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Reviviendo en Europa el peligro de la intolerancia

Sin así quererlo, Europa, al igual que muchos países dispuestos a recibir a fugitivos del Levante y Siria, está abriendo su casa a contingentes entre los que se encuentran muchos que comparten  los odios y la ciega intolerancia

La invasión de fugitivos sirios a Europa presenta muchos retos, desde los puramente humanitarios que es acoger a perseguidos que temen por sus vidas, hasta el hecho de que entre esos contingentes humanos se infiltren grupos e individuos que pretendan revivir el antisemitismo y el terror.

    Europa, o el mundo, puede acoger, sin poner en grave riesgo su identidad, a practicantes de mil religiones y sectas, se trate de budistas, cristianos ortodoxos, sikhs, testigos de Jehová y principalmente creyentes cristianos, los grupos que ahora están siendo perseguidos y asesinados en el Medio Oriente por musulmanes enloquecidos.

En todo grupo y sociedad la mayoría son personas de paz, gente que no le desea mal a nadie y que busca entendimientos con quienes entra en contacto. Y los musulmanes no son una excepción, con la salvedad de que es una nación secuestrada por predicadores radicales que pretenden ser la voz de Dios y que para sus fines políticos y personales han montado un esquema que doblega voluntades, promueve la violencia, esclaviza a la mujer y ha declarado la guerra a “los infieles” que es el resto de la humanidad, todos nosotros.

Sin así quererlo, Europa, al igual que muchos países dispuestos a recibir a fugitivos del Levante y Siria, está abriendo su casa a contingentes entre los que se encuentran muchos que comparten  los odios y la ciega intolerancia.

El fundamentalismo musulmán se basa, como una premisa de hierro, en el control de lo que los hombres piensan, expresan, hacen, aspiran y desean.

Y para apagar lo que pueda remover las aguas estancadas de esas sociedades autocráticas y casi inmovilizadas, machacan permanentemente a sus pueblos con interminables ritos y prácticas religiosas.

Nadie espera que grupos de budistas, de evangélicos o de sikhs prediquen una guerra de exterminio contra nadie, que estén instando a sus comunidades en Francia o Corea a perpetrar actos de terrorismo, como continuamente hacen predicadores jihadistas. 

Y esa permanente amenaza se ha advertido por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, que temen que esté fraguándose un horror como el del once de septiembre.
 

Es muy difícil comprender
lo que enloquece a radicales 
  

 Los despotismos del Siglo XX, como los soviéticos en la era estaliniana, impusieron cerrojos hasta a la expresión artística: se pintaba, componía música, hacía arquitectura pero ajustándose estrictamente a la línea obtusa y muerta del partido en el poder. Entre los radicales islámicos se va más lejos: es casi prohibida la representación de los seres vivos, por lo que en sus mezquitas hay únicamente largos versículos del Corán en los muros y arabescos de decoración.

Como el mundo musulmán carece de artes plásticas, pintura y escultura, sus masas de adeptos no han sido educadas para apreciarlo, para “verlo” en un sentido intelectual y espiritual. Y al no entender ese arte, caen en la barbarie de destruirlo, como los del ISIS con el templo/santuario de Jonás y los talibanes con los budas de Kandahar.

 Cualquier persona medianamente civilizada se estremece al pensar lo que estas huestes de enloquecidos harían en Chartres con sus vitrales o en el Vaticano con los frescos de la Capilla Sixtina, repitiendo la desecracion en la Santa Sofía de Estambul.

Son incomprensibles para la gente civilizada y racional los odios y la ceguera de los fundamentalistas musulmanes y de los comunistas en nuestra pobre América.