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Una toma de rehenes sin condena

El proceso está "engavetado en la CSJ", que no ha dirimido qué juzgado deberá conocer el caso

Dionisia, madre del sexagenario José Mercedes Miranda, guarda la esperanza de que antes de morir pueda ver a su hijo en libertad. Foto EDH / Lissette Lemus

Dionisia, madre del sexagenario José Mercedes Miranda, guarda la esperanza de que antes de morir pueda ver a su hijo en libertad. Foto EDH / Lissette Lemus

Dionisia, madre del sexagenario José Mercedes Miranda, guarda la esperanza de que antes de morir pueda ver a su hijo en libertad. Foto EDH / Lissette Lemus

La madrugada del 31 de julio de 2011, José Mercedes Miranda sacó de su escondrijo dos fusiles M-16. Tomó uno para sí y le dio otro a un pariente que vivía con él, Iván (nombre ficticio), quien a esa fecha solo tenía 17 años.

A media madrugada, salieron de su vivienda en el cantón Piedra Labrada, ubicado en la falda surponiente del cerro de Guazapa.

Iván no sabía lo que su pariente tramaba. Simplemente obedeció; se dejó llevar por el hombre en quien había confiado siempre. Tampoco preguntó hacia qué lugar iban tan de madrugada en ruta a Guazapa ni por qué llevaban los dos fusiles y otros pertrechos militares.

Iván sí sabía que una de sus hermanas estaba presa, ya casi por salir, por un delito relativo a las drogas. A su pariente le dolía esto último.

Aquella madrugada, el joven no preguntó nada. Y jamás pensó que lo que su pariente tramaba lo llevaría a estar cuatro meses en una cárcel de menores y que al salir tendría que hacerse cargo de cultivar las parcelas de tierra de su familia.

Iván cuenta que caminaron por las veredas en las que en ciertos trechos no pueden caminar dos personas a la par. Barro resbaladizo, piedras por doquier... hasta que llegaron a una iglesia aún de madrugada.

Su pariente le ordenó que se quedara en una puerta con el fusil, mientras él se dirigió a donde estaba el grueso de personas orando y cantando alabanzas. Era una vigilia.

El joven, ahora de 19 años, afirma que ya estando en la iglesia aún no sabía lo que su pariente fraguaba. Él tampoco se había empeñado en preguntarlo.

Eso es lo que afirma Iván, quien hoy tiene a cargo la manutención de su abuela, de casi un siglo de edad, y la de un tío, de setenta y pocos años, quien desde hace mucho tiempo habla solo y masculla que tiene una culebra en el estómago.

Para Iván parece que todo eso ocurrió ayer, pero no.

Justamente ayer se cumplieron dos años desde que su pariente se metió en aquel lío, por el que los acusaron a ambos de actos de terrorismo y de posesión y tenencia ilegal de armas de fuego.

El joven dice recordar poco. Pero pareciera que no es que no recuerde, sino que más bien no le interesa acordarse de aquel hecho, por el cual lleva dos años sin ver a "Chepe", su pariente, quien está encarcelado en el penal de Mariona.

A cuenta gotas, Iván evoca el caos que se vivió aquella madrugada. Incluso cuando la iglesia fue copada por decenas de policías, quienes armas en mano les gritaban que se rindieran.

¿Rendirse de qué? Él cuenta que no sabía lo que Chepe hacía ni lo que pasaba afuera con la Policía. Incluso, pudo haber muerto a manos de los francotiradores policiales sin saber por qué. Eso es lo que dice.

Aquella mañana del 31 de julio de 2011, el caserío El Carmen fue testigo de la toma como rehenes de 30 personas.

Ese día, los alrededores de la iglesia Altar de Dios era el centro de atención de la Policía, cuyos agentes hicieron un despliegue espectacular d: ambulancias, socorristas, periodistas... curiosos.

Sin embargo, el trance terminó sin daños a ningún feligrés y sin haber sido disparado un solo tiro, pese a que varios periodistas fueron testigos de cómo los francotiradores pedían permiso a sus superiores para disparar a los supuestos secuestradores.

Ese hecho hizo parecer que aquella experiencia de guerrillero curtido de las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), adquirida en tantos años de combate en el mismo cerro de Guazapa, había sido olvidada por Chepe.

Desde diversas posiciones, José Mercedes e Iván se ofrecían como blanco fácil a los francotiradores.

El jueves de la semana recién pasada, El Diario de Hoy conversó con Iván y con su Dionisia, la madre de Chepe.

Dionisia es una mujer de cuerpo muy enjuto, consciente de que no le queda mucho por vivir, pero con la esperanza de que antes de que la muerte le llegue, tal vez pueda ver a su Chepe de nuevo en la casa. La anciana lleva dos años sin ver a su hijo menor.

En este punto, es Dania quien entiende más las circunstancias jurídicas por las que atraviesa su padre y que podrían derivar en su libertad, aunque sea con algunas restricciones.

En una familia con escasa o nula escolaridad, lo que Dania sí tiene claro es que desde hoy la justicia salvadoreña está cometiendo una ilegalidad con su padre, pues ya cumplió dos años de haber sido capturado y aún no se ha definido su inocencia o su culpabilidad en un juicio.

Las leyes salvadoreñas mandan que ninguna persona puede permanecer en detención provisional por más de dos años, por lo que el acusado ya debería haber sido juzgado.

En el limbo jurídico

José Mercedes Miranda cumplió ayer dos años de estar en detención provisional sin haber sido condenado por los delitos por los que fue arrestado, pero lo que se convierte en candidato a recibir libertad condicional o arresto domiciliario como ha ocurrido en otros casos en los últimos meses.

La disputa jurídica entre dos juzgados capitalinos ha hecho que, tras dos años, aún no exista una sentencia en este caso. Al menos en lo que respecta a José, porque en el caso de Iván, el menor de edad y pariente suyo, ya fue resuelto. El muchacho está libre desde noviembre anterior.

El jefe de la Unidad de Vida de la Fiscalía general de la República (FGR), en el municipio de Apopa, Víctor Marín, confirmó que el caso se encuentra "temporalmente suspendido, ya que hay un conflicto de competencia entre dos juzgados, y eso ha provocado que se encuentre engavetado en la Corte Suprema de Justicia".

Marín afirmó que el Tribunal Antimafia de San Salvador, ante el cual fue acusado Miranda, envió el caso al Juzgado 6° de Sentencia de San Salvador porque argumentó que no era un caso de crimen organizado y que por esa razón se salía de su competencia.

Al recibirlo, el Tribunal 6° de Sentencia argumentó lo mismo y lo remitió a la Corte Suprema de Justicia (CSJ).

Fuentes del órgano Judicial aseguraron a este medio que aún no se ha definido a qué juzgado le ordenarán que vea el proceso judicial en el que el imputado es Miranda.

Marín, el jefe fiscal, explicó que el Juzgado Antimafia adujo que hay una saturación de casos, mora judicial, por eso remitió el caso a un juzgado común. También explicó que penalmente el caso ha sido fundamentado y que tienen las evidencias suficientes para condenar a Miranda.

Marín indicó que hay armas decomisadas en el hecho: dos fusiles M-16. Además varios testimonios de víctimas, algunas en el programa de protección a víctimas y testigos.

El jefe fiscal agregó que Miranda es procesado por los delitos de ocupación armada de edificios, ciudades y poblados, tipificado en el artículo 6 de la Ley de Terrorismo. Además está acusado de privación de libertad y tenencia y uso ilegal de armas de fuego.

¿Desquicio mental?

Un día después de que Chepe e Iván fueran arrestados por el secuestro de los 30 evangélicos, El Diario de Hoy se desplazó al cantón Piedra Labrada, con la intención de saber quién era ese hombre que fácilmente dispuso de dos fusiles M-16 y pudo llegar hasta la iglesia donde cometería el hecho que lo llevaría a parar dos años en la cárcel y que también arrastraría consigo a un pariente cercano. Pero contrario a las expectativas, en Piedra Labrada no se encontró a un solo vecino que diera malas referencias de José Mercedes Miranda y menos del menor que lo acompañó a la iglesia.

Más bien los describieron como personas trabajadoras, como buenos vecinos que se dedicaban a trabajar sus parcelas de tierra. Sin problemas.

No faltaron otros que se preguntaran qué había llevado a Chepe a cometer tal "tontería"... Y peor, a "meter al cipote" en tan grave problema.

Algunos más cercanos, en términos de confianza, recordaron algunas pláticas, en las que había expresado su pesar por las condiciones en las que una de sus hijas, presa por un asunto de drogas, vivía en la cárcel.

Lo anterior les daba para pensar que Chepe había cometido esa "tontería" por eso. Sin embargo, a esa fecha, la hija ya estaba en una etapa en la que era beneficiada con permisos de fines de semana para ir a visitar a su familia.

Los vecinos no se equivocaron. El día que Chepe compareció a la audiencia inicial, dijo que en las cárceles había mucha injusticia, que a veces solo capturaban a las personas sin importar que en casa quedaran niños sufriendo.

Mientras tanto, allá en la cintura del cerro de Guazapa, una anciana espera ver a su hijo de regreso en casa... antes de morir.

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