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Una casa para Funes sugieren varios ciudadanos

A partir del uno de junio, la historia juzgará este período, que está muy, pero muy lejos de ser la etapa de mayor progreso y decencia que haya vivido El Salvador

Que el Estado alquile una casa para el ahora presidente Funes y su mujer sugieren lectores, en vista de que antes de ser candidato carecía de vivienda propia, lo que, con su salario de cinco mil dólares mensuales y los gastos que el cargo acarrea, es imposible que haya podido adquirir una casa para su retiro.

Y en esto hay una medida de justicia, pues los expresidentes no reciben pensión del Estado y, con frecuencia, durante su mandato gastan más de su patrimonio de lo que ingresan; a un presidente saliente no lo socorren padrinos al igual que a los entrantes, como fue el caso de Funes con Salume.

Salume, como se ha revelado, puso a disposición de Funes y se dice que para su campaña política, tres millones de dólares y una gran residencia y flota de vehículos.

Durante los cinco años en la presidencia, Funes recibió como salario un total de trescientos mil dólares, suma con la que difícilmente puede comprar una vivienda de cierta categoría. A ello se agrega que un presidente nunca tiene empleos adicionales, pues eso se prestaría a manipulaciones que estamos seguros él rechazaría.

Funes mismo, en un video grabado cuando era candidato, censuró fuertemente que algunos ministros y funcionarios del gobierno de Saca tuvieran estilos de vida y vivieran en residencias que no tenían antes de sus desempeños, pasar milagrosamente de la modestia a la opulencia.

Pese a las buenas intenciones, nunca estuvo peor el país

Varias personas nos aseguran que Funes no vio la presidencia como un negocio o una gran pachanga, sino como la oportunidad de poner en práctica lo que predicó durante los años que ejerció de criticador: honestidad en el manejo de la cosa pública, no incrementar el endeudamiento del Estado (a lo que hasta el 2009 el partido rojo se opuso tenazmente), transparencia en el gasto, combatir el nepotismo.

Las críticas de esos años trazaron una hoja de ruta para el candidato Funes: transparencia y responsabilidad, "nada de andar con una alcancía y llenarla con los remanentes de presupuestos", nada de favorecer a favoritos financiándoles negocios millonarios, nada de despilfarros, nada de tolerar prácticas corruptas.

Los presidentes, por razones obvias, no pueden gestionar negocios ni recibir comisiones por contratos que propicien, aunque esos dineros se los entreguen en sus días de descanso o los abonen a cuentas en el exterior.

A partir del uno de junio, la historia juzgará este período, que está muy, pero muy lejos de ser la etapa de mayor progreso y decencia que haya vivido El Salvador.

Es una lástima que por la fuerza de las circunstancias, en lugar de estar al cierre de una presidencia que engrandeciera al país, que potenciara su economía, que fortaleciera la seguridad jurídica y la interna, que lograra atraer abundantes inversiones, hayamos caído en todos los índices imaginables, menos el de homicidios y violencia, que se han incrementado.

Sin duda de buenas intenciones como las que predicó Funes hace cinco años, "está pavimentado el camino al infierno", el de los despilfarros y la corrupción desbordadas.