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Los viajes presidenciales y el súper, súper “buen vivir”

Un presidente, sea del país que sea, puede ofrecer una cena a su homólogo que lo recibe, pero pasársela en francachelas y consumir noche tras noche los licores y viandas más costosas en restaurantes de gran lujo, es falta grave

El Instituto de Acceso a la Información Pública ordenó a la Corte Suprema de Justicia revelar las auditorías de los informes patrimoniales de tres expresidentes, pues los fondos que manejaron no eran privados, sino públicos.

Nadie objeta que, por las exigencias del cargo, un presidente o ministro reciba presupuestos para gastos de representación, incluyendo viajes, alojamientos y el acompañamiento de un número razonable de asesores que le asistan en precisas funciones.

Pero de eso a que un país sostenga un exorbitante e inútil tren de vida hay un largo trecho, más en naciones golpeadas por crisis económicas, malas cosechas, las consecuencias de una torpe gestión gubernamental y los efectos de la expoliación hacendaria.

El abuso extremo se perpetra debido a un hecho: muchos entes oficiales tienen prohibido revelar detalles de lo que se gasta, cómo se gasta y cuáles son los destinos de esos viajes.

Se llegó al colmo de afirmar que revelar información sobre los viajes de Funes, los múltiples viajes de Funes que no han reportado beneficio alguno al país, ponía en peligro “la seguridad nacional”, afirmación que es una burla a la inteligencia de los salvadoreños.

Como el presupuesto de la Nación asigna un salario al presidente de la República, incluyendo gastos de representación, todo lo que se gaste en exceso sin justificación constituye una malversación o un desvío doloso de fondos. Con los datos que la presidencia actual debería entregar a FUNDE, se podría aclarar lo que es válido y lo que no lo es.

Un presidente, sea del país que sea, puede ofrecer una cena a su homólogo que lo recibe, pero pasársela en francachelas y consumir noche tras noche los licores y viandas más costosas en restaurantes de gran lujo, es falta grave.

Se dice de un centroamericano que cotidianamente llegaba a extremos de ebriedad consumiendo un whisky que cuesta sesenta o más dólares el trago. Y si es válido ordenar una botella de vino, no tiene que ser una de Petrus.

Deben de estar maquillando lo que pueden del relajo 

La vida de un presidente en francachela permanente tiene otro efecto tremendamente nocivo: que lleva a un fuerte distanciamiento de la realidad y a menospreciar a sus connacionales, que vendrían a ser como los siervos de antaño cuya principal misión era satisfacer los caprichos de sus amos.

Pues resulta insultante a la generalidad que se exprima permanente e insaciablemente la economía de un país, al mismo tiempo que se esconden o tapan los abusos de las figuras en el poder.

Y tal cosa se ha confesado en las declaraciones de un ministro que hizo un viaje de cuatro días para asistir a una reunión de tres horas, que además reveló que sus subalternas viajan más; la sanción no pasó de un intrascendente reclamo, si es que lo hubo, cuando destituirlo es lo menos.

Mucho enseñan los viajes, pero una cosa es viajar con objetivos precisos en lo político, técnico y cultural, y otra viajar como maleta, viajar para beber más y hartarse más o peores cosas.

Como con las declaraciones patrimoniales que se maquillan quitándoles dos o tres ceros, debe de haber una febril actividad viendo cómo se tapan excesos antes de exhibir al país lo que todos saben es nauseabundo.