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Los talibanes y la droga contra la democracia

Hay una clara simbiosis entre terrorismo, dictaduras y droga, aunque en cada caso los balances de fuerzas responden a las condiciones políticas y humanas prevalecientes

La historia del hombre, dijo el filósofo Benedetto Croce, es la historia de los conflictos entre la libertad y la opresión.

El fanatismo rechaza la democracia en todas sus formas, lo evidencian los ataques que los talibanes, una forma extrema de demencia colectiva, está lanzando en Afganistán antes de las elecciones que tendrán lugar el cinco de abril.

El último atentado fue perpetrado por cinco individuos que atacaron la comisión electoral de Kabul, después de haber ingresado al lugar disfrazados de mujeres, que en ese país suelen ir cubiertas de pies a cabeza con toda suerte de velos, trapos, faldones, túnicas y bufandas, indumentarias que normalmente las autoridades no registran para no ofender a los creyentes.

Después de cinco horas de tiroteo, los cinco criminales fueron abatidos, lo que, en sus cabezas, constituye un pasaje al paraíso donde les esperan odaliscas en un verde prado donde corren ríos de leche y miel.

Los talibanes, como Ortega en Nicaragua y Maduro en Venezuela, al ser poseedores de la verdad suprema no necesitan molestarse con esas "ridículas convenciones burguesas" para legitimar dictaduras a perpetuidad, por lo que montan sus farsas electorales, anulan votos, intimidan a ciudadanos, amordazan a los candidatos opositores, meten muertos y presidiarios en el caldo y, al final, se proclaman vencedores, como se ha visto en otros lugares.

El problema afgano parece insoluble pues a la par de sectores que están hartos de fuerzas y grupos que los mantienen en una especie de teocracia medieval ---modos de vida prevalecientes hace mil cuatrocientos años--- coexisten etnias, tribus y feudos, así como individuos que cultivan la amapola ---de donde se extrae la heroína y la morfina, que suple a los narcotraficantes en Asia y Europa quienes, además, vía regímenes como el de Evo en Bolivia, incursionan ya en América.

Las FARC, la droga, las dictaduras populistas y el terror

Hay una clara simbiosis entre terrorismo, dictaduras y droga, aunque en cada caso los balances de fuerzas responden a las condiciones políticas y humanas prevalecientes. A ello se suma otro factor: en ciertas regiones del mundo el tráfico de drogas mantiene cierta distancia del poder político; en otras, el poder político está supeditado a los intereses de la droga, lo que aparentemente es el caso de Bolivia, donde el régimen apoya a los cultivadores de coca y, por lógica, también a los procesadores, que aseguran la rentabilidad del conjunto.

La relación de coexistencia y mutuo apoyo entre las FARC, el narcoterrorismo colombiano y el chavismo, son harto conocidas, comenzando por el uso del territorio de Cuba como un punto de trasiego de cargamentos de estupefacientes en la ruta hacia el Caribe pero especialmente a Estados Unidos.

Hace siglo y medio los escritores naturalistas franceses se plantearon el problema de los venenos de la inteligencia y las repercusiones que tiene sobre la sociedad entera. Se trataba de los efectos aniquiladores de drogas, estupefacientes, el alcohol, las perversiones y otros vicios sobre las personas y grupos sociales.

El caso emblemático es la destrucción de China en el Siglo XIX como resultado de abrir sus fronteras al opio que los ingleses cultivaban en la India que, pese a no formar vicio fisiológico, tiene efectos devastadores sobre las personas y como consecuencia sobre el cuerpo social. Esa amenaza está latente en Afganistán y Eurasia.