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Aunque usted no lo crea... Una invitación al amor y a la ciencia en la Edad Media

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Si alguna vez usted ha pensado que leer la filosofía medieval es una pérdida de tiempo, aburrido, he aquí una gira, una recorrida de algunos temas, como el amor y la ciencia que puedan animarles.  
El término “medieval” refiere al período entre la fragmentación del Imperio Romano (el quinto siglo después de Cristo) y la caída de Constantinopla en 1453 cuando los Turcos Otomanos conquistaron el imperio Bizantino,  fecha que coincide aproximadamente con el comienzo de los renacimientos en Europa.  Consideramos algunos conceptos medievales del amor y la ciencia durante estos 1000 años.

Primero, se les ofrece una invitación a conversar con el amable y erudito Boecio (Anicio Manlio Torcuato Boecio, (480-525 A.D.), viviendo en Ravenna en el Imperio Romano gobernado por el Emperador Ostrogodo, Teodorico, en el siglo VI.  El proyecto que planteó Boecio a si mismo era de traducir toda la literatura y filosofía griega al latín para que los europeos la pudieran leerlo, ya que ellos manejaban solamente el latín y no el griego de los grandes dramaturgos y filósofos griegos.  Pero se cayó nuestro amigo Boecio, un ciudadano romano, en las trampas, intrigas de acusaciones falsas de traición y fue encarcelado por los poderosos de la corte de los Ostrogodos.  

En la cárcel  escribió La Consolación de Filosofía para indagar en el problema filosófico de porque los inocentes son castigados.  ¿Porque sufren los inocentes?  Durante su tiempo en la cárcel de Ravenna, aparece ante Boecio, la Dama Filosofía, y él platica con ella con mucho amor; pues, era ella, dice, que lo ha enseñado como buscar la consolación de la filosofía.    Este pequeño libro fue—y es—lo más conocido e importante de los libros de filosofía medieval hasta hoy.  Es una bisagra entre el mundo de la antigüedad tardía y el comienzo de la Edad Media en Europa.

La gran lástima es que terminó su vida cuando Teodórico el Emperador mandó a torturarlo con una soga fuerte alrededor de su cabeza.  Es que Boecio había sido inocente de todas las acusaciones falsas y subjetivas, pero  murió, ejecutado, cuando la soga apretada quebró su cabeza.  Es decir, que él había sido  inocente de toda acusación, menos los grotescos celos y miedos raciales y paranoicos de un emperador, de una raza diferente, quien temía el poder de los pensamientos de Boecio.  Por eso, el método de ejecución fue dirigida a su cerebro.

En el siglo XII, encontramos otro gran filósofo quien había cometido un error aun cuando estaba escribiendo los debates filosóficos y espirituales de los más importantes, quizás, del renacimiento que se desprendió alrededor de la Universidad de Paris y la escuela catedralicia de Chartres en siglo XII  El exquisitamente bello, famoso e inteligente Pedro Abelardo fue maestro de filosofía y fue contratado por Fulbert de Chartres,  Obispo de Chartres y  santo de la Iglesia después de su muerte. La tarea encomendada a Pedro era de enseñar la hermosa sobrenade Fulbert,  quien era igual de intelectualmente brillante como Pedro:   Héloïse.  

Tout court, Pedro y Heloise se enamoraron y, ella, quedando embarazada, se casó con Pedro en secreto.  En eso ella fue forzada por Pedro, ya que ella argumentó, en su correspondencia, que había querido quedar soltera, filósofa, libre.  Fulbert mandó hombres a castigar a Pedro en la parte de su cuerpo que había ofendido a Fulbert:  Pedro fue castrado.  
Héloïse tomó los votos y la vela de una monja y asumió el puesto de Abadesa del Monasterio El Paráclito, mientras que Pedro, también con votos monásticos, asumió el papel de guía espiritual a Heloise y a las monjas encargadas a Héloïse.  

Y comienza la correspondencia por escrito la más famosa y reconocida de la Edad Media entre Pedro Abelardo, el filósofo más famosa y controversial de su época y Héloïse, alumna igual de brillante, sobre asuntos filosóficos y espirituales.  Contrario a la opinión de los escritores decimonónicos, estas cartas no son cartas de amor, sino de pensamientos filosóficos profundo entre  los dos filósofos religiosos—entre Héloïse, quien había llegado a ser su amante, después su esposa, y finalmente su hermana en los votos monásticos.  

En todo estas transcurrencías, ambos gozaban de la protección del poderoso Abad del Orden de Cluny, Pedro el Venerable, quien aseguró con órdenes por escrito que fueron enterrados juntos como esposo y esposa después de sus muertes, primeramente porque fueron casados en la Iglesia, y porque, como argumenta Pedro el Venerable, fue un matrimonio en los ojos de Dios.

Encontramos, ahora, el próximo peregrino en el viaje medieval: un tal Juan de Salisbury del siglo XII  (m. 1180) elegante diplomático y filósofo de Derecho Canónico y Civil, quien estimó, irónicamente, en sus escritos, que más tiempo había sido tomado en la discusión del problema de los universales que el tiempo que requirieron los Emperadores romanos a conquistar y gobernar el mundo.  
Juan fungió como diplomático en el Vaticano, y después sirvió como secretario a Santo Tomás-à-Beckett en Inglaterra en el pleito de la Iglesia contra el Rey Enrique II, esposo de Eleanor de Aquitaine.  Era este rey quien mandó a asesinar en la Catedral de Canterbury a quien antes había sido su mejor amigo.  Pero Tomás defendió la iglesia y el Derecho Canónico eclesial, en calidad de su puesto como Arzobispo, contrario a los deseos de Enrique, el rey.

Antes de su muerte, Tomás, el Arzobispo de Canterbury, había decidido permanecer en su Catedral, con las puertas abiertas, listo a celebrar la misa para sus feligreses, a sabiendas, simultáneamente, de que los caballeros del Rey Enrique II estaban en camino a matarlo por defender el Derecho Canónico contra el Derecho Civil del rey.  Esta voluntad al martirio Tomás la expresó a Juan de Salisbury, su secretario erudito, quien respondió, “Please God you have chosen well” [“Plazca Dios que ha escogido bien”].  Y los caballeros del rey, en armadura y con espadas largas, cortaron su cabeza en medio, y esparcieron sus sesos (la parte que había ofendido el rey por su inteligencia) en el suelo de la Catedral.
Entonces, Santo Tomás-à-Becket llegó a ser uno de los santos más importantes de la Iglesia Católica de Inglaterra, que era católica durante 900 años antes de la Reforma Protestante.  Su martirio impulsó al grupo de peregrinos que nos presenta, en Los Cuentos de Canterbury, un tal Geoffrey Chaucer (1343-1400), en su peregrinaje a la Catedral de Canterbury.  

En el camino contaron cuentos apropiados a su estación social, expresiones, cada cuento, lúdicas y profundas contadas al grupo en el camino—y a nosotros sus lectores,  para pasar el tiempo hasta llegar a la Catedral de Canterbury para agradecer a Santo Tomás.  Y lo agradecieron  porque ellos no habían muerto durante el invierno tan frío que causa la muerte y la hambruna.  Al comenzar este gran poema, es primavera y habían hecho votos de que, si sobrevivieron ellos mismos, sus hijos y sus animales en el hielo y la nieve oscura del invierno inglés, iban a salir en un alegre peregrinaje a saludar a Santo Tomás, quien los había salvado.

En el mismo siglo XIV, un filósofo/maestro, Guillermo de Ockham retoma la problemática perenne de la filosofía medieval:  la de los universales, argumentando que las cosas de este mundo son solamente representaciones de la realidad.  Sin embargo, “el nombre”, “la palabra”, “el texto” son plenamente objetivos en sus representaciones de los sentimientos, ideas y realidades que nunca podemos poseer, pero que podemos sentir plenamente en los textos—que son “los nombres” y “las palabras” de esta tierra que representan las verdaderas realidades universales.
Umberto Eco, escritor famoso de la Universidad de Padua en nuestro siglo XXI, escribiendo bajo la influencia de Guillermo de Ockham en su novela monumental, El Nombre de la Rosa, captura  la esencia del pensamiento de Guillermo en la última oración de su libro que lo expresa en latín que significa:  “Aunque no podemos poseer la rosa, por lo menos, podemos tener el nombre de la rosa”.  

Termina su famosa novela con las siguientes palabras. El término “scriptoria” es donde los monjes copiaban a mano las grandes manuscritos.
Pero no podemos  olvidar acercarnos a la ciencia medieval, que, por cierto, no es una contradicción en términos.  La esencia de las quejas que rodean el concepto de la “ciencia natural” son dos:  (1) que se imagina una sujeción abyecta e incuestionable a la Iglesia y su teología, tipo credo ut intelligam (Creo y, por lo tanto, entiendo), y (2) que la filosofía y la “ciencia natural” no llegaron más allá de lo que se imagina que fue la esencia de “el escolasticismo” polvoso, digno solamente al basurero, en el pensamiento moderno tan equivocado.

Tomamos un ejemplo de los muchísimos ejemplos posibles.  Un tal Robert Grosseteste, estadista y filósofo, Obispo de Lincoln en Inglaterra, en el siglo XII, presenta un recuento de cómo llegó a existir el universo físico.  ¡Una tarea no tan pequeño!  Su argumento es sorprendentemente moderno en su libro Sobre Luz [Tractatus de luce] en que argumenta que Dios creó el universo de un punto único de luz, de lo cual el orden físico entero extendió.    Y el querido e inteligente obispo no fue sancionado, ni criticado.  Este es marcadamente distinto del mundo medieval que nos enseña en los colegios y universidades que el escolasticismo constituye un pensamiento confuso, llena de oscuridad. En otras palabras, contrapuesto a lo que nos enseñan, según el Obispo Grosseteste, Dios utilizó la ciencia para efectuar a la Creación. Estamos en el siglo XIII en Inglaterra.

En su obra científica, Grosseteste presenta este punto de luz sin dimensiones como simple y único, conteniendo materia implícitamente dentro de su forma como luz, que se amplía por la propagación de si mismo.
En el proceso de expansión, esta luz primordial creó espacio y extendió su materia, argumenta Grosseteste, derivada de la luz en la forma de una esfera enorme.  La multiplicación o auto-propagación de la luz puede ser entendido, declara, solamente en un modelo matemático infinito ya que la unidad de lo cual comenzó no ocupa dimensiones espaciales y, así,  pudo crear una tri-dimensionalidad solamente por una auto-generación infinita de la luz.  Lo que resultó, sin embargo, era algo finito, ya que el poder de la luz entra la materia y así determina cuantitativamente la propagación infinita.

El obispo Grosseteste, siguiendo su argumentación de que Dios efectuó la Creación utilizando la ciencia, Grosseteste afirma que la naturaleza no admite un vacío. La esfera creada, entonces, por este proceso de la expansión de la luz desde el punto inicial de la luz tendrá que ser un continuum de materia, porque la radiación de la luz encuentra una frontera natural en el punto donde la luz y la materia son balanceadas perfectamente y donde ninguna expansión más allá de este punto pudiera comenzar a producir un vacío entre los partículas del continuum.
La acción entera se cierra cuando el universo es puesto en movimiento alrededor de su centro. Ya existe el universo.  Y su teoría fue aprobado por la Iglesia.

Es que, lo que nos presenta Grosseteste es una explicación que  Dios no solamente dijo ¡Fiat lux! [¡Que habrá luz!]—que es un imperativo, un comando ordenando que va a ver luz en el instante.  No, argumenta, Dios utilizó la ciencia para la Creación del universo.
Con estos escasos ejemplos, se ve que el amor y la ciencia no eran tan primitivos que se dice durante los 1000 años que abarcó la Edad Media.  

El amor era, así como es ahora, omplicado y tierno, entremezclado, con el amor a Dios y el amor erótico aquí en la tierra.  Mientras que la ciencia, como nos enseñó el Obispo de Lincoln, Robert Grosseteste, era una herramienta de Dios aun en el siglo XIII.  
Como un filósofo francés del siglo XIV, Bernardo Silvestre de la Catedral de Chartres en el norte de Francia, declaró:  nosotros, los  modernos, “Estamos como enanos parados en las espaldas de gigantes”.
FIN

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