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Son días para la familia y para recordar al que sufre

Son días en que debemos acercarnos a las personas y familias martirizadas por una demencial violencia, un horror que en este país arranca con la guerra que se desató desde los años 70 y que ha ido extendiéndose y profundizándose

Estas fiestas decembrinas, que inician la víspera de Navidad y terminan el Día de Reyes, son la quincena de la familia, fechas que es propio celebrar cerca de los seres queridos, sean parientes, amigos y las personas estimables que conocemos.

Son días en que, siguiendo una vieja frase, hay que renovar el “temor a Dios”, lo que es distinto del temor que algunos le tienen a la sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia --más que temor, es terror-- sino temor a la mala conciencia, a malos actos, a no cumplir con principios morales, a desobedecer los mandatos de Nuestro Señor.

Dios está en todas partes: en el corazón de cada persona de bien, en la inocencia de los niños, en los altares cristianos, en las iglesias ortodoxas y los templos budistas, el Dios de los filósofos y el Dios de los creyentes como habría dicho Pascal, el iluminado pensador francés.

Son días en que debemos acercarnos a las personas y familias martirizadas por una demencial violencia, un horror que en este país arranca con la guerra que se desató desde los años 70 y que ha ido extendiéndose y profundizándose.

Recordemos a “Mamá Chunga”, a la exreina de belleza de Atiquizaya, al joven bachiller que fue muerto al día siguiente de su graduación, a los perseguidos políticos por los comunistas, a la joven madre que fue en un taxi para no regresar, al profesor de computación de la Gamboa, al muchachito de seis años asesinado en San Cayetano Istepeque.

Y pensemos en qué forma puede, cada uno de nosotros, contribuir a bajar los odios y la violencia, a sosegar mentes y corazones.

Pensemos en los niños que sufren toda clase de iniquidades y se juegan la vida para reunirse con sus padres fuera del país, como los que han tenido que dejar sus casas, barrios y comunidades a causa del acoso de las pandillas.
 

Cada quién debe contribuir a lograr la armonía general

Se dice que nunca es la noche más oscura que en las horas que preceden el alba, “la aurora de sonrosados dedos” que cantaba Homero y lo que es siempre una posibilidad hasta para los pueblos que van hundiéndose más y más en la barbarie.

La receta usual es “reforzar la educación”, aunque más de alguien puede pensar que eso es dejar para un lejano futuro, “cuando todos estemos muertos”, como decía Keynes, lograr la paz y la armonía general, como prevalece en las sociedades libres de Occidente y las asentadas democracias de Oriente.

Pero hay mucho que educa a los niños (como cuando en compañía de sus padres repasan lo estudiado en esa semana o los pasados meses) que también es de provecho para los padres, que al mismo tiempo renuevan lo que en su infancia aprendieron.

Y a esto se suma la riqueza de contenidos en programas educativos, sean geográficos, históricos, sobre costumbres de otros pueblos o que enseñan desde cocinar y simples artesanías hasta cómo reparar utensilios o incluso desperfectos automovilísticos. Y los diarios y revistas en este país y el mundo están llenos de enseñanza, comenzando por el hábito de leer.

Lo esencial es no quedarse estático, sino avanzar en algo que sea distinto de las rancheras o los deportes, tanto de parte de los adultos como de parte de los niños.