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Es maravilloso caminar ciudades sin un propósito y sin miedo…

Es ese caminar tranquilo, cotidiano, con frecuencia sin más propósito que salir, andar y volver, lo que hace de muchas ciudades ambientes que educan, que civilizan, que sosiegan

Caminar sin temor por una ciudad, cruzar parques, bosques, jardines y arboledas sin exponerse a asaltos o a ser asesinado es un privilegio de ciudades del Primer Mundo o inclusive de urbes de países menos desarrollados pero donde la gente es tranquila, las autoridades cumplen con sus obligaciones y se castiga con rigor a los criminales.

Las ciudades europeas son posiblemente las más amigables para el caminante, lo que contribuye a que la gente "se mantenga en forma", sin llegar a las asombrosas gorduras que se ven en el norte de América, donde los asentamientos urbanos están articulados alrededor del vehículo automotor, con excepción de Nueva York, Chicago, San Francisco y Nueva Orleáns.

Así fue San Salvador hasta que grupos de iluminados dispusieron liberarnos. Hasta finales de los años Sesenta se podía recorrer prácticamente cualquier ciudad o pueblo en nuestro territorio, e inclusive barriadas donde ahora es raro salir incólume, a toda hora del día y de la noche. Era costumbre, para muchos, visitar amigos o novias, estacionar el vehículo y ponerse a caminar sin rumbo, saludando a las personas que tomaban el fresco de la noche en sus mecedoras, con las puertas de sus casas abiertas…

El antiguo Campo de Marte, que sucesivos gobiernos han ido reduciendo para construir oficinas y dependencias hasta llegar a los destrozos últimos del Sitramss, fue el gran paseo de la ciudad, como varios de los parques, incluyendo el Centenario.

Y la gran solución a los destrozos y a la usurpación de lugares públicos es reemplazar esos espacios por lotes dispersos que difícilmente van a ser cuidadas y que terminarán como letrinas y dormitorios de indigentes.

Cuando todos se proponen, el rescate es posible

Caminar libremente es todo un descubrimiento para niños cuyos padres visitan ciudades europeas, asiáticas o sudamericanas, una experiencia que les sorprende, los alegra y los educa: ver transeúntes tranquilos, interactuar con otros niños, correr, caminar hasta la tienda de dulces o jugar en los columpios y las canchas de parques públicos.

Es ese caminar tranquilo, cotidiano, con frecuencia sin más propósito que salir, andar y volver, lo que hace de muchas ciudades ambientes que educan, que civilizan, que sosiegan. Recorrer los grandes bulevares parisinos, moverse por las calles de Berlín, sobre todo en la Unterdenlinden, meter suela en la judería de Córdoba o el paseo frente al mar de Estocolmo, son muy gratas experiencias pero que a muchos forasteros entristecen al comparar lo que se va conociendo, con las tristes experiencias que se sufren en sus lugares de origen.

Y en esto mucho puede servir de ejemplo lo acontecido en Cartagena, ciudad colombiana que pudo sustraerse a la violencia y al horror de los años del gran desparpajo generado por las FARC y los capos del narcotráfico.

Todos los sectores de trabajo, los grupos tranquilos, cívicos, sensatos de Cartagena, se unieron para cuidar su ciudad y hacerla segura para los locales y los visitantes. Y sin recurrir a nueva violencia, lo lograron. Cartagena se convirtió en una ciudad sede de conferencias internacionales, simposios, en meta turística.

Gente caminando calles era también lo usual en los países del despanchurrado imperio comunista, pero a diferencia de los pobladores de países libres, los transeúntes iban y venían en silencio, como autómatas, sin sonreír ni menos ver a otros en los ojos. Nos consta.