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Se ponen la medallita con muchos años de adelanto

Darle otro nombre al aeropuerto es adelantarse a su eventual reconstrucción, ponerse medallitas por adelantado, despojar a futuras autoridades de lo que les corresponde

Llega el régimen a su final, el derrotado final de lo que salió muy mal, pero siguen las pensadas, esta vez rebautizar un aeropuerto casi en abandono, que desde hace años urge remozar, actualizar, ampliar, no cambiar de nombre.

Vaya legados: los que llegan, encuentran un aeropuerto urgido de ampliar y remozar, lo dejan peor de lo que lo encontraron pero quieren cambiarle el nombre. E igual con el Puerto de La Unión, que queda peor pues tiene cinco años de deterioro al no usarse.

Rebautizar no es lo mismo que actualizar, ampliar, modernizar, lo que tanta falta está haciendo, como lo atestiguan las molestias y atrasos que sufren los viajeros que llegan o salen del país.

Arroparse en una sotana no redime a nadie de sus excesos, sus abusos, su prepotencia y su incapacidad. Y darle otro nombre al aeropuerto es adelantarse a su eventual reconstrucción, ponerse medallitas por adelantado, despojar a futuras autoridades de lo que les corresponde, aunque posiblemente nadie en su sano juicio se arrogaría cambiar el nombre que ahora lleva el aeropuerto, Aeropuerto Internacional El Salvador, el nombre de nuestra Patria.

Es lo que sucedió con la Diego de Holguín, la que sigue con su tradicional nombre pese a la imposición, "les guste o no les guste", de un mandatario que, a falta de obras, a falta de lograr desarrollo, a falta de administrar con eficiencia los bienes públicos, quiere con actos forzados tapar el descalabro que sufre el país.

Y ya que lo mencionamos, ¿por qué "Diego de Holguín"? Porque la carretera honra al primer alcalde de San Salvador, pero sobre todo honra a la primera ciudad que tuvo esta tierra, que hasta entonces contaba con asentamientos aislados y caseríos, sin los elementos civilizadores que sacaran al país de su primitivismo.

La civilización comenzó en el mundo con las primeras ciudades, cuando se pasó de aldeas a conjuntos organizados y vivientes, lo que condujo a su vez a las primeras leyes y ordenamientos. Civilización viene precisamente de "ciudad"; sin ciudad no puede haber civilización.

Pregúntense todos: ¿está mejor el país ahora que antes?

Las primeras ciudades de la historia se fundaron casi de manera simultánea en el Valle del Indo, un territorio situado entre India y Pakistán actuales, y un tanto más tarde, en Egipto. También hubo grandes ciudades en América antes de la llegada de los españoles como Tenochtitlán, ahora Ciudad de México, lo que obligó a crear instituciones, administración, decretar leyes e inventar alguna forma de escritura.

Pero Cuscatlán no contó con ciudades hasta que Diego de Holguín fundó la primera, San Salvador, siguiendo el modelo tradicional español y europeo: un centro cívico con su alcaldía, su templo y sus comercios.

A partir de ese momento arranca la civilización… y el hecho de que perdura al día de hoy la ciudad que por vez primera rigió don Diego de Holguín, es el mejor homenaje a su obra y su memoria.

Pero hay quienes quieren borrar historia, tradiciones, costumbres, recuerdos…

Cada generación debe construir sobre lo que recibe, mejorar lo que dejaron sus predecesores, entregar a las siguientes generaciones un patrimonio acrecentado y muchas obras de las cuales puede sentirse orgullosa.

Pero este no es, desafortunadamente, el caso ahora, ya que los que vienen encontrarán un país desacreditado, saqueado, necesitando recomponerse, reconstruir no sólo la infraestructura, sino la moral pública, la convivencia pacífica.