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Propongan gente capaz y honesta para impartir justicia en el país

No renunciar a lo racional, lo oportuno, lo sensato y lo decente debe ser una de las señales y actitudes de un juez y más de jueces a la cabeza del sistema de justicia de El Salvador y de todo país civilizado

En las venideras elecciones de los miembros del Consejo Nacional de la Judicatura, como de los magistrados de las distintas salas de la Corte Suprema de Justicia, es esencial que los candidatos sean apolíticos y, sobre todo, que no militen abiertamente en grupos fanáticos o radicales al estilo del partido comunista.

No tiene nada de extraordinario que un abogado o juez sea miembro de uno de los partidos democráticos tradicionales, pues serlo no afecta a sus principios morales (los tenga o no los tenga con firmeza y arraigo) ni su trayectoria cívica ni su manera de pensar ni la forma cómo se desenvuelve en su diario vivir.

Es impensable que un partido democrático, normal, como los que mueven la política en las democracias tradicionales, ordene a sus miembros participar en conjuras, ser parte de agresiones, jurar obediencia ciega a los que se montan a la cabeza del movimiento ni aceptar que haya individuos que ejerzan el poder en el partido hasta que Lucifer los lleve a su tenebroso reino.

Hay líderes naturales en política pero están allí más por consenso y respeto a sus ejecutorias y personalidad, que por el hecho de tener la capacidad para defenestrar o meterles un balazo a quienes se mueven en su contra, como les pasa a los anticastristas o le sucedió a la Mélida y a Cayetano.

Tampoco la militancia en un partido democrático obliga a uno o a un grupo de sus miembros a ser irracional, pisotear tradiciones cívicas, involucrarse en corrupción o defender a ladrones por el hecho de que son parte de la "hermandad".

El fin no justifica los medios

ni menos el crimen y el engaño

No renunciar a lo racional, lo oportuno, lo sensato y lo decente debe ser una de las señales y actitudes de un juez y más de jueces a la cabeza del sistema de justicia de El Salvador y de todo país civilizado.

Y eso tiene que ser así porque las sentencias y resoluciones de los jueces afectan vidas, patrimonios, en muchos casos la libertad y el buen nombre de la gente. Nadie quiere caer en manos de jueces venales, comprados, fanáticos y con agendas escondidas, aunque por desgracia ese es un común horror en nuestros trópicos.

Y de allí la antigua frase de "no temas a la ley sino al juez".

El más dramático contraste lo expone la historia de Herodoto acerca del juez persa, prevaricador, a quien por su falta desollaron vivo y con su pellejo tapizaron el sillón desde dónde el hijo, también juez, se sentaba a impartir justicia con el fin de que nunca faltara a su imparcialidad y honestidad.

Un juez no basa su misión en la postura marxista de que "el fin justifica los medios", una monstruosidad que lleva a comunistas, yihadistas y toda suerte de fanáticos a anteponer a lo que es justo y racional, las necesidades y objetivos de sus sectas y sus supersticiones.

El marxista piensa que si tiene una "visión" maravillosa, digamos la sociedad sin clases o la felicidad del pueblo, es válido recurrir a todas las infamias y crímenes, inclusive mentir y engañar, para alcanzar esa imaginaria felicidad. Igual los del ISIS con sus asesinatos, exterminios y destrucción en su ruta hacia el califato y la supremacía "de la verdadera fe" en el Medio Oriente, primero, y en el mundo más tarde...