder, se unieron a la invitación para una alianza con la iglesia en estos concilios y formaron el movimiento denominado la Paz de Dios a finales del siglo X.

Y como no tenían poder, ni armas, utilizaron las reliquias, enseñándolos agresivamente a los caballeros y señores, indicando que iban a sufrir la condenación de anatema y ser excomulgados si siguían actuando así tan violentamente.  Como cristianos de alguna clase, los aristócratas y caballeros se doblegaron ante la iglesia y los pobres por miedo del poder de las reliquias de los santos y la amenaza de “la hoja afilada de anatema”.

El valor religioso y simbólico de las reliquias puede ser un poco difícil de entender para nosotros los modernos.  Debemos de ver las cosas con los ojos del pasado—que es un país donde hacen las cosas en una manera distinta.  Según un estudioso de los santos y reliquias en la Edad Media,  “cada fragmento de un santo—un hueso, una uña, el pelo de su barba—contenía su ser entero y garantizaba a la presencia de lo que había llegado a ser indispensable a los cultos de adoración cristianos”,  [Patrick Geary.  Furta sacra:  Robos de las reliquias en la Edad Media (Princeton, 1978)].

Lo que era nuevo en la Paz de Dios no eran sus elementos o partes individuales, si no que debemos de entender que era una participación coordinada de tanta gente de tantas diferentes regiones y diócesis  que fueron separados por largas distancias.  Los concilios y procesiones con reliquias y santos fueron repetidos en muchas ocasiones durante varias décadas.  

En todas sus actividades, su poder quedaba no solamente en las reliquias y la amenaza de anatema, sino en la presentación por los monjes juntos con los pauperes (pobres sin poder) contra los potentes  (los poderosos con el poder de violencia para robar y dañar).  Fueron apelaciones de los pauperes y la vergüenza que deben sentir los potentes (los poderosos).  Estas actividades se llamaban clamores (gritos de petición con fuerza en grupo) que era la expresión de esta alianza de la iglesia con los pobres contra los poderosos matones y ladrones:  es decir, contra los señores y los caballeros violentos.

Estas actividades, por cierto, constituyeron la organización de la primera revolución en Europa.  Estamos en los siglos X-XI en Francia.  Estas alianzas procedieron a ampliarse y demandar—imponer—una suspensión de hostilidades en ciertos  días específicos y ciertas estaciones o fechas (Días de Santos) de los calendarios litúrgicos.  Por ejemplo, aunque el movimiento Paz de Dios comenzó en Charroux en 989, llegando al Concilio de Elne en 1027, el conducto hostil de matar, robar, raptar, o confiscar fue efectivamente prohibido entre la noche del día sábado y  la mañana del día lunes.  

Después la Paz de Dios fue extendiéndose desde el día miércoles hasta el alba del día lunes.  Avanzando, en otros concilios, la iglesia en su alianza con los pauperes–los sin poder ni dinero ni riqueza de tierra—requerían la prohibición de violencia durante Advenimiento, Navidad, Cuaresma y Semana Santa.

Se fueron prolongando los requerimientos de la Paz de Dios hasta que comenzó ampliarse al norte de Francia y, últimamente, a toda Cristiandad—que iba ser Europa.  Fue una especie de requerimiento legal del Derecho Canónico, apoyado por alianzas populares con la iglesia,  que lograron avances para las sociedades donde se llevaba acabo cambios profundos en los balances del poder social, ideológico y económico contra el poder de la violencia de hombres  que actuaron fuera de la ley y crearon procesos de descomposición política.

Este movimiento, encabezado por una alianza entre la iglesia medieval y los sin poder logró proteger las tierras de la iglesia y de los siervos, igual como a los sacerdotes, peregrinos, mujeres y mercaderes en la duración del movimiento entre el siglo X y XII.  

Tenemos, pues,  la documentación en los escritos del monje Adémar de Chabannes (989-1034) y muchos otros.  Adémar ha sido escogido solamente como ejemplo de los muchos cronistas de estos eventos y estratégias.  Adémar da especial importancia a las reliquias de los santos por su valor—aunque simbólico, talvez, a nosotros en el siglo XXI—fue real en sus tiempos.  Eventualmente, el movimiento por La Paz de Dios fue apoyado por el Papa Urbano II (quien reinó como Papa 1088-1099).

Estos eventos, queridos lectores, conformaron la primera revolución europea, un evento talvez desconocido por estos lados.  Pero un su momento histórico, alcanzó cambios revolucionarios para parar la violencia.
FIN

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