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Prejuicios contra los gitanos y la niña rubia, de ojos azules

Lo sensato es que cuando la policía haga un operativo, lleve consigo cámaras y equipos para identificar con exactitud a individuos involucrados en hechos violentos, sin importar la edad que tengan

La policía detuvo a una pareja de gitanos al dudar de que una muchachita encontrada con ellos, rubia y de ojos azules, fuera su hija, lo que sin embargo se comprobó más tarde con pruebas de ADN; en alguna medida, la sospecha confirma la discriminación, en cierto sentido justificada, de que son objeto los gitanos desde hace milenios a lo que se suma su fama de robar niños.

Las pruebas de ADN han transformado la investigación policial, confirmando identidades, liberando o encarcelando a sospechosos. Con esas pruebas se terminó el mito de la supuesta fidelidad de las parejas de cisnes, fidelidad hasta la muerte, cuando se estableció que muchos "cisnitos" tenían sus ADN no compatibles con el del cisne macho, que sólo por su condición de ave no lleva cuernos…

Antes de someter a la prueba de ADN a los padres de la niña, supuestamente robada, se habían puesto en alerta a investigadores de todo el mundo para averiguar si se había reportado la desaparición de una criatura además de revisar los bancos de datos de los ADN de millones de personas.

Eventualmente, se dice, cada persona que nace tendrá registrado su ADN y el de sus padres para, entre otros hechos, establecer si los indicios encontrados en la escena de un crimen se relacionan con la sangre de sospechosos. Y en esa manera, a la vez, se han puesto en libertad personas encarceladas por muchos años pero que se determinó que sus ADN no correspondían a restos encontrados en las víctimas, sobre todo las violadas. En algunas ciudades estadounidenses se ha planteado obtener muestras de ADN a cualquier persona detenida, inclusive por infracciones de tránsito.

Malhechores contra autoridades amarradas por leyes absurdas

El ADN no es la única huella biológica, pues la configuración de rostros, de manos, las retinas y otros rasgos permiten, por ejemplo, que en un estadio con cien mil espectadores, cámaras y programas especiales puedan localizar a delincuentes. Ya no les será posible a estos esconderse en medio de multitudes ni moverse en transportes públicos sin que la policía pueda localizarlos y capturarlos.

Pero las leyes se deben cambiar para que se haga justicia a las víctimas, como en el caso de los padres de niños robados.

Una de esas leyes disparatadas es la que impide a las autoridades policiales, en nuestro país, llevar un récord de delincuentes menores de dieciocho años, con el alegato de que, en tal manera, se protege su honor y su futuro, pero que en la práctica hace de muchos jóvenes asesinos y sicarios.

Lo sensato es que cuando la policía haga un operativo, lleve consigo cámaras y equipos para identificar con exactitud a individuos involucrados en hechos violentos, indistintamente de la edad que tengan, para ir formando cuadros de identificación de delincuentes en cada zona del país.

La necesidad de proteger a la población de un país se debe priorizar sobre nociones aberrantes de supuestos derechos de jóvenes, como lo demuestra la forma en que se están expandiendo las pandillas en la región y fuera de nuestro continente.

En El Salvador se libra una guerra contra un ejército, compuesto en parte por menores de edad, que no vacila en asesinar, extorsionar, descuartizar y perpetrar toda clase de horrores, pero en la que las autoridades están maniatadas por leyes mal concebidas y hasta por jueces cómplices que sobreseen a su aire.