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El poder que corrompe es poder que enloquece

La red del terror militante abarca desde los fundamentalistas islámicos, los iraníes, Pakistán y Corea del Norte, hasta Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia.

El poder, pudo haberlo dicho Lord Acton, no sólo corrompe, sino que además enloquece. Enloqueció a Nerón y a Calígula (que hizo cónsul a su caballo, como mas o menos sucede en los tiempos actuales), y está en la raíz de lo que ocurre con el régimen mesiánico de Corea del Norte y el "califato" de Assad en Siria.

Siria está siendo diezmada y arrasada porque el déspota, el segundo de una dinastía de carniceros, está dispuesto a no dejar a un opositor vivo ni pared o muro en pie, para quedarse al mando. Lo que inició como protestas callejeras se ha convertido en una guerra abierta, forzando la evacuación de pueblos, zonas de las ciudades grandes, un éxodo al exterior y la creciente intervención de otros países en Siria.

Es claro que no se trata sólo de Assad y su familia inmediata, sino también de todo el entramado de grupos sociales, personajes, funcionarios, sectores y correligionarios cuyas prebendas, posiciones, empleos y hasta bienes se perderían al colapsar el poder central.

Es lo que ha venido sucediendo en los países del Medio Oriente y del norte de África cuyos regímenes colapsaron; decenas de miles se aferran al poder como una cuestión de supervivencia, comenzando por las castas militares que, en última instancia, son el soporte medular del conjunto.

Pero también hay equilibrios regionales que dependen de la permanencia o no permanencia de un régimen y, en el caso de Siria, iraníes, turcos e israelitas en primera línea y las monarquías fundamentalistas siguiéndolos, entran en el infernal juego.

Y a ello se suman los antagonismos de raíz del Islam, comenzando por el mortal conflicto entre sunitas y shiitas, la situación en Iraq y las convulsiones en Líbano que son atizadas por Hezbolá, un grupo terrorista sostenido por Assad y los ayatolás de Irán.

Y, en el medio, entre dos fuegos, las comunidades cristianas del Medio Oriente, víctimas del creciente fanatismo musulmán.

En el sopón de las supercherías muchos meten mano

Al otro lado del globo surge la amenaza histriónica pero que puede desbordarse, del régimen comunista, "químicamente puro", de Corea del Norte, el de Kim Jong-un, tercero en la dinastía que fundó Kim Il Sung, ungido por Stalin como un contrapeso al poderío japonés.

Corea del Norte es la última etapa del socialismo, en la que regimentar la vida humana es un acto absoluto, consagrado a mantener en el poder a una cúpula que, inclusive, ordena a sus súbditos llorar a mares a la muerte del dictador. La población, que se controla como una manada de animales, esta forzada a padecer todas las miserias imaginables para el sostenimiento de una maquinaria bélica de dimensiones colosales.

Cada cierto tiempo los preparativos bélicos hacen crisis, las que se manifiestan en provocaciones de la mas diversa naturaleza. A la amenaza se responde con maniobras de parte de los amenazados, en este caso, los surcoreanos y los japoneses. Y, para demostrar su posición de fuerza, Estados Unidos ha desplegado en la península sus bombarderos de última tecnología.

Que nadie, Dios mediante, dé un paso en falso…

La red del terror militante abarca desde los fundamentalistas islámicos, los iraníes, Pakistán y Corea del Norte, hasta Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia. Y, en medio, China roja moviendo los hilos en su apuesta por el poder mundial.