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Llega al final el nefasto año que tanto dolor y luto causó

Los sectores de trabajo no deben desalentarse por lo que sucede sino, por el contrario, hacer los esfuerzos que se requieran para enderezar rumbo, conciliar posturas y forjar un frente común ante los desafíos, agresiones y lacras que se sufren

El año horrible, cuando El Salvador pasó a ser el país más violento del mundo, deja más preguntas que respuestas, más incertidumbre que seguridad. Y ello se refleja en una economía que se contrae, en infraestructura que se deteriora, en confusión a cambio de orientación, en arrogancia y amenazas en lugar de liderazgo.
  
La marcha hacia el autoritarismo, primero, y el despotismo, luego, marca los objetivos primarios de los rojos en su empeño por implantar un modelo a lo cubano cuando Cuba comienza a liberalizar su economía para eventualmente incorporarse a lo que prevalece en el mundo desarrollado.

El partido en el poder parece incapaz de entender que sus políticas, sus fanatismos y sus supersticiones no encajan con las realidades salvadoreñas ni solucionan los problemas que afronta la población en su diario vivir.

Muy poco de efectivo hace de cara a la demencial violencia que día a día se extrema en grotescos crímenes, como el asesinato del joven egresado de una universidad privada o la muerte violenta del exseleccionado Pacheco y uno de sus amigos.

Día a día van en aumento los asaltos a los usuarios de buses, a pequeños comerciantes, a personas que por error entran en territorios de pandilleros. Las extorsiones ahogan al país.

Pero la oligarquía roja no ceja en sus disparatados objetivos, resumidos en la frase: “lucha contra la oligarquía neoliberal”, una lucha que se asienta sobre el odio, la única constante de lo que mueve al movimiento comunista.
--No se lucha contra la violencia.
--No se lucha contra el desempleo.
--No se lucha contra la pobreza.
--No se lucha para revertir el creciente deterioro de la infraestructura productiva nacional.
--No se lucha para recuperar el puesto que ocupó El Salvador en la economía regional.
--No se lucha para revertir el deterioro de los servicios públicos y especialmente los de Salud y Educación.
--No se lucha contra la corrupción y, por el contrario, se trata de tender un manto de impunidad sobre los corruptos.
--Nada hacen los rojos para corregir el pésimo manejo de los fondos públicos, lo que ha desembocado en desajustes en prácticamente todas las áreas del quehacer gubernamental.

No hay que desalentarse:¡Salvemos a El Salvador! 
 
 Nunca antes hubo mayores ingresos fiscales, a lo que se deben agregar los préstamos, donativos, el manoseo de los ahorros de las pensiones e impuestos que causan un grave daño a la competitividad y al desarrollo como el de la telefonía y las comunicaciones, lo que contrasta con la escasa obra realizada.

El acoso fiscal, nuevos impuestos y multas no reemplazan políticas que fomenten el crecimiento y protejan a la población de malas cosechas y desastres naturales.

La poca comunicación entre los que están en el poder y las fuerzas vivas ha provocado confrontaciones innecesarias, a lo que se suma el que en lugar de argumentos y entendimiento, se eche mano de la descalificación y hasta insultos a lo que son expresiones y análisis válidos de la problemática nacional.

Los sectores de trabajo no deben desalentarse por lo que sucede sino, por el contrario, hacer los esfuerzos que se requieran para enderezar rumbo, conciliar posturas y forjar un frente común ante los desafíos, agresiones y lacras que se sufren.

¡Salvemos a El Salvador!