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Setenta años desde el horror de Hiroshima y Nagasaki

El horror se asemeja pero en una mayor dimensión a lo sucedido en Chernobyl, la central atómica rusa que falló y estuvo a punto devastar a media Europa

Este seis de agosto se cumplen setenta años desde que el ejército estadounidense lanzó una bomba atómica sobre Hiroshima, destruyendo totalmente la ciudad y causando más de 166 mil muertos, además de un número no establecido de heridos y personas que perecieron más tarde a causa de las radiaciones.

El pretexto para lanzar el artefacto fue que en esa forma se salvarían muchas vidas de soldados norteamericanos, aunque nadie aclara las razones de hacerla estallar sobre una ciudad habitada y no en un despoblado, lo que habría producido un igual efecto: la rendición inmediata del Japón y el cese de hostilidades.

Tres días más tarde y pese a que diplomáticos japoneses manifestaron a la representación estadounidense en Suiza su inmediata rendición, una segunda bomba aniquiló a Nagasaki, con otro espantoso saldo: 80,000 muertos.

Y según se ha dicho, el general encargado del Proyecto Manhattan, Leslie Groves, tenía ordenado un tercer ataque, esta vez sobre Kyoto, la Florencia nipona.

Reconstruir parte de esa espantosa tragedia es la tarea que se ha impuesto la profesora Silvia Lidia González, de la Universidad de Estudios Internacionales de Kanda (KUIS), que desde hace años investiga lo que ha permanecido bajo siete llaves tanto por disposición de los norteamericanos como de los japoneses
.
Muy pocos, dice la profesora González, quieren hablar del tema y los más censurados son las casi ciento ochenta mil personas que continúan sufriendo los efectos de las radiaciones sobre su salud.

Este colectivo, los “hibakusha”, afirma la profesora, está silenciado y es poco lo que se les permite decir sobre su condición y los padecimientos que tienen. “Se les trata como apestados” y son víctimas no sólo de la bomba, sino de la censura orquestada, tanto de parte de los estadounidenses y desde el momento en que el general McArthur asumió el rol de Shogun (el personaje más poderoso a lo largo de la historia japonesa, incluso sobre la Casa Imperial), sino por los mismos japoneses.

Son muchas las presiones para impedir que el holocausto atómico se exponga en su plena dimensión.

En los momentos inesperados ataca el lobo humano  
                                             
El horror se asemeja pero en una mayor dimensión a lo sucedido en Chernobyl, la central atómica rusa que falló y estuvo a punto devastar a media Europa, o con el incidente en la central japonesa accidentada, la de Fukushima Daiichi, que ha contaminado extensas áreas en su entorno.

Y ello tiende una sombra siniestra, dice la profesora González, sobre el uso de la energía atómica y más cuando no se realiza por potencias científicas y tecnológicas de primer nivel, como digamos, los franceses. Y de allí la alarma que ha provocado el pacto entre Estados Unidos e Irán sobre uso de energía atómica al facultar a una nación enloquecida de odios y supersticiones proseguir con el desarrollo de instalaciones y armas.

Hiroshima fue parte de obsesiones bélicas que son ahora cosa del pasado en Occidente pero que han rebrotado en el Medio Oriente con el ISIS.

Hiroshima es una tragedia de dimensiones pavorosas que se iguala con la destrucción de Alemania cuando estaba vencida; son señales de una especie de demencia humana que en los momentos más inesperados reviven, lo que mueve al Boko Haram, las ejecuciones de rehenes y las matanzas perpetradas por pandilleros en nuestro ensangrentado suelo.