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Se solidarizan con déspotas por llevar camisa roja

Si los repartos solucionaran la condición humana, Cuba y Venezuela serían paraísos de prosperidad, no los desastres que son pero que los fanáticos simplemente no quieren reconocer

Indistintamente de lo que hagan, de sus fracasos, de su opresión o de algún pasajero logro, los comunistas salvadoreños siempre se solidarizan con los regímenes más oprobiosos del mundo. Y esta vez su amor se vuelca para respaldar a Rafael Correa, demagogo, opresor que en estos momentos ha provocado una repulsa general por sus nuevos intentos de "repartir la riqueza".

Pero la riqueza no se puede repartir, como no se puede repartir la capacidad, la diligencia, las dotes artísticas, la belleza física o la carencia de habilidades.

Hay "repartos de la riqueza" que no son más que la distribución de un botín, como cuando una banda de extorsionistas entrega a cada bandolero la parte que le corresponde por las fechorías que perpetran.

Los enriquecimientos de los sandinistas, que incluyen la mansión en que viven Ortega y la Murillo, se califican de robo, no de reparto. Y los ostentosos despliegues de dinero, aviones, yates y etcétera de las hijas de Chávez y de Diosdado Cabello, a quien vinculan con el narcotráfico, son lo mismo. Se quita a unos para repartirlo entre los más vivos.

Quitar a unos para dar a otros, a lo Robin Hood, no mejora la situación general de un país, como se viene demostrando en todas la dictaduras rojas. Y aquí esa práctica reviste modalidades repugnantes, como cuando se despide a médicos, oficinistas, profesionales, gente de larga trayectoria, para nombrar en esos puestos a parientes y amigotes.

El caso más reciente, ganado por una señora que laboró veinte años en Fenadesal y a quien quitaron sin otra causa que no ser roja, es lo característico ahora en el país.

La obsesión con los hipotéticos repartos de la riqueza —una obsesión derivada de complejos sociales y personales— pierde de vista lo que debe ser esencial en una nación: no repartir sino incrementar, no caerle encima a lo ajeno sino coordinar esfuerzos para que haya más prosperidad, más empleo, más seguridad.

No se trata de robar pescado sino de enseñar a pescar

Y la presente situación en El Salvador ilustra lo errado de políticas revanchistas, ciegas, surgidas de la ignorancia de cómo es que operan las cadenas de producción.

Si los repartos solucionaran la condición humana, Cuba y Venezuela serían paraísos de prosperidad, no los desastres que son pero que los fanáticos simplemente no quieren reconocer.

Van a La Habana y les parece que llegan al paraíso pese a la ruina en que está; van a Caracas y piensan que es sano que la gente pase horas en fila para conseguir un poco de aceite comestible. Se llenan la boca hablando del pueblo pero no acuerpan las manifestaciones en contra de los déspotas que pretenden perpetuarse en el poder, como quiso Chávez antes que la parca acarreara con él.

La ceguera del fanatismo es peor que la ceguera física. "Darse una vuelta" por las calles de Panamá, de San José, de Colombia, debería ser suficiente para cobrar conciencia del daño que los populismos de los últimos diez años han causado a nuestro país, plagado por la violencia y por la incapacidad de quienes tienen en sus manos la seguridad pública.

Y el desastre se manifiesta en la recesión económica, en la falta de empleo, en el caos urbano, en un puerto en abandono, en la precipitada baja de las inversiones.

La sabiduría no es robar pescado ajeno, sino que otros aprendan a pescar.