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¿Quién fabrica un lápiz? ¡El mundo entero!

En el libre mercado nadie compra o vende por la fuerza o porque no le queda otro remedio. Siempre hay alternativas y cualquier persona encuentra marcas distintas de camisas, empresas que venden celulares

¿Quién sabe cómo fabricar un lápiz? La pregunta fue desarrollada por un ya desaparecido economista, Leonard Read, quien dio una simple respuesta: nadie sabe cómo se hace un lápiz. No lo sabe porque su elaboración involucra a una casi infinidad de individuos, desde mineros de carbón, agricultores en el sur de Asia, petroleros y hasta fabricantes de máquinas, transportistas y los que al final de una línea de montaje ven los flamantes lápices salir por miles de miles.

Igual sucede, nos dice un escritor del New York Times, con los iPods que produce la firma Apple: son miles de empresas las que participan en fabricar los componentes del maravilloso, milagroso aparatito, desde la empresa japonesa Toshiba que hace los discos duros, hasta fabricantes taiwaneses de circuitos. Ese colosal engranaje de ingenieros, productores, diseñadores, transportistas, etcétera, son coordinados por el mercado para que al final muchos de nosotros podamos llevar, en el bolsillo, más música y audios de lo que jamás oyó un ser humano hasta casi finales del Siglo XX.

Para la mayoría de salvadoreños, cómo se elaboran pupusas y se cosechan frijoles es de lo más simple, hasta que comienzan a pensar en la cadena de producción, que incluye transportistas y gasolineros, los fundidores de las cocinas, los alfareros, leñadores y carboneros, etcétera, los que se cuentan por cientos o miles. El irresoluble problema de las economías regimentadas es no poder coordinar el enorme rompecabezas económico para que las partes encajen nítidamente unas con otras, como sucede en la economía libre, la de mercado, la liberal. No hay un funcionario (y no puede haberlo sin caer en los problemas propios de los manicomios) que sincronice a productores, compradores, transportistas, comerciantes y todo ese mundo de gente de trabajo, para que muy temprano de la mañana lleguen alimentos y artículos a mercados y supermercados sin que nada esté de más; se abastece lo justo para satisfacer las demandas de la población, sin que una mañana sobren tomates y pescado mientras en la otra falten.

Hay que defender nuestra libertad

y nuestros mercados

Los puestos en los mercados e inclusive en la calle, demuestran lo dinámico de la economía: se ofrecen cientos de productos, desde ropa hasta electrodomésticos, fabricados o distribuidos por muchísimos negocios y empresas. Cada artículo, además, tiene su propio y personalizado empaque, lo que a su vez es fruto de la labor de incontables empresas. Si se colocaran en fila las personas que en una u otra manera intervienen para que esos artículos lleguen a los compradores, descubriríamos que la cola no sólo resulta larguísima, sino que en ella estaríamos tú y yo, nuestros amigos, familiares, competidores y extraños.

La otra característica esencial es que en el libre mercado nadie compra o vende por la fuerza o porque no le queda otro remedio. Siempre hay alternativas y cualquier persona encuentra marcas distintas de camisas, empresas que venden celulares, numerosos médicos que se especializan en enfermedades de la piel, autobuses diferentes para trasladarse a San Miguel o a Santa Ana. Y mientras nos mantengamos como una nación libre, no habrá un comité de defensa de la revolución que vaya a registrar la basura para saber lo que comemos o llevar control de la gente que nos visita.

Defendamos nuestras libertades y nuestros mercados.