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El techo de la escuela, el gran drama nacional

"No hay opción preferencial por los pobres, por la salud, por la educación, por el desarrollo", porque la opción preferencial es por las hordas de activistas políticos, de mantenidos que nada aportan a las instituciones

Panorámica del techo del centro escolar Florinda B. González, en el cantón Primavera, Santa Ana. Foto EDH /Cristian Díaz

Panorámica del techo del centro escolar Florinda B. González, en el cantón Primavera, Santa Ana. Foto EDH /Cristian Díaz

Panorámica del techo del centro escolar Florinda B. González, en el cantón Primavera, Santa Ana. Foto EDH /Cristian Díaz

la derecha de esta nota pueden nuestros lectores ver la fotografía del techo del centro escolar Florinda B. de González, de Santa Ana, aunque llamarle "techo" es estirar el concepto a sus límites extremos: nadie puede guarecerse de la lluvia o inclusive del sol y de los vientos, debajo de láminas rotas, de hoyos simbólicamente tan grandes como el de El Chaparral, de lo que está sostenido por milagro pero que, en cualquier momento, puede venirse abajo y lesionar a niños y maestros.

Ese es el drama de la escuela salvadoreña: en lugar de ocuparse en renovar construcciones, adecuar servicios sanitarios, dar seguridad a las aulas y, desde luego, reemplazar techos, puertas, paredes y muros ruinosos, la gran ocurrencia de Funes fue repartir zapatos, uniformes y vasos de leche, los que además se entregaban a destiempo y sin pagar a talleres y artesanos que los elaboraron.

Idílicamente, las escuelas, en sus primeros tiempos, eran grupos de niños alrededor de un maestro y bajo un frondoso árbol. Aristóteles, como su antecesor Sócrates, tenían como campus las calles y los mercados de Atenas, donde iban y venían aguijoneando a quienes encontraban en su esfuerzo por llegar a la verdad…

Pero los alcances de las escuelas contemporáneas demandan complejas estructuras acordes con la diversidad, profundidad y exigencia de los conocimientos que se busca transmitir a los educandos, de las necesidades de los estudiantes y sus familias, de los anhelos y requerimientos de las comunidades y los países en los cuales se desarrolla esa labor.

Los estudiantes deben tener donde sentarse, estar separados de otros grupos, contar con pizarrones, leer sus textos, usar servicios, tomar agua, jugar en los recreos, estar aislados y protegidos de calles y barrancos, guardar auxiliares didácticos como computadoras o proyectores, tener luz, ventilación y, como es natural, contar con un techo que los proteja de las inclemencias atmosféricas.

Y eso es, precisamente, como pueden nuestros lectores verlo en la imagen adjunta, lo que falta en el centro escolar Florinda B. González, de Santa Ana y en cientos de otros centros escolares en todo el país, como exponemos en nuestra edición de hoy en las páginas 54 y 55.

A cinco meses de finalizar el año lectivo, las escuelas no han recibido el bono de calidad, están en problemas para pagar servicios, se han cortado las conexiones a la Internet en los centros donde se imparte computación, tienen sus sanitarios en estado calamitoso, se ven acosadas por las pandillas…

Opción preferencial por las hordas

de mantenidos del partido

El otro lado de la moneda son los treinta mil empleos que se han montado para mantener activistas del partido oficial, un gasto innecesario que tiene un costo de alrededor de trescientos millones de dólares, dineros que hacen falta para escuelas, para medicinas, para adecuar centros de salud, para que no haya pacientes durmiendo en el suelo ni personas con cáncer que tienen que esperar meses para que los intervengan y cuando por lo general es ya muy tarde para salvarlos.

Aquí vale lo de "no hay opción preferencial por los pobres, por la salud, por la educación, por el desarrollo", porque la opción preferencial es por las hordas de activistas políticos, de mantenidos que nada aportan a las instituciones pero que estorban, retrasan y exigen.

El techo del centro escolar Florinda B. de González retrata la gestión de Funes y el estado en que su régimen dejó al país.