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La música rock y la liberación de Checoslovaquia socialista

Los totalitarios, los fanáticos y los fundamentalistas temen y persiguen a la música, la alegría, el humor, la sátira. Los talibanes castigan a quienes escuchan música occidental, igual que en Norcorea

Una chispa puede encender un bosque, más cuando se suma a condiciones que propician el gran incendio, como sucedió en los años Setenta en la que fue Checoslovaquia y la llamada Revolución de los Claveles o la Revuelta de Terciopelo.

A la muerte del músico de rock, Lou Reed, recuerda el periódico Le Monde, de Francia, se ha traído a la memoria el impacto que sus canciones tuvieron entre los checos quienes, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, estaban bajo un régimen comunista que había asfixiado, como siempre sucede, las libertades, la cultura y la economía del país. Al día de hoy tanto en Praga como en el resto del despanchurrado "bloque socialista de naciones" las cicatrices de esos años de pobreza y despotismo están visibles por doquier; Rusia, señalan viajeros, sigue siendo un país que, con enormes dificultades, está haciendo la transición del Tercer Mundo al Segundo, a la inversa de El Salvador que está cayendo del Segundo al Tercer Mundo bajo el esclarecido régimen de Funes y los comunistas.

En los años Sesenta el crítico de rock checo, Jiri Cerny, divulgó en Praga y en el resto del país, la música y las canciones de Reed, lo que tuvo un impacto enorme en una sociedad altamente regimentada. Y aunque su música no invitaba de manera explícita a revueltas, cantaba a la libertad y al orden, cayendo en la tierra fértil del intelecto de la juventud checa.

Petr Plakac, joven clarinetista checo, fundó un conjunto llamado Plastic People of the Universe que se convirtió en un faro de los anhelos generales; de ese entonces es que data la amistad de Reed con Vaclav Havel, posterior presidente de Checoslovaquia al derrumbarse el régimen.

El humor, el colorido, la alegría

son anatema para los rojos

La música es un arte abstracto pero la letra de partituras o canciones no lo es. Y son suficientes unas palabras, una insinuación, una marcha para mover espíritus, despertar anhelos, soltar avalanchas.

Una obra maestra del cine checo, "Kolya", se encuadra en los últimos meses del comunismo en Checoslovaquia y de todo el Este europeo, culminando con las manifestaciones de júbilo al caer el régimen y salir los tanques rusos del país.

La leyenda, hasta ese entonces, fue que un régimen formado por "obreros, campesinos y estudiantes" era inmune a las revueltas, que llegado el momento los jóvenes saldrían en defensa del comunismo. Pero sucedió lo contrario, precisamente porque los jóvenes tienden a ser más sensibles a la opresión en cualquier orden que sea. Y la música fue el soplo divino que logró sacar a tantos del fanatismo y terminó por liberar a toda una sociedad.

Liberada Checoslovaquia, Reed viajó a Praga con el fin de entrevistar, para la revista Rolling Stone, a Vaclav Havel, ya presidente de Checoslovaquia. Pero los recuerdos, la simpatía mutua que surgió de inmediato entre ambos, la emoción de la noble gesta en la que ambos participaron, hizo que Reed se olvidara de grabar y se olvidara de su misión: todo fue compartir sentimientos, unirse en el regocijo.

Los totalitarios, los fanáticos y los fundamentalistas temen y persiguen a la música, la alegría, el humor, la sátira. Los talibanes castigan a quienes escuchan música occidental, igual que en Norcorea. Como ejecutaba la guerrilla en este país a jóvenes por "desviaciones burguesas", conductas calificadas como impropias.