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Develando mitos sobre la morfina

La morfina se usa para aliviar el dolor moderado a fuerte, especialmente en pacientes de enfermedades terminales. Su uso es objeto de controversia por las consecuencias como la adicción, entre muchos otros

Son muchos los mitos sobre el uso de opioides que quizá expliquen el rechazo a la morfina: "el miedo a engancharse", su relación con la muerte por "usarse solo al final de la vida", la posibilidad de que el paciente "se haga drogadicto", "provoca depresión respiratoria", etc.

En el ámbito clínico hay dos factores que generalizan el miedo al uso de opioides: la incertidumbre sobre su seguridad y el aumento de casos de sobredosis en los últimos años en países como Estados Unidos.

Este dato contrasta con estudios que dicen que la adicción iatrogénica es menor al 0.5 %. La revisión de los estudios clínicos realizados hasta la fecha revelan que la morfina y otros opioides no matan a los pacientes, sino a los síntomas.

La morfina se usa para aliviar el dolor desde la antigüedad. Desde los años ochenta se ha convertido en el fármaco más utilizado para tratar la disnea en pacientes terminales.

Existen varias hipótesis sobre su mecanismo de acción: la más aceptada supone que la morfina disminuye la respuesta del centro respiratorio a la acumulación de bióxido de carbono y a la disminución de oxigeno en sangre. También reduce la sensación de ahogo y la ansiedad que experimentan estos pacientes.

Los datos de la literatura indican que, en los pacientes con enfermedad avanzada y disnea, la morfina cambia el patrón respiratorio a respiraciones lentas y profundas sin alteración significativa del intercambio entre el oxígeno y el bióxido carbónico.

El paciente puede continuar con poco oxígeno, pero sin percibir dificultad para respirar. En los últimos estudios los valores de oxígeno y carbónico en sangre no alcanzan los parámetros de riesgo de insuficiencia.

Tampoco se ha demostrado que los opioides acorten la supervivencia cuando se usan para tratar el dolor en pacientes terminales.

La literatura científica permite comprobar en los últimos 25 años que dosis altas de morfina no disminuyen la supervivencia de pacientes oncológicos en los días finales de vida. Se observa también que, el aumento de dosis, duplicar la dosis previa o prescribir doble dosis nocturna no representa un riesgo en la supervivencia.

En medios científicos ha cobrado actualidad un debate sobre el posible efecto de los opioides en el crecimiento tumoral y sobre la inmunidad. Los hallazgos contradictorios de la investigación provienen de estudios experimentales en animales y con líneas celulares.

En contra de esa posible evidencia marginal, hay datos contundentes sobre el beneficio de un uso clínico regular de opioides, en periodos prolongados de tiempo y también en altas dosificaciones. Incluso en el caso de que futuros estudios demostraran que los opioides promueven el crecimiento y propagación del cáncer, este efecto negativo se vería compensado por los efectos positivos de un alivio adecuado del dolor, disminuyendo comorbilidad, y por tanto evitando un acortamiento de la vida.

Con todos estos hallazgos científicos podemos decir que el usar morfina en pacientes terminales oncológicos y no oncológicos está justificado, no es necesario acudir a la doctrina del doble efecto para el uso de estos medicamentos al final de la vida.

Un médico que no indica opioides a su paciente en aras de aliviar el dolor, disnea o sufrimiento sería un médico incompetente, lo ético es indicarlos.

La práctica médica siempre tendrá por objeto curar, aliviar y consolar nunca matar.

Tome en cuenta

Según la el sitio web MedlinePlus, un servicio de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, "la morfina puede ocasionar problemas de respiración graves o que amenacen su vida, especialmente al principio de su tratamiento y en cualquiera en que se incremente su dosis. Su médico le supervisará atentamente durante su tratamiento y ajustará su dosis cuidadosamente para controlar su dolor y disminuir el riesgo de que experimente problemas respiratorios graves. Informe a su médico si tiene o alguna vez ha tenido respiración lenta o asma".

Además, tomar algunos otros medicamentos durante su tratamiento con morfina puede aumentar el riesgo de que experimente problemas de respiración u otros efectos secundarios que ponen en riesgo la vida.

Por eso es fundamental que informe a su médico si está tomando o planea tomar medicamentos como: cimetidina (Tagamet); otros medicamentos analgésicos narcóticos; medicamentos para ansiedad, convulsiones, depresión, enfermedad mental o náusea; relajantes musculares; sedantes; píldoras para dormir o tranquilizantes. —Colaboración del Dr. Mario López Saca, especialista en medicina interna y cuidados paliativos y Fellow en Clínica Universidad de Navarra, y datos de EDH

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