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Ucrania mira a Occidente pero tiene nexos con Oriente

Yanukovich es pro ruso, estaba en China cuando iniciaron las protestas, no interrumpió el viaje y vuelve cuando la situación política parece haberse salido de las manos

Una muchedumbre se reunió en la Plaza Independencia, de Kiev, en Ucrania, exigiendo la renuncia del presidente Yanukovich por no firmar acuerdos comerciales y económicos con la Unión Europea, manifestación que terminó echando abajo la estatua de Lenín, la cual destruyeron a golpes de almágana.

La estatua, una las pocas que quedaban en Ucrania ya que el resto han sido retiradas de plazas y calles o también demolidas, se veía como un símbolo de la desmedida influencia rusa en el país, un recordatorio de las depredaciones y barbaridades perpetradas por la extinta Unión Soviética en Ucrania a lo largo de décadas.

Ucrania se divide en dos regiones, una de rusófilos y otra de pobladores que se identifican con Europa y el Occidente.

Yanukovich es pro ruso, estaba en China cuando iniciaron las protestas, no interrumpió el viaje y vuelve cuando la situación política parece haberse salido de las manos, ya que la opción de sacar tropa para disolver marchas y manifestaciones no es realista.

La postura del actual gobierno ucranio tiene una medida de lógica, pues cortar de golpe la relación con Rusia, una dependencia de casi un siglo, causaría serios desajustes comerciales y económicos, los que una nueva alianza no reemplaza de inmediato.

Mientras lo uno se construye y lo otro se desfasa, Ucrania puede sufrir un serio descenso en su bienestar lo que llevaría, a corto plazo, a nuevos desórdenes, como los que están sufriendo los griegos por otras causas.

Y parte del problema es el control de los yacimientos de gas natural de Ucrania, que los rusos manejan en su beneficio y a lo que, difícilmente, querrán renunciar.

Echan abajo la estatua de Lenín

como el símbolo de la opresión

Por otra parte, es natural que los ucranios con la cabeza en su puesto miren hacia el Oeste, a la vigencia de la democracia, de economías libres, de respeto a los derechos humanos y a las instituciones, tradiciones y leyes que garantizan la libertad individual, el derecho de cada uno a buscar por sí mismo su progreso.

Y en esto se contrapone el largo historial de despotismos y persecuciones de los países del Este, donde prevalecen dictaduras, con las libertades de Occidente. Es más que explicable que, visto todo de cara al futuro, Ucrania como otros pueblos asiáticos, quieran liberarse del yugo de ideologías y religiones descabelladas, de viejas esclavitudes y de milenarios odios.

Nadie en Ucrania, es seguro, quiere estar en un mundo donde florecen esquemas monstruosos de servidumbre como el de Corea del Norte, el puro ejemplo de sociedad comunista, o ser parte de la cadena de estados islámicos fundamentalistas que imponen sobre sus súbditos maneras de vida de hace mil quinientos años.

Echar abajo la estatua de Lenín, como los iraquíes derrumbaron la de Sadam Hussein, reviste un profundo significado. Con la destrucción de la estatua se borra en parte el oprobioso pasado que les tocó vivir a los ucranios, ser siervos de mesianismos enloquecidos. No en vano el premio nóbel, Bertrand Russel, dijo que Lenín era la persona más malvada que había conocido en su vida, y por malvado levantó un imperio de opresión, de tiros en la nuca, de cárceles infernales, de mordazas absolutas.

Está por verse el epílogo, pero así como se cae en los infiernos sin remedio, también sin remedio hay triunfos de las libertades.