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Los criminales tienen ganado el factor sorpresa en la lucha

La lucha contra el crimen es un campo muy profesional, que requiere de gran experiencia y que, además, necesita vincularse con las fuerzas regionales e internacionales que están en esa lucha. Y ninguno de los funcionarios locales llena ese perfil

No es de extrañar que El Salvador sea el país más violento del mundo, como lo destaca la revista The Economist en su último número. Y lo es, principalmente, por una causa: el grupo en el poder se aferra a mantener a los mismos al frente de la lucha contra la delincuencia, sin cambiar estrategias, enfocar la lacra como una cuestión regional ni incorporar a otros sectores en planificar y ejecutar.

A esto se suma otra grave cuestión: es casi imposible alcanzar la paz interna si, al mismo tiempo, el partido oficial propaga la lucha de clases y alienta antagonismos entre los distintos grupos poblacionales, como una manera de mantenerse en el poder.

Hasta el momento el aparato de seguridad ha perdido la iniciativa en ese combate, pues más que actuar y sorprender al enemigo de todos, reacciona a sus movidas y tácticas. Cuando el enemigo tiene de su lado el factor de sorpresa, las batallas se pueden decidir a su favor.

En los últimos meses las pandillas han sorprendido atacando con armas de alto calibre, ocupan colonias en las propias narices de las autoridades... que la colonia Guatemala haya sido invadida sin que la PNC lo anticipara comprueba que sus servicios de inteligencia sufren de cojera. 

Recopilar información inicia ganándose la confianza de los pobladores de un vecindario y a nivel nacional. A ello se suma que se deben establecer claras y honradas prioridades, pues los rojos están más interesados en seguir y espiar a gente de trabajo y opositores, que a criminales.

Esta enfermiza actitud se pone en evidencia continuamente con los acosos a dirigentes de las gremiales, a diputados de la oposición y a los medios informativos.

Recopilar información de inteligencia —lo que identifica a cabecillas del crimen, les localiza, determina quiénes forman sus estructuras de mando y las maneras de comunicarse y tomar decisiones—, es sólo posible cuando en las comunidades hay personas o familias dispuestas a aportar esos datos, pero eso no sucede cuando testigos e informantes carecen de seguridad y sufren represalias.

A ello se suma que el crimen organizado no sólo extorsiona, sino también trafica en drogas, lavado de dinero y contrabando.

No quieren que lleguen expertos que, en horas, averiguarán lo que sucede
La inteligencia policial, lo que en ocasiones es una contradicción en términos, tiene que concentrarse en grupos y agentes muy calificados, capaces de recibir información y proteger a sus fuentes. Pero, para ello, es imprescindible adaptar la legislación, entre otras cosas, para dar plena validez a testimonios aunque el testigo haya sido asesinado.

Y eso pasa por sancionar fuertemente a jueces que obligan a los testigos de un caso a revelar su identidad, con lo que los condenan a muerte.

La lucha contra el crimen es un campo muy profesional, que requiere de gran experiencia y que, además, necesita vincularse a las fuerzas regionales e internacionales que están en esa lucha. Y ninguno de los funcionarios locales llena ese perfil, a lo que se suma el temor que pueden tener muchos, de que si llegan técnicos foráneos a estudiar lo que sucede en El Salvador, en muy pocos días tendrán claro qué se mueve, cómo se mueve y quiénes lo mueven, lo que para la mayoría de gente no es misterio.