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Crónica

9 minutos en el Sitramss

Tipo 5:45 de la tarde me decidí a dejar el carro en el parqueo de la oficina y probar de una vez por todas lo que era viajar en el tan controvertido Sitramss. Pedí prestada una tarjeta por si no alcanzaba a comprarla y caminé hasta la terminal del parque Centenario.

Cuatro soldados encapuchados y bien armados a la entrada no solo me inspiraron confianza de sacar mi teléfono y hacer videos, sino que también me sentí seguro.

En eso pasaba un bus de la ruta 7 que normalmente me llevaría a casa por tan solo $0.20, sin usar otro transporte y caminar lo mínimo; pero ya había pagado el dólar de mi propia tarjeta y usado $0.33 de la que llevaba.

“Usar el Sitramss significa que renuncie a la Coca Cola”, me había dicho temprano un amigo, aludiendo a que él gasta de pasaje a penas $0.40 para ir y venir de casa a su trabajo.

Subí al bus a las 6:05 de la tarde. Iba lleno, pero noté a la gente a gusto, tranquila y relajada tanto los que estaban sentados como los que iban parados. Una de las dos pantallas adentro proyectaban un video con la canción “El Cóndor Pasa”.

Iba en ruta a la terminal de Soyapango y cuando entramos al bulevar del Ejército no sé si me dieron ganas de reír o llorar al ver la trabazón que se estaba formando en el carril derecho. Un carril que suelo usar amargado.

Llegamos a las 6:14 de la tarde. En 9 minutos desde que me subí en el parque hasta Plaza Mundo, mi dulce experiencia había terminado.

La parada del centro comercial, las pasarelas de la zona y el tráfico explotaban. Pasé del cielo al infierno. Y como la ruta 7 no pasaba por el bulevar, caminé hasta el centro de Soyapango. A eso de las 7 de la noche cuando me disponía a caminar a casa, venía al fin mi bus y subí.

Guardé el celular, me invadió la inseguridad y el bullicio me hizo despertar de mi sueño. El motorista llevaba un reguetón pegajoso, aunque se le notaba exhausto.

“Casi 3 horas llevo en este viaje desde que salí del punto. Como que para San Miguel fuera. Para San Miguel me tardo 2 horas no más”, se quejó conmigo.

Le comenté que el nuevo sistema de transporte era más directo. “A ese lo único que lo detiene son los semáforos”, me comentó. Y le creo, al Sitramss ya no lo para nadie.

“Usar el Sitramss significa que renuncie a la Coca Cola”, me había dicho temprano un amigo, aludiendo a que él gasta de pasaje a penas $0.40 para ir y venir de casa a su trabajo.
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