Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Como disfrutar la vida con menos cosas

Tener que arreglarme con una maleta durante tres meses me enseñó que con muy pocas posesiones puedo disfrutar de la vida.

Como disfrutar la vida con menos cosas

Durante tres meses tuvimos que arreglarnos con lo que teníamos en una maleta mientras esperábamos la construcción de nuestra casa nueva. Por suerte, unos amigos extremadamente generosos nos recibieron y estamos viviendo en su subsuelo.

Empacamos solo para dos semanas pensando en el clima de julio porque se suponía que estaríamos sin techo durante ese tiempo. Ahora, transcurridos tres meses más, he aprendido varias cosas importantes, entre otras:

Mis hijas no tienen idea de cómo usar el dentífrico o un baño. Desde que compartimos un pequeño baño entre dos adultos y dos niños, me he dado cuenta de que en algún momento de la crianza de mis dos hijas, pasé por alto dos lecciones clave en la vida: la tapa vuelve al dentífrico al terminar de usarlo y se pulsa la descarga del inodoro antes de abandonar el baño. ¡Sí, siempre!

El espacio puede ser algo bueno. Al vivir apiñados en una superficie pequeña, nos damos cuenta de lo cerca que estamos unos de otros como familia. También nos damos cuenta de que un poco de espacio personal nunca mató a nadie.

No es que no me guste despertarme con el dedo del pie o alguna otra cosa de mi hija en la nariz todas las mañanas porque lo saboreo sólo un poquito más que la deliciosa sensación de una pieza de Lego enredada en mis pies todas las noches de camino a la cama.

Pero, lo que es más importante, he descubierto las pocas cosas que necesitamos realmente para ser felices y llevar vidas cómodas y alegres. Cuando llegamos, cada uno tenía una maleta, y hemos comprado algunas cositas más a lo largo de estos meses, pero tenemos mucha menos ropa, zapatos y demás de los que normalmente tenemos.

Y francamente, me encanta. Me encanta la simplicidad de tener que elegir entre pocas prendas, y no preocuparme de que todos en la escuela o la iglesia me hayan visto cinco veces con el mismo vestido. En cierto modo, me siento liberada de eso que suele absorber mi tiempo y mi energía.

No tengo montones de ropa para planchar que dejo para más adelante sencillamente porque los montones de ropa no existen. No tengo que empujar a mis hijas a recoger los juguetes porque hay solo pocos para dejar tirados. No dedico tiempo a las tiendas porque de todos modos no tengo dónde dejar las cosas.

A veces me pasa por la mente que necesito determinadas cosas para ser feliz o que mis hijas necesitan los juguetes correctos o la ropa correcta para tener una buena infancia. Pero si hay algo que me enseñó el vivir en un espacio ajustado es que somos la misma familia con el mismo amor entre nosotros sin importar “cuánto” tenemos. No necesitamos mil pares de zapatos ni un millón de juguetes para ser felices.

De hecho, todo eso en general no hace más que interponerse. Les enseño a mis hijas todo el tiempo la diferencia entre un deseo y una necesidad. Cuando se me acercan en la tienda sosteniendo el último artículo con la licencia “Frozen” y esa mirada en los ojos que dice: “¡Es esto! Lo que he querido toda la vida. ¡Oh, si pudiera tenerlo, podría ser feliz para siempre!, les digo: ‘Hoy no lo necesitamos’”.

Soy una profesional para decir que no a estos pedidos conmovedores. No lo necesitamos. No está en el presupuesto de este mes. Tienen juguetes con los que ni siquiera juegan en casa. No necesitamos comprar un juguete cada vez que venimos a buscar leche. Etcétera.

Pero no estoy segura si he hecho un buen trabajo trazando la línea entre lo que necesitamos realmente y todas las cosas que simplemente deseamos. Y si hay algo que me han enseñado estos meses es que purgar mi vida de cosas no implica negarme a mí misma, significa permitirme vivir libre del peso de las cosas. Porque en realidad, si lo analizamos, todas las cosas hacen eso.

Cargan mi tiempo. Cargan mi cuenta bancaria. Cargan a mi familia dado que desviamos la atención de nosotros mismos y la volcamos hacia los objetos. Ahora bien, no me propongo desprenderme de todas mis posesiones terrenales para entrar en una comunidad ni nada por el estilo, pero estoy haciendo un análisis para determinar dónde he construido mi tesoro en esta vida.

Y cuando nos mudemos finalmente a nuestra nueva casa, me haré preguntas difíciles como por ejemplo si necesito realmente cinco pares de zapatos negros o si realmente necesitamos columpios cuando hay un parque pasando otras dos casas. Me obligaré a hacerme algunas preguntas:

¿Lo necesito o puedo prescindir de esto?
¿Esta posesión me dará felicidad o una alegría a corto plazo (o ninguna de las dos cosas?
¿Este objeto liberará mi tiempo o lo consumirá?
¿Enriquecerá mis relaciones con las personas?

Si las respuestas no me gustan, puedo decir que no. Yo controlo lo que entra en mi casa y en mi vida. Espero que analizando cada objeto que hagamos entrar en nuestra casa, terminemos con menos.

Menos energía invertida en limpiar. Menos tiempo invertido en recorridos de tiendas, devoluciones y compras. Menos interacción con las cosas. Y en el proceso, encontraremos más. Más tiempo para estar juntos. Más alegría. Más espacio en nuestros cajones y en nuestras vidas para los momentos y las personas que realmente son importantes.

Lea además
Abrimos este espacio para el fomento de la libre expresión, que contribuya al debate y a la crítica constructiva. Te invitamos a hacer buen uso y a leer las normas de participación