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El viraje definitivo hacia la salida negociada

El Diario de Hoy reproduce en estas dos entregas partes textuales del libro "El Salvador, la reforma pactada", publicado en 2002 por Salvador Samayoa, uno de los principales negociadores de los Acuerdos de Paz por parte de la insurgencia salvadoreña

El impacto de la ofensiva es visible en toda la capital. Combates al norte de San Salvador.

El impacto de la ofensiva es visible en toda la capital. Combates al norte de San Salvador.

El impacto de la ofensiva es visible en toda la capital. Combates al norte de San Salvador.

La segunda oleada guerrillera en las colonias residenciales

En ese contexto de reacciones internacionales que los más sofisticados dirigentes rebeldes ponderaban a diario con avidez y minuciosidad, se produjo el 28 de noviembre, tres días después del descubrimiento de los misiles antiaéreos, la segunda incursión de unidades guerrilleras a los barrios más lujosos y exclusivos de San Salvador, en el marco de una ofensiva militar sostenida que, a esas alturas, se había prolongado ya, contra todo pronóstico, por más de dos semanas.

La nueva oleada de desplazamientos militares urbanos de la guerrilla dejó atrapadas en sus casas, en medio del fuego cruzado, a una docena de familias estadounidenses y al menos dos funcionarios de la Embajada de Estados Unidos, incluyendo un alto oficial de inteligencia y el jefe de Seguridad de la Embajada, quienes sufrieron durante varias horas la incursión de efectivos del FMLN a sus propias residencias. La guerrilla no tenía intención de atentar contra la seguridad de funcionarios o ciudadanos estadounidenses, pero el riesgo de afectación fortuita era cada vez mayor y más inevitable, porque casi todos los empleados de la Embajada tenían sus residencias en las colonias Escalón, San Benito y San Francisco, que se habían convertido en teatros de operaciones de la guerra.

El peligro era ya demasiado grande y, a pesar de los reiterados esfuerzos de diversos voceros de la Administración de Bush y del Gobierno salvadoreño para proyectar la ofensiva guerrillera como fracasada, los combates se mantenían con gran intensidad en la mitad de las cabeceras departamentales del país. No había, por tanto, indicación alguna de que la ofensiva pudiera extinguirse o controlarse rápidamente.

El fantasma de Saigón

Ante tal situación, el embajador de Estados Unidos en San Salvador recibió, el 29 de noviembre, la autorización del Departamento de Estado para la salida voluntaria del personal de la embajada y de sus familiares, en los casos en que se pudiera prescindir, temporalmente, de sus servicios. Unos 270 empleados optaron por permanecer toda la noche en las instalaciones de la Embajada. Al día siguiente, a las 12:25 p.m., la vocera de prensa del Departamento de Estado, Margaret Tutweiler, hizo una declaración sobria y factual a los periodistas congregados. La sobriedad no era su estilo habitual cuando abordaba el tema de El Salvador. Tal vez por eso, la declaración produjo un efecto de tensión y dramatismo en la prensa, aunque no fuera esa la intención.

La orden de evacuación

"El 29 de noviembre, como muchos de ustedes saben, el embajador recibió autorización para la salida voluntaria de familiares del personal de la Embajada que quisieran salir. La autorización incluye a empleados de los que se pueda prescindir y que también quieran salir. Ayer en la noche, a las 9:00 p.m., la Embajada en San Salvador comenzó a contactar a todos los americanos que pudo encontrar y les informó que se estaban preparando vuelos especiales rentados para transportar a los americanos que quisieran salir de El Salvador hacia Estados Unidos.

La Embajada tenía una lista de 18 páginas con todos los ciudadanos americanos registrados en la sección consular. Estas personas fueron llamadas. La Embajada contactó a las Cámaras Americana y Salvadoreña de Comercio, para que pasaran la voz a los empresarios estadounidenses. La Embajada contactó a las escuelas internacionales y a los grupos eclesiales para asegurarse de que su gente recibiera también el aviso. Para facilitar la salida y los espacios aéreos comerciales suplementarios, el Departamento de Estado contrató un vuelo charter de Continental, que volará a San Salvador este día, 30 de noviembre. Este vuelo acomodará a unas 252 personas y saldrá hoy de San Salvador hacia Washington D.C.

Vuelos adicionales pueden ser programados también, si la necesidad se presenta. La Embajada ha alquilado buses para ayudar a los americanos a llegar al aeropuerto. No sabemos cuántos residentes particulares van a aprovechar esta oportunidad. Estamos alentando al personal del que podemos prescindir y a sus familiares a salir del país".

Cuando la señora Tutweiler terminó su declaración y dijo que respondería con gusto a cualquier pregunta en la medida de sus capacidades, el punto central surgió de inmediato, desde la primera pregunta: "Estas precauciones parecen sugerir que el Departamento de Estado piensa que la ofensiva está lejos de su último aliento y que los combates van a continuar. ¿Es esta una previsión correcta?". Respuesta: "No sabemos si los enfrentamientos van a continuar o no. Ciertamente –obviamente– esperamos que no continúen".

La imagen en los noticieros de televisión del airbus A 300 de Continental Airlines, aterrizando en la Base Andrews de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, cerca de Washington, con 234 personas a bordo, entre funcionarios y empleados de la Embajada con sus familiares, evacuados de la ciudad capital de El Salvador, en medio del fuego cruzado entre grupos guerrilleros y tropas gubernamentales, fue realmente impactante. Al día siguiente, el 1 de diciembre, The New York Times publicó una foto grande de los empleados de la Embajada y sus familiares abordando los buses que los conducirían al Aeropuerto Internacional de El Salvador. El titular de la noticia fue, también, elocuente y dramático: "Americanos liberados después de estar sitiados en El Salvador".

No faltó quien pretendiera comparar la escena con la retirada de Saigón, que tantas y tan intensas y encontradas emociones había despertado en la población de Estados Unidos. La realidad y las imágenes, que de ella proyectaban los medios de prensa, no podían compararse en modo alguno con ese episodio traumático. Pero era innegable que la guerra de El Salvador estaba causando ya un impacto y derivando unas implicaciones internacionales que no podían seguirse soslayando.

El Salvador en la cumbre de Malta

En ese preciso momento, se producía la reunión cumbre de las dos superpotencias en la isla de Malta. The New York Times reportó que el presidente Bush parecía haber asumido, durante la reunión, un tono más suave que el de otros funcionarios de su Administración en relación con la conducta soviética en los conflictos regionales. En parte, porque no quería abrir espacios a la demanda de un quid pro quo en relación con el armamento que Estados Unidos suministraba a Afganistán, en el patio trasero de la Unión Soviética y, en parte, por la convicción de que la conducta soviética ya había conducido a resultados de alivio de los conflictos regionales en otros lugares, el presidente Bush optó por un enfoque constructivo en el tratamiento del problema centroamericano con su homólogo soviético. En este tema, el resultado de la cumbre fue un entendimiento para impulsar, de manera conjunta, una solución política a los conflictos en Centroamérica.

Así, en sólo tres semanas, desde el inicio de la ofensiva militar del FMLN el 11 de noviembre hasta el desarrollo de la cumbre de Malta, el 2 de diciembre, se produjeron, de manera vertiginosa acontecimientos de gran importancia y de gran impacto público, que situaron el conflicto salvadoreño en un plano de repercusiones internacionales innegables. Este giro abrupto de los acontecimientos constituyó la base política y el principio de validez jurídica para las actuaciones del secretario general de Naciones Unidas, en relación con el caso salvadoreño, aun cuando ese principio de validez no se hubiera traducido todavía, en mandato expreso y formal del Consejo de Seguridad, y aun cuando la viabilidad de la aventura diplomática de Naciones Unidas en El Salvador estuviera todavía por construirse.

Entra en escena Naciones Unidas

En las páginas iniciales de este capítulo, nos preguntamos cuándo, cómo y por qué había decidido involucrarse el secretario general, si no tenía precedentes claros, ni mandato, ni voluntad expresa de las partes en conflicto y la guerra no estaba dando, por añadidura, indicios consistentes de potencial afectación a la paz internacional.

Pues bien, fue este último aspecto el primero en cambiar. Pero era el más importante –en teoría, al menos– desde el punto de vista de la racionalidad jurídica y política en la que podía sustentarse una participación de Naciones Unidas. La ofensiva militar del FMLN, por estremecedora que fuera, seguía dejando el conflicto circunscrito en un plano geográfico y político estrictamente interno. Su implicación internacional habría sido gravísima en una consideración geoestratégica, ciertamente, pero solo si el FMLN hubiera demostrado una posibilidad más inminente de tomar el poder por esa vía. El asesinato de los jesuitas acarreó una conmoción internacional considerable, pero todavía situada en un plano moral y humanitario, aunque generó debates, como el de la suspensión de la ayuda militar a El Salvador, que ya se situaban en el terreno de la política internacional. Ambos hechos produjeron, indudablemente, un incremento cuantitativo y cualitativo en la atención de la comunidad internacional al conflicto salvadoreño, pero no eran todavía base suficiente para la participación de Naciones Unidas en el auspicio de una solución global al conflicto.

En ese sentido, la crisis del Sheraton, el episodio de las armas antiaéreas con su potencial afectación del curso de la guerra, la consecuente ruptura de relaciones entre El Salvador y Nicaragua, con petición expresa de que el problema fuera abordado en el Consejo de Seguridad, las fricciones diplomáticas entre Estados Unidos y la Unión Soviética por razón de ese mismo episodio, y la situación crítica y posterior evacuación de ciudadanos y personal de la Embajada de Estados Unidos fueron los factores que, de manera más evidente y directa, abrieron la ranura histórica por la que se coló la idea de los auspicios de Pérez de Cuéllar para unas negociaciones que pusieran término a la guerra civil en El Salvador.

Fue esta, también, la situación inmediata en la que Estados Unidos y la Unión Soviética, ambos miembros permanentes del Consejo de Seguridad, decidieron, en Malta, realizar esfuerzos conjuntos para buscar una salida al conflicto, aunque no pretendieron delinear el tipo de solución o la modalidad de negociaciones que era necesaria implementar. Y fue ese también el contexto inmediato de la reunión que los representantes del FMLN realizaron el 6 de diciembre, en Montreal, con Álvaro De Soto, en la que surgieron los primeros perfiles generales de lo que sería la operación diplomática más exitosa de Naciones Unidas en un largo periodo.

A partir de este momento, Pérez de Cuéllar pudo contar con una relevancia internacional demostrada por el giro del conflicto salvadoreño y con un cambio de luz roja a luz amarilla intermitente por parte de los miembros más poderosos y decisivos del Consejo de Seguridad.

Epílogo

Decidimos reproducir estas páginas para que el lector contemporáneo, incluyendo la nueva generación que no vivió estos capítulos de nuestra historia, también pueda entender cómo la guerra, precisamente en el momento de su máxima expresión, produjo una ventana de oportunidad para la paz. Consideramos importante que los salvadoreños tengan acceso a este capítulo del libro de Salvador Samayoa, que narra el camino de la guerra a la paz.

Ya sabemos cómo terminó esta historia: Naciones Unidas asume la mediación y en tres años de complejas negociaciones, llegan a Acuerdos que permiten que, el 31 de diciembre de 1991, el gobierno del presidente Alfredo Cristiani y la Comandancia del insurgente firman un cese al fuego definitivo. El 16 de enero de 1992 se firma la paz en el castillo de Chapultepec, en la capital mexicana, y a partir de esta fecha estamos construyendo un país sin militarismo, sin represión, sin violencia política, con libertad de expresión y organización y con un sistema de pluralismo político. Falta mucho por hacer en esta construcción, pero será más fácil si todos entendemos cómo llegamos a este nuevo capítulo. (Paolo Lüers)

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