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A puros azotes cuidan a un mundo petrificado

En Arabia Saudita, plenamente anclada en el Siglo Sexto de nuestra era, transportar, comerciar o guardar bebidas alcohólicas, carne de cerdo, drogas o pornografía, es castigado o con azotes o con la pena de muerte

Por transportar en su automóvil vino casero, el ciudadano inglés Karl Andree ha sido condenado por las autoridades de Arabia Saudita, país donde él reside, a sufrir trescientos sesenta latigazos.

Pero, como dice su hijo Simón, ese castigo, dada la edad y el precario estado de salud de Andree, un abuelo de setenta y cuatro años, el hombre puede morir, lo que también señala el primer ministro británico David Cameron, que ha pedido a las autoridades saudíes reconsiderar la pena.

En Arabia Saudita, plenamente anclada en el Siglo Sexto de nuestra era, transportar, comerciar o guardar bebidas alcohólicas, carne de cerdo, drogas o pornografía, es castigado o con azotes o con la pena de muerte.

Si, como ejemplo, el Islam se impone sobre una ciudad como Nueva York que cuenta con catorce millones de habitantes, y suponiendo que uno de cada dos neoyorquinos se echa un par de tragos los fines de semana, las nuevas autoridades tendrían que dispensar dos billones de azotes por quincena, para lo cual tendrían que inventar máquinas y líneas de montaje para acomodar a esos depravados individuos.

En cuanto al cerdo, una disposición de cierta lógica antes de la veterinaria y los frigoríficos, la prohibición mataría de hambre a los alemanes, que consumen cerdo no solo en codillos y horneado, sino también en las distintas y riquísimas variedades de salchichas que elaboran, comenzando por el “bratwurst”, el “leberwurst”, los “wiener”, el “weisswurst” y el “blutwurst”.

Los embutidos fueron la forma de curar y preservar carne antes del frigorífico.

Y la prohibición se llevaría de encuentro a los restaurantes segovianos, a los museos del jamón de España, a decenas de deliciosas preparaciones... y, en la colada, se van franceses, ingleses, lusitanos, belgas, polacos... No digamos la hecatombe que sobrevendría en La Rioja, Bordeaux, Chianti, el Mosela, el Valle del Napa de California, Chile, Australia... los cerveceros, al menos, han logrado inventar una cerveza analcohólica, ¿pero, vinos sin alcohol?
 

Nada de vinos y licores caseros, sino chupaderos industriales 
 

¿Qué sucedería con las misas, en caso que se permitan sobrevivir algunas pocas comunidades cristianas en un mundo musulmán? En su “Isla de los Pingüinos”, Anatole France cuenta de un fraile que oficiaba misa con vino de zarzaparrilla y no vino de uva, con el resultado de que todos sus feligreses fueron a parar al infierno por no ajustarse al estricto sacramento.

La letra manda, nada de su espíritu o interpretaciones antojadizas, como sucede con la doctrina sentada por Marx y Lenín.

De hecho se dice que el vodka fue el gran refugio de rusos y eslavos para escapar las miserias del comunismo. Es del saber general que en las calles de Moscú y Varsovia de antaño y, en cierta medida, de hogaño, casi todos los transeúntes iban y venían en estado de embriaguez.

Los aprendices a califa en América o en Asia no deben pisotear las estrictas reglas del fundamentalismo; no cuadra que un pretendiente a guiar esos rebaños monte chupaderos donde se traficaba o se trafica en toda clase de prohibidos, se generan ambientes propicios para encuentros entre los sexos violando las estrictas separaciones de hombres y mujeres en las sociedades islámicas, se toque música estridente y se abandone al final el negocio no por puritanismo, sino por incapacidad para administrar.

Y la farsa sigue.