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El odio como lo medular de la política partidaria

A ningún partido se le ocurre hacer del odio hacia otros lo medular de su política, con excepción hecha de los comunistas, que tienen tres cuartos de siglo de pregonarlo

Cuando Marx ideó su teoría de la explotación —la burguesía expropia lo que generan los trabajadores, dijo— era natural llegar al siguiente paso, el de la lucha de clases para reivindicar los derechos de los explotados y aniquilar a los explotadores, poniendo en movimiento los horrores que se vivieron en el Siglo XX y siguen perpetrándose en Venezuela, en Cuba y, en una escalada del espanto, en Corea del Norte, la sociedad que más lejos ha llegado en implantar el comunismo.

Nadie en nuestra sociedad, empero, odia a otros por no pensar igual que ellos, porque no se les rinde pleitesía y tributo al ser custodios de la verdad. Nadie, con la salvedad de los comunistas, que odian a los pobres seres que somos el resto de los mortales por no reconocerles su grandeza, no suplicarles que guíen nuestras vidas, que nos permitan hincarnos y reverenciarlos, como deben hacer los transeúntes cuando se oyen las estridentes sirenas de la caravana presidencial.

A ningún partido, o a ningún dirigente de partidos a este lado de la democracia, se le cruza por la cabeza estructurar su oferta electoral, su razón de ser, colgándola del odio hacia otros, sean partidos que se les oponen, sean sectores sociales, se trate de países, de culturas o de civilizaciones enteras que abjuren del comunismo.

A nadie fuera de los comunistas, que hacen de la lucha de clases, del combate "al imperialismo", del odio hacia los Estados Unidos y el capitalismo, lo esencial de sus planteamientos. Todo gira alrededor del odio, lo que lleva inexorablemente a los paredones, a los campos de concentración, a los lavados de cerebro, a mandar a personas corrientes y molientes a reeducarse cortando caña o sembrando milpas, la modalidad que de seguro se contempla en El Salvador.

O a que los cuelguen de los pies y les saquen los sesos a palos, como hacía la guerrilla con los sospechosos de ideas y comportamientos burgueses.

Oyen voces desde lo alto: ¿Es Marx o es la calentura?

Antes de que llegaran al poder, cuando se hablaba con un rojo, lo usual es que éste mostrara condescendencia, cierta lástima, por aquello de "este pobre no ha visto la verdad, desconoce la grandeza de la economía socialista, la felicidad que se respira en China ahora con Mao y en Cuba, territorio libre de América".

Como llegaron al poder y han fundido la economía y todo es un desastre, la excusa es que "falta hacer los cambios profundos, hacer consultas con el pueblo, echar al trasto de la historia esas ridículas cláusulas pétreas que paralizan nuestro avance…".

Y oyen voces desde lo alto señalándoles el camino, pero en vez de consultar con un médico, creen que es el mismísimo Marx y el ahora muy difunto Chávez quien les habla.

Los comentarios, "with tongue in cheek", surgen a raíz de la preocupación externada en estas páginas sobre el odio que se palpa en nuestra sociedad. Y es natural que lo haya, pues los extorsionistas no se dan a querer aunque con ello sostengan a sus familias, como señala el Presidente, ni los descuartizadores pueden esperar otros sentimientos hacia ellos.

A ningún partido se le ocurre hacer del odio hacia otros lo medular de su política, con excepción hecha de los comunistas, que tienen tres cuartos de siglo de pregonarlo.