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A muchos no les cuadra la compra de chatarra aérea

La guerra que se está librando, la guerra en contra de las bandas despiadadas que matan por matar, no requiere de aviones de combate, chatarra o no chatarra, sino de mucha inteligencia

A la mayoría no le cuadra que en momentos de dificultades económicas, de menguados presupuestos, de entidades oficiales que no saben cómo terminarán el año se gasten varios millones de dólares en comprar chatarra volante que no es rival de los aparatos de combate de nuestros vecinos, una de las primarias consideraciones que siempre se plantean en tales casos.

Menos mal que no se les ocurrió comprar buques de guerra. Vamos también a aceptar, sin discusión, que lo que se dice que se pagó por los aviones es, en efecto, lo que se pagó. Como con los carros usados, no cuesta averiguar el precio de aparatos de esa clase y prestaciones.

Hace muchos años Guatemala dispuso adquirir un jet de combate, el primero de la región. Pero en lugar de bombardear a los camaroneros mexicanos que se adentraban en aguas patrias a robar camarón (y de allí la célebre frase del expresidente de Guatemala, Ydígoras Fuentes, "el respeto al camarón ajeno es la paz") el aparato sólo se usaba para maniobras destinadas a impresionar a los cercanos vecinos.

Se contaba en esa época que cada vez que volaba el jet se desequilibraba el presupuesto nacional, lo que llevó a lo lógico: abandonar toda carrera armamentista.

Saltemos de nuevo al Siglo XXI, aunque nuestro país esté retrocediendo en el tiempo.

Los aviones, como los yates, son un hoyo en el mar o el aire, que traga dinero. Igual que el proyecto de la represa El Chaparral. Tragan dinero los mantenimientos, la construcción y sostén de hangares y talleres, la capacitación de los pilotos (es de suponer, además, que tanto ellos como los mecánicos tendrán que ser entrenados fuera), los vuelos y el costo de la gasolina, el personal de soporte, pues por cada piloto en el aire hay mucha gente en tierra…

Existe la posibilidad de que se trate de un brazo aéreo de nuestras fuerzas armadas con fines puramente ceremoniosos: así cuando vayan los ministros a la Asamblea a rendir sus reportes o leer la memoria del año, además de las caravanas, de los carros blindados, de las tanquetas, de comandos que se despliegan por las calles aledañas, vuele sobre San Salvador, en formación majestuosa, la chatarra de Vietnam.

La verdadera guerra es el combate contra las bandas enloquecidas

El gran misterio en todo esto, de aviones, viajes suntuosos, de puertos en abandono y centros de salud en la lipidia, es: ¿Cómo es que el gobierno establece sus prioridades, asigna sus recursos? ¿O es que no hay prioridades sino que se va de ocurrencia en ocurrencia, de desplantes sociales y necesidades que se presentan para gastar y para viajar?

Por encima de todo ello pesa una realidad terrible: la guerra que se está librando, la guerra contra las despiadadas bandas que matan por matar, no requiere de aviones de combate, chatarra o no chatarra, sino de mucha inteligencia, sabios despliegues de tropa y policía, de montar una común defensa con las comunidades bajo asedio, de estrategias y tácticas que involucren a todos los países de la región.

En juego está la supervivencia de nuestro país como una nación capaz de sostenerse por sí misma, de progresar, de defender sus libertades y su democracia. Es un país que ha costado sangre y sacrificios levantar y además reconstruir después de la devastación de los Ochenta.