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Sin pistas sobre asesino del joven que fue víctima de acto de intolerancia

Autoridades dicen que hay poca información sobre atacantes que dispararon contra el joven y su compañero, quienes iban en un microbús

Las ansias de justicia que tienen los familiares de Éver Adonay González Pérez, el joven que fue asesinado, el lunes anterior, en un acto de intolerancia, tendrán que seguir esperando.

La Policía y Fiscalía informaron ayer que aún no hay avances en la investigación para dar con el hombre que mató al joven, de 25 años, ni con los dos acompañantes del homicida.

Éver Adonay fue, cobardemente, asesinado a balazos dentro de un microbús que era manejado por un compañero de trabajo, en la avenida 29 de agosto y calle Francisco Menéndez, en el barrio Modelo, al sur de la capital.

Preliminarmente, las autoridades dijeron que el ataque se debió a que el motorista del vehículo, donde viajaba González, había detenido la marcha ante una señal obligada de alto.

El hombre se negó a avanzar, pese a la insistencia con la que el conductor de una camioneta todoterreno, que iba tras ellos, sonaba la bocina.

Ante la testadurez de los ocupantes de la camioneta, Éver Adonay sacó la mano por la ventana y les hizo un gesto, indicándoles que pasaran por encima del microbús.

Inmediatamente, el motorista que iba con el asesino hizo una maniobra y se estacionó a la par del microbús. El atacante sacó un arma calibre nueve milímetros y disparó contra los dos empleados de una empresa fumigadora.

El motorista salió ileso porque esquivó las balas, pero Éver no reaccionó, y los proyectiles le impactaron en el rostro.

Según las autoridades, los atacantes escaparon a toda marcha y en la escena no lograron recabar suficientes pistas sobre ellos ni las características del automotor.

Este acto de intransigencia fue cometido a pocos metros del puesto policial de San Jacinto. Una zona altamente asediada por la mara 18.

Otras muertes similares

Lamentablemente, El Salvador cuenta con un amplio listado de personas víctimas de intolerancia. Lo que más indignación ha causado a la población es que los ataques fueron insignificantes.

En 2010, Julio Napoleón Rodríguez Sosa, de 68, mató a su vecino, Ricardo Alfaro Monge, de 32, un capitán de la Fuerza Aérea, con quien discutió por el uso de un parqueo.

Un año después, José Alfredo Amaya Pineda, de 43 años, cabo de la Policía, fue asesinado frente a su esposa por un vigilante, dentro de una agencia bancaria, en Santa Tecla.

El incidente se debió, a que el policía le reclamó al empleado por haberle dado una bofetada a la señora tras discutir con él, porque le había sonado el teléfono dentro del local. El camino más fácil que encontró José Roberto Sibrián, de 57, para terminar la discusión, fue asesinarlo.

En otro hecho, Anaís Isabel León, de 19, le quitó la vida a cuchilladas a su hermana Verónica Lisseth, de 21, tras discutir por el préstamo de una blusa y unos zapatos. La tragedia fue en 2013, en un cantón de Concepción Quezaltepeque, Chalatenango.

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