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Un programa que merece mejorar

Para las personas que día a día se encargan de echar a andar el programa del Refrigerio Escolar, aun existen muchas debilidades que requieren de un apoyo superior para poder mejorar su desarrollo. 

Refrigerio escolar

Ana Mirian García (blusa roja) prepara los alimentos en el Centro Escolar de Jujutla, Ahuachapán. | Foto por Mauricio Cáceres

Ana Mirian García (blusa roja) prepara los alimentos en el Centro Escolar de Jujutla, Ahuachapán.

Para muchas escuelas públicas, el anuncio del Ministerio de Educación de que comenzarían a recibir sacos de arroz, frijoles y leche para los estudiantes fue bienvenido. El problema llegó en el momento en que lo recibieron y tuvieron que hacer sacrificios de espacio para poder almacenar los insumos en un lugar seguro. 

La cocina también fue un problema frecuente, aunque algunas escuelas sí contaban con una cocina o con un espacio para instalarla, en otras tuvieron que improvisar hasta con pequeñas cocinas de leña. 

“Cuando empezamos no teníamos nada, nada. Ni de parte del  Ministerio de Educación no nos habían provisto lo necesario. Tuvimos que tomar un espacio que es propiamente de los estudiantes, donde tenemos la cocina. Nos hace falta cocina, implementos de cocina como ollas, cacerolas”, expuso el director del Instituto Nacional de Antiguo Cuscatlán, Víctor Hugo Flores. 

Además de la falta de utensilios, que se ha logrado suplir con la ayuda de padres o de docentes, en la mayoría de las escuelas se enfrentan a la falta de fondos para implementar el refrigerio. 

Las escuelas no pueden utilizar solo los ingredientes que les entrega el Gobierno, al poco tiempo la monotonía de arroz con frijoles aburre a los niños, así que los encargados buscan varias el menú. Pero para ello requieren de otros ingredientes que cuestan dinero. 

Hay escuelas como, el Complejo Educativo de Talnique en la que los padres están dispuestos a apoyar con un par de dólares o los alumnos llevan insumos como tomates, cebolla, guineos. Pero hay casos en los que el apoyo de los padres y alumnos no es suficiente, por lo que los docentes deben pagar de su propio bolsillo, como en el Centro Escolar Walter Thilo Deininger de Antiguo Cuscatlán. 

"No hay día que no me toque comprar algo, me vienen a decir que no hay sal, canela, pimienta, fresa. Yo no les digo no, sé que ese dinero cuando vuelva el CDE (Consejo Directivo Escolar) me lo van a devolver", expuso Aracely Chacón, maestra encargada del refrigerio escolar. En su centro los problemas entre docentes y la dirección también han entorpecido el programa, debido a diferencias entre el personal casi nadie está dispuesto a apoyar las labores para entregar el refrigerio. 

En muchos casos las mismas precarias condiciones de las escuelas son las que limitan al programa. Hay escuelas  que ya enfrentan sobre población de sus alumnos que no contaban con espacios para una bodega o para una cocina.

Por ello, pequeñas escuelas como el Centro Escolar La Danta, de Santiago de la Frontera, han tomado la opción de entregar pequeñas cantidades de los ingredientes a las madres encargadas de hacer la comida para que lleven los alimentos el día que les toca. 

En las escuelas hay disposición de continuar el programa, pero también piden el apoyo del Mined para ayudarles a mejorar lo que hace falta, principalmente para enriquecer la dieta de los niños y niñas.

“Yo pienso que si las cosas están bien tienen que mejorarse, vino el refrigerio nos ha ayudado y todo, pero si hubiera una partida como para pagara a una señora que nos dé permanente o para otros  ingredientes van a mejorar la alimentación en las escuelas”, comentó Juan Aníbal Sandoval, director del Complejo Educativo de Santiago de la Frontera

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